Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?

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Niño en el Templo

Cuaresma

San José, esposo de la Santísima Virgen María

Textos

† Del evangelio según san Lucas (2, 41-51)

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua.

Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.

Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia”.

El les respondió: “¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas. Palabra del Señor.

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Mensaje[1]

La Iglesia celebra en este día la fiesta de san José, el esposo de María. Descendiente de la casa de David, recibe la misión de incorporar a Jesús a la descendencia davídica. José conecta con la tradición de los patriarcas, que a menudo habían recibido en sueños la revelación de Dios. Además, hace recorrer al pequeño Jesús el camino del éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida, insertándolo de este modo plenamente en la historia de Israel para hacerle heredero de las promesas. Hombre del silencio, José supo discernir día tras día la voluntad de Dios y obedeció.

Una antigua leyenda asegura que murió en una gran paz que le daba Jesús, y por ello en la tradición occidental se comenzó pronto a invocarlo para recibir el don de una buena muerte. Las Iglesias de Oriente lo recuerdan junto a David y a Santiago, el hermano del Señor en los días después de Navidad. Su figura, ligada a la infancia de Jesús, nos recuerda la actitud indispensable de la escucha que debe tener todo creyente, sobre todo en esos momentos en los que parece que prevalecen las dificultades.

El relato de la pérdida y hallazgo de Jesús en el templo es una escena de vida familiar. El contexto está representado por dos breves descripciones de la vida de Nazaret: el viaje anual a Jerusalén para la Pascua y el retorno a casa de la familia de Jesús, donde él permanece sumiso a sus padres como un hijo cualquiera.

El significado teológico del episodio, sin embargo, es mesiánico y el gesto de Jesús es profético. Jesús afirma conocer bien su misión y anuncia la separación futura de sus padres. Cuando la madre lo encuentra en el templo lo interpela: «Tu padre y yo te buscábamos angustiados»; y Jesús responde con convicción: «¿por qué me buscaban? ¿No sabían que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?».

Al decir «tu padre», María entendía referirse a José; pero cuando Jesús dice «mi Padre» está refiriéndose a Dios. Hay un contraste neto y significativo en esto, porque Jesús trasciende a sus padres. Jesús reivindica el primado de la pertenencia al Señor y la prioridad de la propia vocación. Sin embargo, inmediatamente después, Jesús regresa a Nazaret y permanece sumiso y obediente a los suyos.

La obediencia de los hijos a los padres es un deber y florece donde existe un clima de crecimiento y maduración de la persona, donde se reconoce el primado de Dios y de la propia vocación. Los hijos, pues, no pertenecen a los padres, sino a Dios y a su proyecto vocacional, valores más importantes que la familia misma. Por esto Jesús abandonará su hogar para cumplir la voluntad del Padre, es decir, para ocuparse de las cosas de Dios.

 

 

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 2., 67-68.

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