Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: marzo 2020

Los judíos le preguntaron: “Entonces ¿quién eres tú?”

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jesus y los judios 

Cuaresma

Martes de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (8, 21-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo me voy y ustedes me buscarán, pero morirán en su pecado. A donde yo voy, ustedes no pueden venir”. Dijeron entonces los judíos: “¿Estará pensando en suicidarse y por eso nos dice: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’?” Pero Jesús añadió: “Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo. Se lo acabo de decir: morirán en sus pecados, porque si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados”.

Los judíos le preguntaron: “Entonces ¿quién eres tú?” Jesús les respondió: “Precisamente eso que les estoy diciendo. Mucho es lo que tengo que decir de ustedes y mucho que condenar.

El que me ha enviado es veraz y lo que yo le he oído decir a él es lo que digo al mundo”. Ellos no comprendieron que hablaba del Padre.

Jesús prosiguió: “Cuando hayan levantado al Hijo del hombre, entonces conocerán que Yo Soy y que no hago nada por mi cuenta; lo que el Padre me enseñó, eso digo. El que me envió está conmigo y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que a él le agrada”.

Después de decir estas palabras, muchos creyeron en él. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

Al aproximarse la Semana Santa, somos urgidos cada vez más por la Palabra del Maestro a tomar posición por Él, a comprometernos con Él hasta la muerte para no correr el riesgo de “morir en nuestro pecado” de indiferencia, mediocridad y falta de compromiso verdadero.

En el Evangelio de hoy continuamos leyendo la enseñanza de Jesús en el Templo, vemos cómo comienza a hablar de su próxima partida: «Yo me voy».

Comienzan entonces a escucharse diversas interpretaciones en el auditorio.

La primera vez que Jesús habló de su partida sus adversarios habían pensado que se iba fuera del país; esta vez, piensan que se va a suicidar. La razón de esta segunda interpretación es que agregó: «a donde yo voy, ustedes no pueden ir». En ambos casos se trata de una incomprensión radical. Esta incomprensión perdurará hasta que no se reconozca y acepte su origen divino.

Jesús expresa entonces su origen divino acudiendo a un lenguaje que describe espacios diametralmente opuestos -de abajo, de arriba-: «Ustedes son de aquí abajo y yo soy de allá arriba; ustedes son de este mundo, yo no soy de este mundo» El “arriba” hace referencia al mundo propio de Dios. La actitud de incredulidad ante Jesús excluye a los judíos de este “mundo de arriba”. Por eso, siguen perteneciendo al “mundo de abajo” donde vence la muerte.

Jesús ha venido a transformar esta situación. Su venida al “mundo de abajo” es liberadora. Al mundo de Dios se accede mediante la fe en Jesús.

La pregunta, que los fariseos le vuelven a plantear a Jesús «¿Quién eres tú?» ratifica una vez más su incredulidad y su falta de disposición para escucharlo y acogerlo. Jesús responde “Yo Soy”, apropiándose el nombre de Dios, identificándose con Él.

Ante la obstinación de sus adversarios Jesús apela nuevamente al testimonio del

Padre, que es veraz. Pero como sus oyentes, ni siquiera entienden que Él está hablando del Padre, Jesús los remite a su último signo: su muerte gloriosa en la cruz.

 

Le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio

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adúltera

Cuaresma

Lunes de la V semana

Textos

 Del evangelio según san Juan (8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”.

Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Nos acercamos a la gran y santa semana de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. El Evangelio nos lleva ante Jesús una vez más. Es el alba de un nuevo día y Jesús -señala el Evangelio de Juan- está de nuevo en el Templo enseñando. Una multitud le rodea.

De pronto, por entre la gente que le escucha se abre paso un grupo de escribas y fariseos que empuja a una mujer sorprendida en adulterio. La arrastran al medio del círculo, ante Jesús, y le preguntan a este si hay que aplicar o no la ley de Moisés. Quieren tender una trampa al joven profeta de Nazaret, para desacreditarlo ante el cada vez mayor número de gente que le escucha.

Si condena a la mujer – piensan – irá en contra de la misericordia que tanto predica; si la perdona, se pondrá en contra de la ley. En ambos casos saldrá derrotado. Jesús, inclinándose, se pone a «escribir con el dedo en la tierra». Es una actitud extraña: Jesús guarda silencio, como hará ante Pilatos y Herodes. El Señor de la Palabra, el hombre que había hecho de la predicación su vida y su servicio hasta la muerte, ahora calla. No sabemos qué escribe en la arena.

Podemos imaginar los sentimientos indignados de los fariseos, quizás intuir que había en el corazón de aquella mujer cuya esperanza de supervivencia estaba ligada a aquel hombre del que, por otra parte, no salía ni una palabra ni un gesto. Tras la insistencia de los fariseos, Jesús levanta la cabeza y pronuncia una frase que arroja algo de luz sobre sus pensamientos: «Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra». Y se inclina de nuevo para escribir en la tierra.

La respuesta desarma a todos. Aquellas palabras alcanzaron a todos: «comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos», señala agudamente el evangelista. Tan solo quedan Jesús y la mujer. Se encuentran una delante de la otra, la miseria y la misericordia.

En aquel momento Jesús vuelve a hablar. Lo hace como de costumbre, con su tono, su pasión, su ternura y su firmeza. Levanta la cabeza y pregunta: «Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?». Ella responde: «Nadie, Señor». La palabra de Jesús se hace profunda, no indiferente sino llena de misericordia. Es una palabra buena, de esas que solo el Señor sabe pronunciar. «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más».

Jesús, el único justo, la tomó de la mano y la alzó del suelo. Jesús no había venido a condenar, sino a hablar y devolver a la vida a los pobres y los pecadores. Dirigiéndose a la mujer añade: «Vete», es decir, vuelve a la vida, a tu camino. Y añade: «No peques más», es decir, recorre el camino que te he indicado, el camino de la misericordia y del perdón.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 143-145.

El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá

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Lázaro 2Cuaresma

Domingo de la V semana

Textos

† Del evangelio según san Juan (11, 1-45)

En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera.

El enfermo era su hermano Lázaro.

Por eso las dos hermanas le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.

Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba.

Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”.

Los discípulos le dijeron: “Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte, ¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó: “¿Acaso no tiene doce horas el día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.

Dijo esto y luego añadió: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: “Señor, si duerme, es que va a sanar”.

Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que hablaba del sueño natural.

Entonces Jesús les dijo abiertamente: “Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean.

Ahora, vamos allá”.

Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos: “Vayamos también nosotros, para morir con él”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.

Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte de su hermano.

Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.

Pero aún ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”.

Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida.

El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.

¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor.

Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le dijo en voz baja: “Ya vino el Maestro y te llama”.

Al oír esto, María se levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado.

Los judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la siguieron.

Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y le dijo: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.

Jesús, al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”.

Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?” Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa.

Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”.

Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado.

Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”.

Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de ahí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario.

Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Palabra del Señor.

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Mensaje

El domingo V de cuaresma, en la antesala de la semana de Pasión y de la Semana Santa, contemplamos el relato de la Resurrección de Lázaro que encontramos en el evangelio de San Juan.

En la consideración de este texto evangélico sigo a Raymond E. Brown en su libro “Cristo en los Evangelios del año litúrgico; considero que sus comentarios nos ayudan a centrar nuestra reflexión. Es conveniente notar algunas diferencias respecto a los textos que consideramos los últimos dos domingos y que nos ayudan a entender mejor la centralidad de este texto en el conjunto del evangelio.

Uno de los detalles que se pueden observar es la relación de Jesús con los protagonistas. La Samaritana permaneció cerca de Jesús durante gran parte del drama, junto al pozo de Jacob, mantuvo con Él un largo diálogo. En contraste, el ciego de nacimiento no dice nada a Jesús al principio, no entra en contacto con él la mayor parte del episodio y dialoga muy brevemente con él sólo al final. Lázaro, el protagonista del relato de este domingo, no dice ni siquiera una palabra a Jesús ya aparece únicamente en los últimos versículos del relato.

Tomando en cuenta estas diferencias, los estudiosos señalan que en cada relato se trata de una etapa diferente de la fe. La Samaritana ilustra la etapa inicial de una fe que va madurando en la relación con el Señor; el ciego de nacimiento ilustra la fe que se hace profunda después de la prueba y la resurrección de Lázaro ejemplifica la fe que se hace profunda porque afronta la muerte.

El relato de la resurrección de Lázaro nos lleva a una comprensión más profunda de la muerte, identificándonos con Marta y María que tuvieron que intensificar su comprensión de la muerte de su hermano.

No podemos pasar por alto el clima de afecto de envuelve esta escena. Jesús es amigo de Lázaro, de Marta y de María y los ama profundamente. Los discípulos por su parte están preocupados por al ambiente hostil que se ha creado en torno a Jesús y están inciertos sobre la reacción del Maestro al recibir la noticia de la gravedad de Lázaro; se maravillan a causa de su aparente indiferencia y no entienden las palabras del Maestro cuando les dice que Lázaro duerme.

No pasemos por alto la lección, Jesús no desaprovecha la oportunidad para dejar una profunda enseñanza, la vida y la muerte nos enseñan a reflexionar sobre las realidades terrenas y celestes. Así como la ceguera del ciego de nacimiento fue ocasión para que se manifestara la misericordia de Dios, la muerte de Lázaro será ocasión para que se manifieste el poder de Dios sobre la muerte. «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella»

María es una mujer creyente, modelo de discípulo. Ella cree ya que Jesús es el Mesías el Hijo de Dios y que su hermano participará de la resurrección del último día, pero le falta todavía madurar su fe, no acepta la muerte de su hermano y duda cuando Jesús ordena que se abra el sepulcro de Lázaro.

Jesús devuelve la vida a Lázaro, pero deja claro que él no ha venido a eso. A quien se le devuelve la vida no necesariamente está en mejores condiciones de vida y de fe que quienes no han muerto todavía. La vida que Jesús viene a dar no puede ser destruida por la muerte, por eso, quien cree en él no morirá para siempre. La fe verdadera incluye creer en Jesús como fuente de vida eterna, pero ésta no puede darse sino sólo después de su resurrección. Por ello encontramos símbolos no explicados, como por ejemplo que Lázaro salga de la tumba, con sudario y vendas. Al final del evangelio, cuando el relato de la resurrección de Jesús presenta el signo de las vendas y el sudario, doblados en el sepulcro indicando que había resucitado para la vida eterna, entendemos que las vendas y el sudario de Lázaro indican que aunque ha sido devuelto a la vida terrena, tiene que morir de nuevo.

La resurrección de Lázaro es un signo. La vida de Lázaro después de haber salido del sepulcro es un símbolo de la vida eterna que pertenece a Dios y que para nosotros es posible por Cristo, con Él y en Él.

Para cualquier creyente, en la etapa inicial de la vida de la fe o con una fe profunda, encontrarse cara a cara con la muerte constituye un desafío excepcional, se trata de la muerte de un ser querido o de la propia muerte, es el momento en que comprendemos que todo depende de Dios. La muerte si vive en primera persona y de nada sirven los bienes. Si no hay Dios, no hay nada. San Pablo ha enseñado que la muerte es el enemigo que será vencido en último lugar (1 Cor 15,26) y es lo que nos dice Juan al colocar el relato de la resurrección de Lázaro al final del ministerio público de Jesús.

Todos los discípulos hemos de afrontar un último momento en el que nuestra fe será puesta a prueba, y este será al encontrarnos ante la experiencia de la muerte, cuando necesitemos escuchar y aceptar el esperanzador mensaje proclamado por Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida, quien crea en mi, aunque haya muerto vivirá»

Estamos llegando al final de la cuaresma. La comenzamos poniéndonos frente a nuestra propia muerte. Cuando recibimos la ceniza se nos dijo: recuerda que eres polvo y al polvo has de volver. Ahora se nos invita a levantar la mirada, a ver el horizonte y a entender que en Cristo la muerte no tiene la última palabra, que Él ha vencido a la muerte y quienes creemos a Él, a quienes estamos unidos a Él nos hace participar de la vida eterna.

Dejemos que la luz del evangelio ilumine nuestras vidas. Veámonos como Lázaro, Marta y María, los amigos de Jesús; hagámosle saber nuestras necesidades, dejemos que nos recuerde que cuanto vivimos, si lo vivimos en la fe. es ocasión para que se manifieste la gloria y la misericordia de Dios. Aprendamos con Jesús a llorar. No tengamos miedo de las lágrimas. Sólo los egoístas y los que no saben o no quieren amar no lloran porque piensan únicamente en sí mismos y son insensibles al sufrimiento ajeno. Lloremos con quienes lloran no sólo porque han perdido un ser querido, sino porque sufren la soledad, la enfermedad, la pobreza, la exclusión, la injusticia, la violencia, la discriminación etc. y hagamos oración, dejemos que en ella se nos conmuevan las entrañas, como a Jesús, con la certeza de que el Padre nos ha escuchado y se hará presente en las necesidades de las personas por las que intercedemos.

Dejemos a Jesús acercarse a nuestro propio sepulcro, en el que estamos sepultados por nuestros propios pecados y que ya apesta; dejemos que otros nos ayudan a quitar la loza y escuchemos la Palabra del Señor que nos dice ¡Sal de ahí!, para que volviendo a la vida nueva, a una vida centrada en el amor, podamos ser testigos de la Resurrección del Señor que con su muerte ha ganado para nosotros la vida eterna. Que los frutos de conversión de esta cuaresma nos hagan entender que hay que morir para vivir, que hay que morir con Cristo para resucitar con Él.