Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

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Francisco 

22 de febrero

Cátedra de san Pedro, Apóstol

Textos

+ Del evangelio según san Mateo (16, 13-19)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella. Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La liturgia conmemora y celebra el «ministerio de Pedro». Por un lado, se subraya el fundamento apostólico de la Iglesia de Roma y, por otro, el servicio de presidencia en la caridad, un carisma único que continúa vivo en los sucesores de Pedro. El Evangelio que hemos escuchado, con los tres símbolos que evoca -la roca, las llaves y el atar -desatar-, muestra que el carisma de Pedro es un ministerio para el edificio entero formado por los elegidos de Dios. Sabemos bien lo saludable que es para la Iglesia este ministerio de la unidad que obispo de Roma está llamado a ejercer. Y hoy lo es aún más.

En un mundo globalizado, con presiones hacia la fragmentación, el papa es un tesoro que cuidar y mostrar. No en las formas poderosas de este mundo. Sino como servicio de amor para todos, especialmente para los débiles. El primado, de hecho, no nace «de la carne y de la sangre», no es cuestión de cualidades personales y humanas; es un don del Espíritu de Dios a su Iglesia. El testimonio del papa Francisco es especialmente elocuente en este tiempo de desorientación e incertidumbre. La roca la indica Jesús cuando reúne a los discípulos en un lugar apartado. Les pregunta qué piensa la gente de él, pero no por curiosidad.

Necesita que estén en sintonía con él. Entonces Pedro toma la palabra y, en nombre de todos, responde confesando su fe. Recibe inmediatamente la bienaventuranza. Pedro, y con él aquel modesto grupo de discípulos, forma parte de esos «pequeños» a los que el Padre revela las cosas escondidas desde la creación del mundo.

Y Simón, hombre como los demás, en el encuentro con Jesús recibe una nueva vocación, una nueva tarea, un nuevo compromiso: ser «piedra» de ese edificio de salvación del que Jesús es la piedra angular, y el Padre el sabio arquitecto. Es la ekklesía, ese pueblo reunido por Dios para que todos puedan tener una casa donde vivir y nadie se vea abandonado y solo. Y esta casa permanecerá firme contra «las puertas del infierno», que en el lenguaje semítico se refiere a las fuerzas del mal que intentarán abatirla.

De este edificio Pedro tiene las llaves. La casa de Dios no está cerrada, tiene puertas cuyas llaves custodia Pedro. La imagen se ha hecho popular referida al reino de los cielos. El Evangelio habla de la casa que comienza ya en la tierra, cuyas llaves Pedro recibe desde el inicio, como también el poder de «atar y desatar», que en el lenguaje rabínico simbolizan la responsabilidad en la casa de tejer lazos de fraternidad con todos.

El papa Francisco es el hombre de la unidad no solo de los cristianos, sino entre las religiones. Encarna el sueño de la Iglesia del Concilio, ser todos, una familia, y lo hace concreto. Este es el origen de los ataques contra él, con los que se golpea la unidad y se derriban los puentes. Incluso dentro de la Iglesia católica hay quienes rechazan al papa. No unimos en la oración por él a tantos creyentes y pobres que lo miran como a un verdadero amigo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2020, 101-102.

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