Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo

0

sordo

Tiempo Ordinario

Viernes de la V semana

Textos 

+ Del evangelio según san Marcos (7, 31-37)

En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos.

El lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: “¡Effetá!” (que quiere decir “¡Ábrete!”). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad. El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: “¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

El pasaje evangélico nos cuenta cómo un hombre sordo y que habla con dificultad recupera la capacidad de hablar correctamente. Jesús lleva a cabo esta curación en la región de la Decápolis, una tierra pagana situada fuera del territorio de Israel. Marcos parece querer destacar que el Evangelio no está reservado solo a los judíos, sino que todos tienen derecho a conocer la misericordia de Dios que libra y salva. También aquel sordo que presentan a Jesús para que lo cure. Jesús lo aparta de la gente, como si quisiera destacar que es necesaria una relación personal, directa, íntima, entre él y el enfermo. Los milagros, de hecho, se producen siempre en el ámbito de una amistad profunda y confiada en Dios.

Jesús alza la mirada al cielo y dice al sordomudo: «¡Effatá!», es decir, «¡Ábrete!». Es una sola palabra, pero sale de una oración y de un corazón lleno del amor de Dios. «Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad». Esta acción recuerda la exhortación de Isaías al pueblo desterrado en Babilonia: «digan a los de corazón inquieto: ¡Sean fuertes, no teman! Miren que llega su Dios,… los salvará. Entonces se abrirán los ojos del ciego, los oídos de los sordos se abrirán».

Aquel día, en aquel rincón perdido del actual Líbano del sur, «Dios había venido a salvar» a aquel hombre. La fuerza de Dios se manifestaba solo con «una» palabra. Basta una sola palabra del Evangelio para cambiar al hombre, para transformar la vida; lo que cuenta es que brote de un corazón apasionado como el de Jesús y que sea acogida por un corazón necesitado como el del sordo. Jesús, podríamos decir, no se dirige a la oreja y a la boca, sino a toda la persona. Al sordo y no solo a su oído le dice: «¡Ábrete!». Y «abriéndose» a Dios y al mundo todo el hombre queda curado.

Es conocida la íntima relación que hay entre la sordera y el mutismo. La curación requiere que ambos órganos queden sanos. Podríamos decir que eso es cierto también en el campo de la fe cristiana. Hace falta, ante todo, que la persona se «abra» para escuchar la Palabra de Dios. Luego la lengua se desata y puede hablar. Hay un vínculo directo entre escuchar la palabra y comunicar. Quien no escucha se queda mudo, también en la fe.

Este milagro nos hace reflexionar asimismo sobre el vínculo que se instaura entre nuestras palabras y la Palabra de Dios. Muchas veces no prestamos suficiente atención al peso que tienen nuestras palabras. Pero a través de estas nos expresamos a nosotros mismos mucho más de cuanto pensamos. Y no pocas veces malgastamos nuestras palabras o, peor aún, las utilizamos mal.

También nosotros, sordos y mudos, necesitamos escuchar para poder hablar o, mejor dicho, para poder hablar «correctamente». Sí, ese es el milagro de hablar bien, es decir, de la curación de un modo de hablar dañino y que divide, que Santiago estigmatiza. A menudo olvidamos la fuerza de construcción o destrucción de nuestra lengua.

Por eso es necesario ante todo escuchar la «Palabra» de Dios para que purifique y fecunde nuestras «palabras», nuestro lenguaje, nuestro mismo modo de expresarnos. Para los cristianos se trata de una responsabilidad grandísima, porque la palabra es el único medio que tenemos para comunicar el Evangelio. Jesús dice: «de toda palabra ociosa que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio. Porque por tus palabras serás declarado justo y por tus palabras serás condenado» (Mt 12, 36-37).

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 340-341.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: