Ecos de la Palabra

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El Reino de Dios se parece a…

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Germinación 2 

Tiempo Ordinario

Viernes de la III semana

 Textos

† Del evangelio según san Marcos (4, 26-34)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por si sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”.

Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con dos breves parábolas, tomadas del mundo agrícola, Jesús ilustra el proceso de crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Éste es como una semilla que, sembrada en la tierra, necesita un largo período de maduración en medio del silencio y la paciencia.

Tras la siembra, el labrador vuelve a sus ocupaciones habituales, sin tener que preocuparse de la semilla. Es la tierra la que espontáneamente, por su propia fuerza, lleva a cabo la transformación. El evangelista se detiene a describir, una a una, las fases de la germinación, para subrayar que cuanto desde fuera parece «tiempo muerto» – silencio de Dios- es, en realidad, un tiempo fecundo de gracia.

Cuando haya llegado su hora -expresión que usará muchas veces Jesús refiriéndose a su destino-, la misma semilla, convertida ahora en fruto maduro, se entregará a la hoz para la siega. También aquí surge espontánea la referencia a Jesús, que libremente se ofreció a sí mismo por nuestra salvación.

La sorpresa del labrador, después de la larga espera, será grande, como muestra la segunda parábola. Se ha depositado en la tierra un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas, algo no llamativo, pero al final se hace mayor que todas las hortalizas, se hace casi como un árbol a cuya sombra pueden reposar los pájaros.

Toda la Sagrada Escritura atestigua que Dios escoge lo que es pequeño: los instrumentos más pobres parecen ser los más aptos para cooperar en su designio de salvación. Los caminos de Dios no son nuestros caminos; su Reino lleva en sí mismo un principio de desarrollo, una fuerza secreta que lo conducirá a su plena consumación más allá de lo que podría suponer cualquier humana imaginación. No queda más que esperarlo con firme esperanza y humilde colaboración.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 143-144.

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