Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir

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fariseos y jesús Tiempo Ordinario

Lunes de la III semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 22-30)

En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir.

Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, desde el comienzo de su vida pública, «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio» (Hch 10,38). Esto, sin embargo, suscita la envidia de los maestros de la Ley y de los fariseos, que buscan a toda costa algún pretexto para acusarle.

La acusación referida en el pasaje de hoy es gravísima: el Hijo de Dios, reconocido y atestiguado por Juan el Bautista como Cordero inocente que carga sobre si el pecado del mundo, es acusado de estar poseído por un espíritu inmundo. La incomprensión es absoluta.

Jesús toma entonces la palabra y, siguiendo el método de los rabinos, plantea una pregunta, como si dijera: «Están seguros de haber hablado con rectitud de conciencia y no movidos por otros fines que os incapacitan para ver el bien y adheriros a él?». Está en tela de juicio la libertad humana y se le ha dejado un amplio espacio para considerar quién es, verdaderamente, este Hijo del hombre que no quiere la muerte del pecador, sino su conversión para que viva.

La conversión -éste es el segundo mensaje- siempre es posible, con tal de que no nos cerremos a la acción del Espíritu Santo, o sea, de que no «blasfememos» contra él. Tal vez una imagen nos ayude a comprender mejor. Pongamos en uno de los dos platillos de una balanza todos los pecados cometidos por los hombres a lo largo de toda la historia -y es preciso que nos detengamos un momento a considerar bien lo que estamos diciendo- y en el otro el sacrificio de Cristo, sumo sacerdote: pues bien, el peso de este último platillo es decididamente superior, porque es el peso de un amor infinito. Con todo, puede suceder una cosa: que voluntariamente se bloquee el astil de la balanza; entonces, el peso del pecado se vuelve aplastante. La salvación es un don, pero sólo puede darse a quien tiene deseos de ser salvado.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 111-112.

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