Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: enero 2020

Vio a Leví… sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”.

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Llamada de Mateo 2

Tiempo Ordinario

Sábado de la I Semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (2, 13-17)

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a caminar por la orilla del lago; toda la muchedumbre lo seguía y él les hablaba. Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa junto con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían.

Entonces unos escribas de la secta de los fariseos, viéndolo comer con los pecadores y publicanos, preguntaron a sus discípulos: “¿Por qué su maestro come y bebe en compañía de publicanos y pecadores?” Habiendo oído esto, Jesús les dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En el pasaje de hoy se entiende la fe como seguimiento de Cristo. Se cuenta que Jesús «al pasar vio a Leví, el hijo de Alfeo, que estaba sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió». Levi se encuentra con Jesús y se hace discípulo en pleno ejercicio de su profesión «mundana».

En todas las profesiones se puede «seguir» a Jesús, hacer lo que él hace. No pensaban así los fariseos, que reprocharon a Jesús que comiera «con publicanos y pecadores». Para los fariseos, ciertas profesiones eran incompatibles con la religiosidad judía, porque impedían observar el sábado y otras leyes. Para Jesús, en cambio, no hay profesiones que excluyan del discipulado cristiano. Lo que impide ser discípulo de Cristo es creerse «justo» y «sano», esto es, no sentirse necesitado de salvación. «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores».

La cura que les aplica es estar con ellos, no excluirlos, no condenarlos, no juzgarlos. Ésa es la cura del mal interior del hombre. Esta paciencia, esta misericordia, esta longanimidad, es lo que constituye su cura. Es hermoso contemplar esta imagen de Jesús como médico; su terapia puede durar toda una vida, es decir, no puede ser excluida nunca, porque la terapia es su presencia, su estar con nosotros. El Señor parece querer decirnos que la conversión más difícil es la del justo o la de los que se consideran como tales.

[1] G.Zevini– P.G.Cabra– M.Montes, Lectio divina para cada día del año. 5, p.57-58.

Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa

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paralítico 2

Tiempo Ordinario

Viernes de la I Semana

Textos

Del evangelio según san Marcos (2, 1-12)

Cuando Jesús volvió a Cafarnaúm, corrió la voz de que estaba en casa, y muy pronto se aglomeró tanta gente, que ya no había sitio frente a la puerta. Mientras él enseñaba su doctrina, le quisiéron presentar a un paralítico, que iban cargando entre cuatro. Pero como no podían acercarse a Jesús por la cantidad de gente, quitaron parte del techo, encima de donde estaba Jesús, y por el agujero bajaron al enfermo en una camilla.

Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, le dijo al paralítico: “Hijo, tus pecados te quedan perdonados”. Algunos escribas que estaban allí sentados comenzaron a pensar: “¿Por qué habla éste así? Eso es una blasfemia. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?” Conociendo Jesús lo que estaban pensando, les dijo: “¿Por qué piensan así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’ o decirle: ‘Levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa’? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados -le dijo al paralítico-: Yo te lo mando: levántate, recoge tu camilla y vete a tu casa”.

El hombre se levantó inmediatamente, recogió su camilla y salió de allí a la vista de todos, que se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: “¡Nunca habíamos visto cosa igual!”Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Las obras de Jesús dejan aparecer cada vez con mayor claridad su misterio, un misterio que es verdadera «piedra de tropiezo». En efecto, éste suscita admiración, estupor, alabanza a Dios, en quien lo acoge, aunque no comprenda, mientras que hace crecer la hostilidad en quien quisiera circunscribir su alcance.

De este modo, la fe activa de los cuatro acompañantes del paralítico se contrapone aquí al inmovilismo: modelos maestros de la Ley, «sentados» ante este rabí para valorar, juzgar y condenar sus palabras y sus gestos. De todos modos, la fe en Jesús requiere continuas superaciones, puesto que él va mucho más allá de las expectativas depositadas en él; más aún, esas expectativas quedan decepcionadas en un primer tiempo para poder ser trascendidas y -sólo así- plenamente realizadas.

El primer milagro hecho al paralitico no es ni evidente ni deseado; sin embargo, es más grande y más necesario, según el profundo conocimiento espiritual de Aquel que escruta los corazones. El pecado es, efectivamente, la verdadera y grande parálisis que inmoviliza al hombre, impidiéndole caminar hacia Dios.

¿Cómo puede ir a Jesús quien está atado por estos «lazos de muerte»? Es imposible. Por consiguiente, es necesario que la fe atenta de otros la supla. Además, Cristo ha venido precisamente para liberamos del pecado: por eso fue reo de pecado en favor de nosotros: se dejó clavar en el madero de la cruz.

Los maestros de la Ley, que están delante de Jesús como jueces, no pueden comprender. Ven la blasfemia precisamente allí donde se revela la verdad más grande: el Hijo del hombre, el Juez apocalíptico de toda criatura, no viene a la tierra a condenar, sino a perdonar los pecados.

Para demostrar la verdad de sus palabras, Jesús realiza el segundo milagro, que, en este punto, manifiesta no sólo su poder, sino también de dónde procede. De ahí que los presentes -probables testigos de otros milagros precedentes- puedan decir: «Nunca habíamos visto cosa igual». Y el paralítico, libre en sus miembros y en su espíritu, puede recorrer ahora las calles de los hombres y el camino de Dios.

 

[1]G.Zevini– P.G.Cabra,Lectio divina para cada día del año. 9., 49-50.

Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó

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leproso 

Tiempo Ordinario

Jueves de la I Semana

Textos 

+ Del evangelio según san Marcos (1, 40-45)

En aquel tiempo, se le acercó a Jesús un leproso para suplicarle de rodillas: “Si tú quieres, puedes curarme”. Jesús se compadeció de él, y extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí quiero: sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio.

Al despedirlo, Jesús le mandó con severidad: “No se lo cuentes a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo prescrito por Moisés”. Pero aquel hombre comenzó a divulgar tanto el hecho, que Jesús no podía ya entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios, a donde acudían a él de todas partes. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«Se le acercó un leproso». Era realmente extraño que un leproso osara acercarse a alguien, ya que tenían la obligación de mantenerse alejados de la gente. El libro del Levítico era categórico: «El afectado por la lepra llevará la ropa rasgada y desgreñada la cabeza, se tapará hasta el bigote e irá gritando: ‘¡impuro, impuro!’. Todo el tiempo que le dure la llaga, quedará impuro. Es impuro Y vivirá aislado; fuera del campamento tendrá su morada» (13, 45-46).

La exclusión de la convivencia con los demás hacía que esta enfermedad fuera más terrible de lo que ya era de por si. Por esto era extraño que un leproso osara a acercarse a Jesús, superando la distancia abismal que garantizaba la ley. Aquellos leprosos, cuando se enteraban de que iba a pasar Jesús, superaban las barreras de miedo y de desconfianza e iban corriendo hacia él.

¡Cuántos enfermos de «lepra» hay también hoy, cerca y lejos de nosotros! No sólo los golpeados por la lepra auténtica, que por otro lado hoy es fácil de curar, sino todos los que ven su vida marcada irremediablemente por la enfermedad y una condición de marginalidad. Y todavía hoy somos muchos los que huimos de ellos por miedo a contagiarnos o, como dicen algunos, para no entristecemos al verlos.

Los discípulos de hoy, las comunidades cristianas repartidas por el mundo, deben interrogarse cuando no logran crear el mismo clima, cuando no son atractivos evangélicamente. Aquel leproso llegó junto a Jesús, se arrojó a sus pies y dijo simplemente pero con fe: «Si tú quieres, puedes curarme». El leproso no duda que Jesús pueda curarle, pero no sabe si quiere hacerlo. Ante aquel profeta bueno, la desesperación de aquel leproso se transforma en fe. Y Jesús, el compasivo, no podía dejar de escucharle: no tuvo miedo del contagio, extendió la mano y le tocó, y le comunicó la energía de la vida.

El Evangelio nos empuja a todos nosotros a encontrar y escuchar, a tocar y a sentir la gran necesidad de salvación que tienen los millones de «leprosos» de hoy. Con su respuesta, Jesús nos muestra cuál es su voluntad con respecto a la lepra Y al mal, sea cual sea: «Quiero; queda limpio». Sí, la voluntad de Dios es clarísima: luchar contra todo tipo de mal, de marginación, de lejanía, de exclusión. Estamos verdaderamente lejos de esa convicción demasiado difundida que atribuye a Dios la decisión de distribuir el mal a los hombres según su pecado. Nada es más ajeno al Evangelio.

No es fácil comprender la orden de Jesús al leproso: «No se lo cuentes a nadie…». Es una orden que parece extraña a nuestras costumbres y a nuestra. cultura «televisiva». El Evangelio parece mostramos un silencio bello, rico, expresivo, que Jesús quiere conservar. Se podría interpretar también en esta línea el llamado «secreto mesiánico», tan querido para el evangelista Marcos. Hay que subrayar, sin embargo, otra cosa: Jesús no busca su gloria o el refuerzo de su fama. Este deseo de silencio está unido al delicado secreto de una amistad que se establece entre el Señor y ese hombre, entre el Señor y quien se confía a él.

El milagro -así se podría interpretar el silencio impuesto por Jesús- es sobre todo una respuesta amiga, cariñosa y compasiva hacia los enfermos y los excluidos. Es como decir que el amor de Dios hacia mí, hacia ti, hacia cada hombre, va antes que cualquier otra cosa. Quizás precisamente porque fue tocado por este amor absolutamente único e inimaginable, a aquel hombre le fue imposible callar. Aquel leproso, no obedeció y divulgó tanto aquel episodio que Jesús ya no podía entrar en las ciudades, por la restricción de la ley que apartaba a quienes hubieran tocado a un leproso y porque era un gran número de personas las que lo buscaban. Jesús, que no deseaba complacer a los hombres sino a su Padre, se retiraba a otros lugares. Aun así la gente no le perdía de vista y continuaba siguiéndole.

 

[1]V.Paglia– Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 95-96.