Ecos de la Palabra

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Dichosa tú, que has creído

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21 de diciembre

Textos 

+ Del evangelio según san Lucas (1, 39-45)

En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno. Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Reyes Fernández
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio de la «visitación» quiere implicarnos en la prisa del encuentro con Jesús. El evangelista advierte que María, después de haber sabido por el ángel que Isabel esperaba un hijo, corrió «con prontitud» hacia ella.

El Evangelio mete prisa, nos empuja a salir de nosotros mismos, de nuestras costumbres, para realizar lo que anuncia; y nos exhorta a no concentrarnos en las preocupaciones y los pensamientos de siempre. ¡Podemos fácilmente imaginar cuántas preocupaciones tendría María después que el ángel le hubiera cambiado la vida! Sin embargo, dejó Nazaret para ir donde la anciana prima Isabel, embarazada desde hacía ya seis meses, y que ciertamente necesitaba ayuda.

Pero podemos también pensar que la joven María quisiera confiar a la anciana prima lo que le había sucedido. Es una sabia decisión confiarse a quien se ama. En todo caso, no era fácil para María, por su gran juventud, afrontar un viaje tan largo y difícil a través de una «región montañosa». El Evangelio empuja a acudir en ayuda de quien sufre y tiene necesidad de apoyo. El amor es siempre grande, incluso cuando se trata de un simple encuentro con los pobres.

El amor es siempre una decisión, la de ir más allá de nosotros mismos. María se dejó tocar el corazón por la necesidad de la prima y, sin dudarlo, acudió donde ella. En cuanto Isabel la vio acercarse se alegró en sus entrañas. Es la alegría de los débiles y de los pobres cuando son visitados por los «siervos» y las «siervas» del Señor, es decir, por los que «han creído que se cumplirían las cosas que les fueron dichas de parte del Señor».  De la boca de los pobres brota la bendición hacia todos los que acuden junto a ellos con amor. En esos momentos se produce una auténtica y verdadera epifanía del Espíritu Santo.

La sonrisa de los pobres es la sonrisa de Dios, su alegría es la misma de Dios. Y los creyentes sentirán cómo vuelve hacia ellos la belleza y la fuerza de esa alegría provocada en lo más profundo del corazón de los pobres. Aquel abrazo entre la joven María y la anciana Isabel es el icono del amor entre los cristianos y los pobres. Es el encuentro que los cristianos están llamados a dar al mundo para que se aleje de la vía de la injusticia y de la violencia y emprenda el camino del encuentro y de la paz.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 32-33.

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