Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra…!

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Adviento

Martes de la I semana

Textos

+ Del evangelio según san Lucas (10, 21-24)

En aquella misma hora Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez
Voz: Marco Antonio Reyes Fernández

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Mensaje[1]

Los setenta y dos discípulos enviados por Jesús en misión experimentaron la fuerza del Evangelio para cambiar su vida y la del mundo que les rodeaba. Una vez que regresan cuentan a Jesús su extraordinaria experiencia como misioneros. Estaban llenos de alegría por los prodigios que pudieron realizar.

También Jesús exulta «de gozo en el Espíritu Santo». Es la alegría de ver que el evangelio da sus primeros frutos en el trabajo de sus discípulos, a los que él ha llamado para hacerles partícipes de su misma obra, de su mismo sueño, es decir, de la salvación de los hombres y de las mujeres del poder del mal.

Conmovido por lo sucedido, Jesús eleva los ojos al cielo y da gracias al Padre porque ha elegido confiar su designio de amor a esos discípulos que se han confiado a él. En un contexto religioso que daba gran espacio a los doctores de la ley y a la práctica de las reglas, el Padre había elegido a los que se dejaban tocar el corazón por Jesús y se confiaban totalmente a él.

La fe no es adhesión a verdades abstractas, sino vivir en comunión con Jesús. Y, por tanto, también con el Padre. En efecto, Jesús explica que «nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». En la familiaridad con Jesús y con el Padre se esconde toda la alegría de los discípulos. Y Jesús, al final de su alabanza al Padre, se lo explica exhortándoles a gustar esta alegría.

Les llama «dichosos» porque pueden participar de su misma misión. Porque entran en el corazón de la nueva historia que Dios está comenzando con los hombres. Siendo «pequeños», es decir, no llenos de sí mismos ni de su sabiduría, pueden comprender la grandeza de la misión que se les confía. Muchos «profetas y reyes» desearon lo que ellos están viviendo. Pero el Señor les ha elegido a ellos para participar en la edificación del reino nuevo de paz, justicia y amor.

Esta página evangélica se nos confía también a nosotros, discípulos del último momento, para que podamos seguir comunicando el Evangelio que cambia el mundo. Y esta es nuestra alegría.

La gratitud es una de las manifestaciones de la humildad. El arrogante considera que no debe nada a nadie. Para ser agradecido, primero, hay que descubrirse pequeño y necesitado. “Gracias” es una de las primeras palabras que enseñamos a los niños. La oración de gratitud es propia de la adoración; ésta presupone un «reconocimiento de la presencia de Dios, Creador y Señor del universo, es un reconocimiento lleno de gratitud, que brota desde lo más hondo del corazón y abarca todo el ser, porque el hombre sólo puede realizarse plenamente a sí mismo adorando y amando a Dios por encima de todas las cosas» (Benedicto XVI). Un alma sensible experimenta la necesidad de manifestar su reconocimiento. La gratitud es lo único que los hombres podemos hacer para responder a los favores divinos.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 15-16.

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