Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: noviembre 2019

… levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación.

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XXXIV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (21, 20-28)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando vean a Jerusalén sitiada por un ejército, sepan que se aproxima su destrucción.

Entonces, los que estén en Judea, que huyan a los montes; los que estén en la ciudad, que se alejen de ella; los que estén en el campo, que no vuelvan a la ciudad; porque esos días serán de castigo para que se cumpla todo lo que está escrito.

¡Pobres de las que estén embarazadas y de las que estén criando en aquellos días! Porque vendrá una gran calamidad sobre el país y el castigo de Dios se descargará contra este pueblo. Caerán al filo de la espada, serán llevados cautivos a todas las naciones y Jerusalén será pisoteada por los paganos, hasta que se cumpla el plazo que Dios les ha señalado.

Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán.

Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El pasaje evangélico habla del destino de Jerusalén. Los evangelistas Mateo y Marcos anuncian solo el fin del templo, mientras que Lucas añade también la destrucción de la ciudad santa. La Iglesia nos hace escuchar este pasaje mientras está terminando el año litúrgico para ayudarnos a meditar sobre el fin de los tiempos.

No caminamos en el vacío o envueltos en un sinsentido. La Palabra de Dios nos revela el fin de nuestra vida: la Jerusalén del cielo. Sí, caminamos mirando fijamente la ciudad del cielo donde el Señor nos espera para abrazarnos junto a todos los santos. La imagen de la Jerusalén celestial -que nos presenta el Apocalipsis- subraya que la salvación cristiana no se produce en el plano individual, sino comunitario. Sí, el Señor no nos salva uno a uno, individualmente, sino como comunidad, como pueblo, como -precisamente- ciudad.

Para los cristianos, la salvación pasa por su compromiso con la sociedad de la que forman parte, con la ciudad en la que viven. La imagen evangélica de Jerusalén asediada y atacada nos lleva a pensar también en la situación de la actual Jerusalén, la ciudad de las tres religiones: hebraísmo, cristianismo e islam. No podemos olvidarla; también son ciertas para nosotros las palabras del salmo: «Si me olvido de ti, Jerusalén … se pegue mi lengua al paladar» (Sal 137, 5-6).

Las dificultades de Jerusalén son también las nuestras, y no debe cesar la oración para que vuelva a ser la «ciudad de la paz», como dice su mismo nombre. En ella entrevemos la Jerusalén celestial, donde todos los pueblos se reúnen alrededor del único Dios. Y el actual desorden del mundo, que el evangelista describe con lenguaje apocalíptico, pero que refleja bien la «angustia de la gente», nos impulsa a los creyentes a «cobrar ánimo y levantar la cabeza» porque el Hijo del Hombre está cerca, y aún más, ha venido a vivir entre los hombre para que el mundo deje de estar bajo el yugo del mal y de la violencia.

El Señor ha venido para indicar a todos el camino de la paz. A los creyentes el Señor nos confía la responsabilidad de mostrar al mundo la belleza y la fuerza del Evangelio del amor y de la paz.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 432-433

Si se mantienen firmes, conseguirán la vida

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Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXXIV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (21, 12-19)
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Los perseguirán y los apresarán, los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernantes por causa mía. Con esto ustedes darán testimonio de mí.
Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus padres y hermanos, sus parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes, y todos los odiarán por causa mía.
Sin embargo, ni un cabello de su cabeza perecerá. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto evangélico que contiene el discurso de Jesús sobre el fin de los tiempos, utiliza el típico lenguaje apocalíptico de las Escrituras para describir, precisamente, los «últimos tiempos».

Leyendo esta página del Evangelio viene a la memoria lo que sigue pasando en nuestra época: tragedias, guerras, genocidios, violencias increíbles, hambre. Y todavía hoy continúan siendo asesinados los testigos del Evangelio. El número de mártires, de todas las confesiones cristianas, y también de otras religiones, que se produjo en el siglo XX fue increíblemente elevado. Y también al inicio de este nuevo milenio continúan siendo asesinados violentamente cristianos que dan testimonio de su fe con valentía.

Estos mártires están ante nuestros ojos como testigos preciosísimos. Y nos confían una preciosa herencia de fe que debemos custodiar e imitar: mientras que nosotros estamos como aturdidos y ablandados por una cultura que nos hace ser cada vez más esclavos del materialismo y del consumo para alcanzar un bienestar individual, ellos nos dicen con su propia vida que el Evangelio del amor es el tesoro más precioso que hemos recibido y que es el testimonio más fuerte y eficaz que podemos dar a los hombres de hoy.

El mal, con su terrible y cruel violencia, pensó que los derrotaba, pero ellos con su sacrificio, con su sangre, con su resistencia al maligno, continúan ayudándonos a vencer el mal con el amor y la fidelidad al Señor. Es un mensaje que no pierde fuerza con el paso del tiempo: realmente no se pierde ni siquiera un solo cabello de su historia de amor. Su testimonio nos sumerge, junto a ellos, en este movimiento, de amor que nos salva a nosotros y al mundo.

El arzobispo Óscar Arnulfo Romero, en la homilía que pronunció ante el cadáver de un sacerdote asesinado por los escuadrones de la muerte, decía que el Señor nos pide a todos los cristianos que seamos mártires, es decir, que «demos la vida». Nosotros recibimos la vida no para guardarla para nosotros mismos, sino para ofrecerla a favor de todos y especialmente para los pobres.

El Señor nos acompaña del mismo modo que les acompañó a ellos y nos ayudará con su fuerza incluso cuando, a causa del Evangelio, aquellos a los que tenemos más cerca -Jesús habla de padres, hermanos, parientes y amigos- nos traicionen. La perseverancia en el amor salvará nuestra vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 431-432.

Cuídense de que nadie los engañe

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Tiempo Ordinario

Martes de la XXXIV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (21, 5-11)

En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.

Entonces le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?” El les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías.

El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.

Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estamos en la última semana del año litúrgico. Y la Liturgia con este pasaje nos hace empezar el texto del discurso de Jesús sobre el fin de los tiempos conocido también como discurso escatológico. En realidad, Lucas, junto a Mateo y Marcos, nos quieren comunicar lo que descubrieron estando en íntimo contacto con Jesús, a saber, que los «últimos días» ya han empezado con la llegada misma del profeta de Nazaret.

En ese sentido, no tenemos que aplazar el momento de convertirnos al Evangelio hasta el final de los tiempos, ni esperar el instante oportuno que al final nunca llega. El momento de creer en el Evangelio ya ha llegado, y es el actual. No debemos posponer la decisión de seguir a Jesús. O lo hacemos ahora o corremos el peligro de perderla para siempre.

La garantía del futuro y de la salvación no está en la magnífica construcción del templo, no está en nuestras construcciones humanas, aunque sean religiosas, sino únicamente en la plena confianza en Él, es decir, en la fe, en la decisión de seguirlo. La fe, efectivamente, no es simplemente la adhesión a unas verdades abstractas. La fe es enamorarse de Jesús, es dejarse arrastrar por su amor, es dejar que su proyecto de amor por el mundo nos atrape. Esta fe, llena de amor y de participación existencial, es la verdadera piedra firme sobre la que edificar el presente y el futuro de nuestra vida.

Debemos, pues, estar atentos a los falsos profetas, a aquellos que hay fuera de nosotros -como las modas o las costumbres de este mundo- y también a aquellos que se esconden en el corazón de cada uno de nosotros -como las costumbres, el orgullo y el amor por uno mismo-. La única profecía verdadera que ilumina nuestros días es el Evangelio. Y es precisamente la fuerza del Evangelio lo que impide que nos resignemos al mal, que aceptemos la situación presente sin esperanza en un futuro más humano.

Todavía hoy hay pueblos que luchan entre ellos, o violencia que se abate sobre pueblos enteros y que continúa llevándose por delante vidas humanas, u otros acontecimientos aterradores que provocan pavor y miedo. Pero el Señor, ante un mundo que no sabe darse la paz, nos pide que seamos con él trabajadores de paz y testigos de la esperanza en un futuro de salvación. La fe es decidir caminar con Jesús, sabiendo que la fuerza de la resurrección doblegará al príncipe de este mundo y el poder del mal se someterá al poder del amor del Señor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 430-431.