Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: noviembre 2019

¡Tengan, pues, cuidado!

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Jesus enseña 2Tiempo Ordinario

Lunes de la XXXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (17, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No es posible evitar que existan ocasiones de pecado, pero ¡ay de aquel que las provoca! Más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino sujeta al cuello, que ser ocasión de pecado para la gente sencilla. Tengan, pues, cuidado.

Si tu hermano te ofende, trata de corregirlo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”. Los apóstoles dijeron entonces al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús advierte a los discípulos para que no sean motivo de escándalo, es decir, que no sean piedra que hace tropezar. Considera que el escándalo es tan grande que afirma que sería mejor, para quien lo procura, que lo echaran al mar con una piedra al cuello. Y tal vez el primer escándalo que deben evitar los discípulos es el de contradecir con su vida el Evangelio.

Si nuestros comportamientos están lejos del Evangelio e incluso van contra el Evangelio, no solo traicionamos al Señor, sino que además nos convertimos en cómplices del príncipe de este mundo porque fomentamos una vida triste y violenta. Por eso pide a los discípulos: «Tengan, pues, cuidado».

El apóstol Pablo, consciente de ese peligro, advertía también a los ancianos de Éfeso diciendo: «Tengan cuidado de ustedes y de toda la comunidad» (Hch 20, 28). Tener cuidado de uno mismo, del comportamiento que cada uno tiene, de la fidelidad al Evangelio es una tarea primordial para cada discípulo y aún más para los que tienen responsabilidades pastorales.

Jesús añade que la disponibilidad por perdonar también forma parte de la sabiduría. Además, cada uno de nosotros conoce bien su fragilidad y facilidad en caer en pecado. Jesús nos da expresamente la fuerza de perdonar. La capacidad de perdonar no es espontánea. Es más, el perdón hoy es algo raro. Y por desgracia la venganza tiene mucho más espacio en la vida de cada día. Es urgente que la misericordia y el perdón se apliquen con profusión ante la facilidad con la que se afirma el pecado. Perdonar «siete veces», como pide Jesús, significa que hay que perdonar siempre. Evidentemente, no se trata de mostrarse condescendiente con el pecado.

Jesús exige siempre el arrepentimiento por la culpa cometida y el consiguiente cambio de vida. Pero nunca debe faltar la disponibilidad a la misericordia. La misericordia es signo de la presencia de Dios entre los hombres. A este respecto los discípulos comprenden que la misericordia no nace de ellos, comprenden que tienen fuertemente arraigado en ellos el instinto de permanecer en el odio o al menos en la indiferencia. Por eso le piden al Señor: «Auméntanos la fe».

Jesús -sorprendiéndonos tal vez también a nosotros – contesta diciendo que de fe basta una pequeña medida, la medida de un grano de mostaza. Esa pequeña fe, esa pequeña confianza en Dios, es capaz de hacer milagros. Pidámosla al Señor y seremos capaces de arrancar las hierbas amargas del corazón de los hombres y tiraras al fondo del mar.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 413-414.

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos

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resurrecciónTiempo Ordinario

Domingo de la XXXII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (20, 27-38)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano.

Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?” Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.

Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob.

Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo, de la mano de san Lucas, iniciamos el ciclo de una nueva instrucción que abarca tres domingos, los últimos del año litúrgico que culmina con la solemnidad de Jesucristo rey del universo. Nuestra atención se concentrará en la meta de nuestro caminar por la vida como discípulos misioneros del Señor, fijando nuestra mirada en el cielo nuevo. y la tierra nueva que vendrán al final de los tiempos, en el encuentro pleno y definitivo con Jesús.

La primera lección de este breve ciclo es que nacimos para vivir, no para morir. La ocasión la presenta la controversia que los saduceos plantean a Jesús que pretenden hacer una caricatura de la vida del mundo futuro. Jesús responde con firmeza y con gran destreza en el manejo de los textos bíblicos lo que la revelación ha dado a conocer acerca del alcance de la fidelidad de Dios con nosotros.

La resurrección es nuestro destino de gloria; es vida nueva, no es una prolongación de las condiciones actuales de vida; es un completo y definitivo nacimiento a la vida gracias a la obra amorosa del Dios de la vida. En esta fe se alienta nuestra esperanza, encontramos fuerza a la hora de la tribulación y sentimos impulso para hacer todo lo posible de manera que la vida actual vaya en esa dirección.

El contexto

Hemos acompañado a Jesús en el camino a Jerusalén. Ahora el relato del evangelio que consideramos nos sitúa en la ciudad santa, en la explanada del Templo, donde Jesús realiza su misión. El mismo lugar en donde veinte años atrás, los maestros de la ley habían quedado impresionados ante la inteligencia del adolescente Jesús que los escuchaba con atención, les hacia preguntas y también ofrecía respuestas (Lc 2,47).

Esta dinámica de preguntas y respuestas dan ritmo al ministerio de Jesús en el Templo de Jerusalén; para advertirlo basta leer con atención el capítulo 20 de san Lucas que, justo después del relato que leemos hoy, concluye con la aprobación de los maestros de la ley que «ya no se atrevieron a hacerle mas preguntas» (20, 39-40).

En el relato que contemplamos se acercan a Jesús los saduceos, un grupo de tendencia conservadora, integrado por miembros de la clase política y socialmente dominante, a la que pertenecía el alto clero de Jerusalén, que basaba su doctrina exclusivamente en los libros del Pentateuco que leían al pie de la letra y que rechazaban la tradición oral que predicaban los fariseos; eran un grupo opuesto a los fariseos tanto por razones teológicas como políticas.

El evangelista san Lucas dice  que los saduceos «niegan la resurrección de los muertos»; son opositores de la fe en la resurrección, doctrina que fue sostenida por Jesús y en general por sus contemporáneos; la diferencia estaba en la manera de comprenderla. En general los judíos contemporáneos al Señor pensaban la resurrección como una prolongación y aumento de los goces de la vida terrena. El evangelio de hoy nos permite acercarnos a este tema desde la óptica de Jesús y nos da “piso”, es decir, fundamento, cuando decimos al recitar el Credo: «creo en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro».

El texto

Se distinguen dos partes: la pregunta acerca de la resurrección de los muertos y la respuesta de Jesús.

La pregunta por la resurrección

Los saduceos, abordan a Jesús para cuestionarlo acerca de la resurrección de los muertos apelando a la ley de Moisés, llamada del levirato: «Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano.»

La ley del levirato consiste en que si un varón casado muere sin haber tenido hijos, su hermano debe tomar a la viuda y darle descendencia. Esta norma tiene como supuesto que los hermanos viven juntos y su finalidad es asegurar la propiedad de la tierra, don de la Alianza, en manos de la familia. Esta ley se basa en Deuteronomio 25, 5-7; se ilustra en Génesis 38 en la historia de Tamar y en el libro de Ruth.

Jesús es abordado como Maestro, como tal se espera de él que resuelva puntos oscuros en la interpretación de la Ley; le plantean un caso inverosímil en el supuesto de que podría llegar a verificarse; sin embargo, lo que buscan los saduceos al plantear el caso es poner en duda la vida futura en la resurrección, pues ellos no creen en ella.

El caso que se presenta narra la historia de siete hermanos que toman a la misma mujer como esposa tras fallecer cada uno de ellos sin dejar descendencia. La muerte de la mujer cierra la historia; enseguida viene la pregunta problemática: «¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?».

Es una pregunta burlona que intenta ridiculizar la enseñanza de Jesús; se pregunta acerca de la situación de la mujer que ha tenido siete maridos y cuál de ellos, si es que alguno, es de hecho el marido. Se descarta la poligamia que no es admitida por el judaísmo. ¿cómo se resuelve la situación?

La respuesta de Jesús

Jesús responde a la pregunta de los saduceos; su respuesta tiene dos partes: primero desarticula la argumentación de sus interlocutores y enseguida reafirma la doctrina de la resurrección.

Jesús desarticula la argumentación de los saduceos

Jesús cuestiona los fundamentos del caso enunciado proclamando que en la resurrección las condiciones de vida son diferentes y que las relaciones humanas se viven en un nuevo nivel. Por tanto, en la resurrección, donde la vida es plena y permanente, las cuestiones referidas al matrimonio y a la procreación son irrelevantes, pues la relación básica es la de la filiación divina, que implica encontrarse en la plenitud del ser hijos de Dios y hermano y hermana de quienes participan de la misma condición.

Jesús comienza estableciendo el contraste entre «esta vida» y la «vida futura». Quienes participen de la resurrección serán «hijos de Dios», en contraste con los hombres y mujeres que «en esta vida se casan». Queda claro el contraste: en la resurrección no habrá matrimonios, el matrimonio es característico de la «vida presente».

La referencia al matrimonio nos lleva a pensar en el origen de la vida humana en la procreación y deja entender que en la resurrección es innecesario el matrimonio puesto que allí no hay procreación humana sino plena vivencia de Dios, que es Padre y fuente de la vida.

La diferencia entre la «vida presente» y la «vida futura» se muestra claramente en la expresión «pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir», que acentúa que no todos los hombres calificarán para la vida futura, pues antes deben ser «juzgados dignos de ella». ¿Qué es lo que hace a una persona digna? el texto que leemos no lo dice, pero sabemos lo que dice el evangelio.

La expresión «resurrección de los muertos» se refiere a Jesús (Cf. Lc 24,46 y Hech 4,2). Aunque en Lucas encontramos la referencia la hipotética resurrección de Juan el Bautista y a la resurrección de Lázaro, el gran anuncio de los nuevos tiempos es que la resurrección, como tal, es la de Jesús. Nuestra resurrección será en la resurrección de Jesús.

Al participar de la resurrección, la gente no establecerá relaciones matrimoniales; la relación conyugal será trascendida en un nuevo nivel de relaciones interpersonales; el matrimonio terreno está hecho para la procreación, y en la vida futura, esto ya no es necesario.

La vida futura es eterna, pues quienes sean juzgados dignos de ella, no sólo no se casarán, tampoco «podrán ya morir». En la resurrección se vivirá la plenitud de la filiación divina «serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado».

Para decirnos cómo es la vida eterna, el texto nos traslada a un nivel más alto de inmortalidad que para el evangelio es mucho más que vivir eternamente. La base está en ser hijos de la resurrección, que significa compartir la vida del Resucitado; por ello, en la vida futura la persona se hace de manera definitiva hija de Dios. La paternidad divina remplaza los parentescos humanos.

Jesús enseña que la resurrección no es una simple continuación de la vida terrena. La resurrección nos hace «hijos de Dios», participantes de la vida divina y, por tanto, libres de los vínculos que caracterizan la vida material de quienes viven en la «vida presente». Al participar de la resurrección, los discípulos participan en el misterio de la filiación divina. Esto no proviene la generación carnal sino de la resurrección.

Jesús reafirma la doctrina de la resurrección

Jesús ha desarticulado la argumentación de los saduceos que objetaba la posibilidad de la vida resucitada; se equivocaban al asumir que las condiciones de la vida terrena permanecen en el mundo celestial. Esto da paso a un nuevo y positivo argumento a favor de la resurrección; este argumento es analítico, lógico y bíblico.

Jesús defiende la doctrina de la resurrección de los muertos refiriéndose a la promesa de Dios a los patriarcas, lo cual implica que él sostiene las relaciones de alianza con ellos y sus descendientes y que la muerte no acaba con esa relacionalidad.

Dice el texto: «Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob.». Los saduceos dejaron entender que se basaban en la autoridad de Moisés. Ahora Jesús hace lo mismo, apelando directamente a la autoridad de Moisés nos dice que él también indicó el hecho de la resurrección.

En el episodio de la zarza que ardía sin consumirse Moisés llamó al Señor «el Dios de…»; basado en los términos de que Dios se le reveló en estos términos: «Yo soy el Dios de…» Moisés entonces no hace si hacer eco de la revelación cuando llama al Señor «el Dios de…» Lo interesante es que Moisés habla en presente, lo cual indica que Moisés todavía habla.

Lo que se lee en la cita es que después de que los patriarcas han muerto, Dios aún le habla a Moisés de sí mismo, en presente, como el Dios de ellos, conforme a la promesa que les hizo. Dios continúa dándoles el mismo trato a sus descendientes.

Se entiende que el mismo Dios que liberó a los patriarcas de peligros durante su vida, él mismo no se olvidará de ellos en la hora de la muerte. Se entiende además, que Dios es aún el Dios de los patriarcas después de su muerte, y por tanto ellos deben estar vivos de alguna manera y/o pueden estar esperando que él los levante de la muerte.

Más que inmortalidad lo que implica el texto es la resurrección. El dualismo alma/cuerpo no es característico en el Nuevo Testamento. Jesús y sus opositores aceptaron y admitieron el hecho de la muerte, que a su vez implica el concepto del Sheol o lugar de los muertos; por eso sería inconsistente con las promesas de Dios dejar a los patriarcas en ese lugar. Por tanto, Dios levantará de la muerte a Abraham y sus descendientes porque él no puede fallar en el cumplimiento de sus promesas, lo que le hizo ser su Dios.

El Dios de la Alianza es el Dios vivo y de la vida. Dios no puede ser el Dios de un pueblo muerto porque sólo un pueblo viviente puede tener su Dios. Por tanto, las promesas a los patriarcas y el compromiso de ser ‘su’ Dios requiere que estén vivos.

La afirmación es un «Dios de vivos» quiere decir cuya vida viene de Dios y no termina con la muerte Esta convicción está fundamentada en otra afirmación que encontramos en san Lucas que dice que todos los seres viven “para” Dios.

¿Qué significa vivir para Dios? Significa que todas las personas que son dignas de la «vida futura» reciben vida de Dios, de manera que los hombres vivientes pueden continuar reconociéndolo como su Dios. Es la vida eterna que se alcanza por el camino de la resurrección.

Conclusión

Los cristianos creemos en la resurrección que no es lo mismo que inmortalidad. Por nuestro bautismo vivimos con Dios una Alianza, que en Cristo es nueva y eterna. Dios es siempre fiel y a quienes viven con fidelidad su condición de hijos de Dios, siguiendo las huellas de Jesús, Dios no los abandona al poder de la muerta, sino que los levanta, los hace resurgir para hacerlos participar de la vida plena, pues Él mismo es vida y la fuente de la vida.

Nacimos para la vida, no para la muerte. Esta perspectiva marca la diferencia. Pues lo que hacemos no lo hacemos en la desesperación que tiene quien siente que se le acaba el tiempo; por el contrario, nuestras acciones están llenas de esperanza, pues vividas en la fidelidad a Dios anuncian nuestra esperanza de que en el momento de la muerte Dios manifestará su fidelidad y nos hará participar en Cristo de la vida plena.

 

 

[1] F. Oñoro, El Dios viviente y de la vida nos llama a la plenitud de la vida en la resurrección. Lucas 20, 27-38. CEBIPAL/CELAM.

Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré

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Basilica Letrán

9 de noviembre

Dedicación de la Basílica de Letrán

Textos 

† Del evangelio según san Juan (2, 13-22)

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús llegó a Jerusalén y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas con sus mesas.

Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo, con todo y sus ovejas y bueyes; a los cambistas les volcó las mesas y les tiró al suelo las monedas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre”.

En ese momento, sus discípulos se acordaron de lo que estaba escrito: El celo de tu casa me devora. Después intervinieron los judíos para preguntarle: “¿Qué señal nos das de que tienes autoridad para actuar así?” Jesús les respondió: “Destruyan este templo y en tres ‘días lo reconstruiré”.

Replicaron los judíos: “Cuarenta y seis años se ha llevado la construcción del templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?” Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy celebramos la Dedicación de la Basílica de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista de Letrán de Roma, llamada también la «Madre» de todas las Iglesias del mundo. Es una fiesta que nos lleva a los orígenes de la Iglesia y nos recuerda el valor y el sentido de todo lugar sagrado, lugar de oración y de encuentro con el Señor.

En la liturgia, las Iglesias son «dedicadas» al Señor, es decir, son lugares que no dedicamos a nosotros o a nuestro protagonismo, y por eso son lugares de libertad y humanidad. Jesús tenía muy claro que el Templo estaba dedicado al Padre, a Dios, y no a los negocios humanos, y por eso quiere proteger aquel espacio y lo hace con decisión, hasta el punto de que los discípulos reconocen en su gesto de echar a los vendedores y cambistas las palabras del Salmo: «El celo por tu Casa me devora» (Sal 69, 10).

Esta fiesta nos recuerda también que el Señor ha hecho de nosotros un templo que no hay que profanar con la lógica del mercado, de la compraventa. La única lógica que puede regir en la casa de Dios es la del amor gratuito que dedica su vida a salvar a los demás. «Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré», dice Jesús: es el templo de su cuerpo que resucita no con la fuerza del dinero, sino con la del amor. Con estas palabras Jesús consagra todo cuerpo a ser templo de Dios, por más que sea débil y frágil: cuando el amor habita en él nada lo puede destruir.

[1]V.Paglia– Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 359-360.