Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: octubre 2019

Eligió a doce…y les dio el nombre de apóstoles

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simón y judas.jpg 28 de octubre

Santos Simón y Judas, apóstoles

Textos

Del evangelio según san Lucas (6, 12-19)

Por aquellos días, Jesús se retiró al monte a orar y se pasó la noche en oración con Dios.

Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, eligió a doce de entre ellos y les dio el nombre de apóstoles. Eran Simón, a quien llamó Pedro, y su hermano Andrés; Santiago y Juan; Felipe y Bartolomé; Mateo y Tomás; Santiago, el hijo de Alfeo, y Simón, llamado el Fanático; Judas, el hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor.

Al bajar del monte con sus discípulos y sus apóstoles, se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón. Habían venido a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; y los que eran atormentados por espíritus inmundos quedaban curados.

Toda la gente procuraba tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Hoy la Iglesia recuerda a los apóstoles Simón y Judas.

Simón es llamado el «zelota» tal vez porque pertenecía a ese grupo que se oponía a los romanos con la violencia. Según la tradición, predicó el Evangelio en Samaría, en Mesopotamia, y murió en Persia.

Judas, llamado también Tadeo, o sea, «magnánimo», es el apóstol que en la última cena preguntó a Jesús por qué se iba a manifestar sólo a los discípulos y no al mundo. Su nombre aparece en último lugar en las listas de los apóstoles. La tradición le atribuye la carta homónima dirigida a los conversos del judaísmo.

De la vida de ambos no se sabe casi nada, pero no por eso son menos importantes que los demás. En la Iglesia no importa la notoriedad, sino la comunión con el Señor y los hermanos. A menudo, por desgracia, sucede en la comunidad lo que sucedía también entre los apóstoles, es decir, que se discute sobre quién es el primero. En la Iglesia la única primacía que hay que buscar es la del amor, la del servicio generoso.

Jesús los llamó también a ellos por su nombre, subrayando así que su amor es lo que da dignidad a los discípulos. Y del amor que Jesús muestra por nosotros nace también el amor que debe reinar entre los discípulos, el amor fraterno que es la razón por la que los demás creerán en el Señor.

El nombre, en la mentalidad bíblica, no es solo un apelativo: significa la historia, el corazón, la vida de cada persona. Cuando el Señor nos llama se produce también un cambio de nombre, es decir, una transformación del corazón y la entrega de una nueva vocación. Por ejemplo, Simón pasa a ser Pedro, o sea, roca, cimiento.

Recibir el nombre significa ante todo ser amado personalmente por Dios. Y también significa recibir de Dios un nuevo encargo. Conocer a los demás por su nombre es uno de los tesoros de la vida. Incluso desde un punto de vista simplemente humano. El Señor lo exalta aún más: conocernos y llamarnos por nuestro nombre es el signo de un amor que lleva el sello de Dios.

Desde ese punto de vista se ve más claramente la familiaridad que debe caracterizar la vida de los discípulos y extenderse a todos, empezando por los pobres. Así pues, es impactante acostumbrarse a llamar también a los pobres por su nombre. Es dificil que eso suceda. Pero existe un vínculo entre el nombre de los discípulos y el de los pobres. Es el don de ser todos hijos amados por Dios, cada uno con su nombre.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 349-350.

El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido

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fariseo-publicanoTiempo Ordinario

Domingo de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (18, 9-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: “Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’.

El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’.

Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este domingo cerramos el ciclo sobre la oración que nos ha ocupado los domingos de las dos últimas semanas. Contemplamos la parábola “del fariseo y el publicano” que se centra en la actitud interior del orante, completando la instrucción sobre la oración que es uno de los temas importantes en la formación discipular en el evangelio de Lucas.

Aprendemos que la eficacia de la oración no depende de la bondad de la persona que ora, sino de la bondad de Dios, quien escucha y responde a las plegarias; aprendemos además que la salvación no depende del esfuerzo de una persona, cuando se piensa que es así, sigue la rigidez en el cumplimiento de las normas, olvidando que la salvación es esencialmente un don de Dios.

El contexto

El contexto inmediato al pasaje que leemos es el pasaje que leímos la semana pasada, en el que se hablaba de la justicia de Dios. Hoy se nos presenta a un fariseo que confía en su propia justicia y a un publicano que clama por la justicia de Dios.

Nuestro pasaje ilustra además la actitud correcta que hay que tomar ante la justicia de Dios, la que se ajusta a la fe, respondiendo así, a la pregunta con la que concluía el pasaje del domingo pasado que cuestionaba si cuando venga el Hijo del hombre encontraría fe sobre la tierra.

La estructura de la parábola es la típica estructura de las parábolas de Lucas: una introducción, la comparación y la aplicación de la parábola. Veamos una a una cada una de las partes.

La introducción

El pasaje comienza con una anotación: «Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás». El objetivo de la parábola es expresar un juicio sobre quienes se presentan ante Dios con la equivocada convicción de que son “justos”, o sea, que están en perfecta sintonía con la voluntad de Dios porque ponen cumplen con las leyes y con el culto, al mismo tiempo que toman distancia de quienes no lo hacen, asumiendo ante ellos una actitud de desprecio.

La introducción establece así una contradicción interna: pues se refiere a quienes delante de Dios, que «es bueno con los ingratos y malos» (Lc 6,35) se presentan como justos, despreciando a los demás. Este desprecio consistía en la distancia que tomaban los observantes de la ley de quienes no lo hacían con el mismo escrúpulo; la línea de división era el conocimiento de la Ley, pues sólo quien la conocía bien podía observarla puntualmente y quien la desconocía, por ignorancia, fácilmente la transgredía.

El conocimiento de la Ley estaba reservado para la clase privilegiada de los escribas, entre los que había quienes eran especialmente meticulosos y eran conocidos como fariseos. No era fácil que la gente ordinaria conociera la ley como la conocían los fariseos, pues para ello se requería mucho estudio desde la infancia. El hecho es que dado que la Ley era expresion de la voluntad de Dios, sólo quienes la conocían a fondo estaban en condiciones de cumplirla, por lo que se sentían “justos”; los demás eran genéricamente considerados como “pecadores”.

La parábola del fariseo y el publicano

«Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano» El escenario es el Templo, símbolo de la presencia de Dios; los personajes son dos, un fariseo que representa a quien conoce y cumple la Ley de Dios y un publicano, señalado por todos como un pecador, por ser público trasgresor de la Ley.

Se trata del Templo de Jerusalén, considerado por los judíos como el lugar donde habita el Dios de Israel de un modo especial; era un signo de la presencia del Dios de la Alianza, que sin dejar de ser Dios, vive entre su pueblo. Es lugar de oración comunitaria y de oración personal. La gente que vivía en sus cercanías gustaba de acudir allí para hacer sus oraciones diarias, particularmente las del sábado. Estaba difundida la convicciòn de que el Templo era el lugar más propicio para ser escuchado por Dios.

Nuestro personajes, el fariseo y el publicano, suben al Templo para hacer oración; ambos están perfectamente caracterizados y sus comportamientos son fácilmente identificables por quienes escuchan la parábola, el fariseo es el típico hombre santo y el publicano, el típico pecador. Veamos cómo era la oración de cada uno de ellos.

La oración del fariseo

La palabra “fariseo” significa “separado”; con ella se distinguian estos hombres piadosos y conocedores de la ley, de otros grupos de su época como los saduceos, los zelotas, los esenios, etc. Se caracterizaban por su estricta disciplina espiritual, que los diferenciaba y separaba de los otros que no seguían las normas al pie de la letra; se cuidaban de guardar distancia física y espiritual de los pecadores y de todo lo que pudiera contaminarlos y hacerlos impuros.

En el cumplimento de la ley eran estrictos, por ello daban mucha importancia y atención a las obras externas, al grado de descuidar la actitud interna que debía acompañarlas; ponían su confianza en las obras de la Ley, logrando sentirse justos por las sus obras, es decir, por mérito propio. Los fariseos no eran muy apreciados por su rigidez que les hacia descuidar la actitud interna; sin embargo, hay que recordar que el evangelio hace mención de fariseos que buscaban a Dios con sincero corazón, como Nicodemo, José de Arimatea y el mismo Pablo, siendo ya cristiano se gloriaba de ser fariseo observante.

La parábola nos dice como era la oración del fariseo. Oraba de pie, como oraban todas las personas del mundo hebreo. Sólo antes o después de la oración adoptaban actitudes de reverencia, como la inclinación profunda de cabeza y pecho, arrodillarse o postrarse en el suelo. La actitud orante del fariseo de la parábola es completamente normal. Oraba en su interior; con esta actitud se distancia un poco de los común; lo habitual en el Templo era recitar las oraciones en voz alta o susurrándolas. Cuando se ora en voz alta, la mente puede distraerse fugazmente; cuando se ora con la boca cerrada, hay mayor concentración. Oraba diciendo: «Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias». Su oración era de alabanza, de acción de gracias, por lo que no hacía: robar, cometer injusticias y cometer adulterios; y por lo que hacía: ayunar dos veces por semana y pagar el diezmo de todas las ganancias.

Es una oración que declara la propia inocencia del orante, corresponde al tipo de oración que encontramos en algunos salmos (Cf. Sal 26, 5-6). Lo que llama la atención es que el fariseo se considera diferente de todos, al final enfatiza: «tampoco soy como ese publicano». No solo agradece por los vicios que no tiene, con lo que se propone a si mismo como diferente a los demás, sino que agradece comparándose con el hombre que está a su lado y con este se distancia de la oración de los Salmos, pues su aparente piedad, es más bien, vanidad que desprecia.

El fariseo es muy cumplidor de la Ley, lo sabe y lo presume; incluso exagera. El ayuno era obligatorio una vez al año, en la fiesta de la “Expiación” y quizá también en el aniversario de la “dedicación” del Templo. Existía el ayuno opcional, dos veces por semana, los lunes y los jueves; el fariseo de la parábola practica este último ayuno. Por lo que ve al diezmo, este se tenía que pagar a los sacerdotes, de todo lo que se adquiriera, el fariseo de la parábola lo paga de todas sus ganancias. Ayuno y diezmo son actos externos que no necesariamente prueban la disposición íntima del corazón. El fariseo de la parábola se hace justo con sus obras, pero su justicia no es precisamente la que Dios quiere.

Este fariseo es la típica persona que pregona a los cuatro vientos lo que hace, esperando el reconocimiento y la felicitación; se considera superior a los pecadores y su oración consiste en presentarle a Dios la factura de sus obras, como una especie de orden de cobro de la recompensa; ni por asomo piensa que él también es un pecador necesitado de misericordia.

La oración del publicano

El publicano de la parábola no es el tipico pecador, sino el típico convertido que vuelve a la casa del Padre. Los publicanos eran considerados despreciables por su empleo al servicio del imperio romano. Se ganaban la vida mediante procedimientos oscuros: el cargo lo compraban, por lo que se veían obligados a recuperar lo invertido exigiendo más de lo debido; por ello se ganaban el título de pecadores, pues con su actuar eran contrarios al querer del Dios de la Alianza y a la fraternidad. Los publicanos eran marginados de la vida social hebrea mediante actos de desprecio y para ser readmitidos tenían que cumplir con ciertos requisitos, lo que hacía difícil su conversión: tenían que renunciar al cargo y pagar el 20% de intereses a las personas que hubieran defraudado.

La parábola nos dice cómo era la oración del del publicano. «se quedó lejos» se mantiene a distancia como reconocimiento de su indignidad; no se siente con derechos ante Dios y expresa físicamente su condición de pecador, de estar lejos moralmente del Dios de la Alianza. Al orar  «no se atrevía a levantar los ojos al cielo», levantar los ojos al cielo significa confianza; por el contrario el publicano de la parábola no se atreve a hacerlo, tiene vergüenza de su vida pasada. «Lo único que hacía era golpearse el pecho», se trata de un gesto de arrepentimiento que es común a varias religiones. Era un gesto apreciado en los rituales hebreos, con su significado de tristeza y firme voluntad de querer cambiar el corazón; con este gesto el publicano admite públicamente que ha cometido un pecado grave, y con el gesto de tristeza y deseo de cambio, muestra su verdadero arrepentimiento. Ora diciendo: «Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’»; esta expresión esta formada por la invocación, la misma que usó el fariseo; por la súplica de la compasión y el reconocimiento de su condición de pecador. El orante no dice cuál es su pecado, se reconoce como pecador, lo único que presenta a Dios es la tristeza por su pecado y su corazón necesitado de conversión.

La aplicación de la parábola

Jesús declara cuál es la visión de Dios sobre los comportamientos analizados en la parábola. Descubre un tercer personaje: Dios mismo. Es a él a quien se han dirigido las oraciones y es él quien las responde o las rechaza. Jesús interpreta la respuesta del Padre: justificará a quien pide ser justificado y no hará nada por quien se justifica a su mismo. La justicia de Dios es para quien se abre a su misericordia. Por eso, al final, uno es justificado y el otro no. La orgullosa confianza del fariseo en si mismo anula la confianza en Dios; la verdadera devoción del publicano, a la que responde la misericordia de Dios, está relacionada con la humildad sincera.

Jesús hace la aplicación de la parábola, mediante un principio general: «porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido» que se ubica en el horizonte de la enseñanza de Lucas que desde el primer capítulo nos presenta a Dios que es el que enriquece y despoja, humilla y enaltece.

Conclusión

Delante de Dios el hombre no puede vanagloriarse de nada. El ser reconocidos como dignos de estar en la presencia de Dios, sólo a Dios corresponde hacerlo y no a nosotros; por ello, en lugar de gloriarnos de las buenas obras, hay que presentarnos ante Dios, dejándolo ser Dios, capaz de tomar el barro de nuestra vida y moldearlo, hasta renovarnos; así es como Dios ensalza.

La oración auténtica es aquella con la cual nos abrimos a la obra creadora de Dios en el perdón, que transforma la existencia haciéndola renacer para la vida plena. La oración puede hacerse en distintos lugares, formas, posiciones, pero lo que más importa es la actitud que es la que le da contenido. La entrega del propio ser, confiado en la infinita misericordia de Dios; así como el publicano que dice “soy” a diferencia del fariseo que dice “hago”.

 

[1] F. Oñoro, La oración que verdaderamente transforma. Lucas 18, 9-14. CEBIPAL/CELAM.

… fue a buscar higos y no los encontró

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Tiempo Ordinario

Sábado de la XXIX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 1-9)

En aquel tiempo, algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que Pilato había mandado matar a unos galileos, mientras estaban ofreciendo sus sacrificios. Jesús les hizo este comentario: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos? Ciertamente que no; y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”.

Entonces les dijo esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo; fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos en esta higuera y no los he encontrado. Córtala.

¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?’ El viñador le contestó: ‘Señor, déjala todavía este año; voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús acaba de hablar con la gente y alguien le habla de una matanza ordenada por Pilato contra algunos galileos que tal vez habían promovido una insurrección. Este episodio le proporciona la oportunidad de decir que el mal o las desgracias que nos pasan no son consecuencia directa de nuestras culpas. Jesús afirma que sería erróneo pensar que aquellos galileos asesinados en aquella matanza eran más culpables que los que se salvaron.

Y para explicar este pensamiento suyo, añade otro episodio que se parece más a un desastre natural: los muertos por la caída de la torre de Siloé. No es Dios, quien envía el mal o quien permite los desastres y las masacres, aunque pudiera ser por motivos pedagógicos. El Padre que Jesús vino a revelamos no actúa así. Al contrario, el Padre que está en el cielo debe luchar contra el mal desde el inicio, desde que la horrible violencia del príncipe del mal aparece en la historia de los hombres.

El Señor pide a todos los hombres, y a los discípulos del Evangelio en particular, que participen en esta dura batalla contra la maldad y contra el príncipe del mal que no deja de empujar la creación hacia su destrucción. De ahí el llamamiento a la conversión, es decir, a adherirse al Evangelio con todo el corazón y con todas las fuerzas, para estar junto a Jesús, que vino al mundo para derrotar el mal y llevar la liberación y la salvación a todos, también a la misma creación.

La pequeña parábola que añade Jesús, demuestra el valor de la intercesión. Muchas veces nos encontramos con situaciones que parecen difíciles de cambiar o que a pesar de todos nuestros esfuerzos siguen más o menos igual. Se parecen a aquella higuera de la que habla el Evangelio y que no da fruto. El propietario de la higuera, durante tres años, intenta recoger sus frutos, pero nunca los encuentra. Al final termina la paciencia y le pide al viñador que la corte para que no ocupe terreno inútilmente. El viñador, que estando junto a aquel árbol ha aprendido también a amarlo, ruega al señor que le deje cavar el terreno y echar abono; está seguro de que la higuera dará fruto.

Jesús nos exhorta a tener paciencia, es decir, a permanecer junto a aquella higuera, a rodearla de premura para que, en su debido momento, dé fruto. Tenemos que aprender de Dios a tener su paciencia que sabe tener esperanza en todos, que no apaga la mecha humeante, que acompaña y cura a quien es débil para que recupere fuerzas y también él pueda dar amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 395-396.