Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Eviten toda clase de avaricia

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Tiempo Ordinario

Lunes de la XXIX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (12, 13-21)

En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: “Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia”. Pero Jesús le contestó: “Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?” Y dirigiéndose a la multitud, dijo: “Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

Después les propuso esta parábola: “Un hombre rico tuvo una gran cosecha y se puso a pensar: ‘¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida’. Pero Dios le dijo: ‘¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?’ Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús vuelve a mostrar cuál debe ser la actitud de los discípulos respecto a los bienes de la tierra. La cuestión viene a colación por un hombre que le pide a Jesús que intervenga para que dos hermanos se repartan equitativamente la herencia. Pero él se niega a intervenir. No es maestro de reparticiones, sino de lo que hace referencia a Dios y al alma del hombre.

Jesús interviene, pero no en referencia a la herencia sino al corazón de aquellos dos hermanos. Es precisamente en su corazón, donde anida la avaricia, la codicia y el interés solo por ellos mismos. Los bienes son externos y no representan por sí mismos motivo alguno de mal.

El corazón de aquellos dos hermanos -como sucede a menudo con el nuestro- estaba entumecido a causa del deseo de dinero y del ansia de poseer. En un terreno así no pueden germinar más que divisiones y luchas, como recuerda Pablo a Timoteo: «La raíz de todos los males es el afán de dinero». Jesús explica esta actitud con la parábola del rico necio, que pensaba que se podía obtener la felicidad acumulando bienes.

¿Cómo no pensar en la mentalidad difusa hoy en este mundo nuestro que ha convertido el consumo de las cosas en la regla de la vida? Mucha gente continúa vendiendo hasta su propio corazón para buscar las riquezas y consumir por ellas todas la vida. Existe una dictadura del materialismo que induce con fuerza a gastar la vida para poseer y para consumir riquezas y bienes materiales.

Jesús explica que en la vida de aquel hombre rico -según lógica del avaro- no hay espacio para los demás. Sus preocupaciones apuntan únicamente a acumular bienes para él. Sin embargo, aquel hombre rico ha olvidado lo esencial: que nadie es amo de su vida. Podemos poseer riquezas, pero no somos amos de la vida. Y la felicidad no está en poseer bienes sino en amar a Dios y a los hermanos.

Existe una verdad fundamental y cierta para todo el mundo: no fuimos creados para acumular riquezas sino para amar y para ser amados. El amor es el bien radical que el hombre debe buscar sea como sea. Porque el amor es lo que permanece y satisface hasta el fondo la sed del corazón. Quien vive con amor acumula el verdadero tesoro para hoy y para el futuro.

El amor, este extraordinario tesoro celestial, a diferencia de los bienes terrenales que se pueden perder, no corre el peligro de ser robado. Los frutos del amor permanecen eternamente. Jesús retoma una tradición bíblica que compara las obras buenas a los tesoros que se guardan en el cielo, como rezaba un antiguo dicho judío: «Mis padres han acumulado tesoros aquí abajo, y yo he acumulado tesoros que dan intereses».

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 390-391.

 

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