Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

¿Qué debo hacer para conseguir la vida eterna?

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buen samaritanoTiempo Ordinario

Lunes de la XXVII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (10, 25-37)

En aquel tiempo, se presentó ante Jesús un doctor de la ley para ponerlo a prueba y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Qué es lo que está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?” El doctor de la ley contestó: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu ser, y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “Has contestado  bien; si haces eso, vivirás”. El doctor de la ley, para justificarse, le preguntó a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús le dijo: “Un hombre que bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos ladrones, los cuales lo robaron, lo hirieron y lo dejaron medio muerto. Sucedió que por el mismo camino bajaba un sacerdote, el cual lo vio y pasó de largo. De igual modo, un levita que pasó por ahí, lo vio y siguió adelante. Pero un samaritano que iba de viaje, al verlo, se compadeció de él, se le acercó, ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó; luego lo puso sobre su cabalgadura, lo llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente sacó dos denarios, se los dio al dueño del mesón y le dijo: ‘Cuida de él y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso’.

¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones?” El doctor de la ley le respondió: “El que tuvo compasión de él”. Entonces Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Esta parábola es una de las páginas más conocidas del Evangelio. La parábola resume bien la situación de este mundo nuestro y al mismo tiempo define claramente cuál es la vocación de la comunidad cristiana y de todo discípulo.

Aquel hombre medio muerto dejado a un lado del camino representa a todos los pobres que todavía hoy quedan lejos y abandonados al margen de la vida. Pues bien, el Evangelio nos enseña a ver a aquel hombre medio muerto, abandonado por todos, como hermano del Señor y amigo nuestro.

Para nosotros, los cristianos, de todos modos, los pobres antes que ser un problema son nuestros hermanos, nuestros amigos. Y no se trata de «buenísimo», como a veces con un tono de desprecio oímos, sino de tener la misma mirada de Dios que tanto cuesta a los hombres imitar. A menudo los cristianos somos corresponsables de ello.

El Evangelio, a través del ejemplo de aquel samaritano, extranjero para aquel hombre medio muerto, nos exhorta a descubrir no solo el valor moral sino también profundamente humano y religioso de la fraternidad. Se trata de sentir como miembros de la familia de Dios a todos los débiles y los pobres. Podríamos decir que ellos son parientes nuestros, y como tales deberíamos tratarlos.

Dios muestra así una actitud radical: elige a los pobres como sus hijos predilectos, los escucha, los protege y los pone como intercesores para aquellos que les ayudan. Jesús mismo se identifica en ellos, como escribe el evangelio de Mateo en el juicio universal.

Hay una especie de identificación entre el Samaritano y el hombre medio muerto. El samaritano es el mismo Jesús; él es quien desde Jerusalén recorre los caminos que llevan a las tantas Jericó de este mundo. Él es el primero que se para y que exhorta a hacer lo mismo.

Y cada vez que nosotros, como hizo aquel samaritano, nos paramos junto a un pobre, nos encontramos cara a cara con Jesús, aunque al inicio tiene el rostro solo de un abandonado. Si no antes, sin duda al final de la vida, en el momento del juicio, veremos en el rostro de Jesús los rasgos de aquel hombre abandonado al que hemos socorrido.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 373-374.

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