Ecos de la Palabra

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¡Señor, auméntanos la fe!

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grano de mostaza

Tiempo Ordinario

Domingo de la XXVII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (17, 5-10)

En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería.

¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’? ¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación? Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelio de este Domingo nos permite seguir caminando, junto con los discípulos, en el seguimiento de Jesús. La subida a Jerusalén es la imagen que nos ayuda a ubicar nuestro proceso discipular que tiene como meta precisamente formarnos como verdadero discípulos, capaces, por la gracia divina y por la generosidad de la propia respuesta, de ser como el Maestro.

Los últimos domingos hemos leído pasajes del evangelio de Lucas que nos han enseñado a vivir desde la perspectiva del Reino la realidad relacional de nuestra existencia: nuestra relación con Dios y la relación con el prójimo. El domingo pasado y antepasado reflexionamos cómo estas relaciones se hacen difíciles cuando hay dinero de por medio y se endurece el corazón haciendo los oídos sordos a la voz de Dios y la mirada ciega a las necesidades del prójimo.

El Contexto

Cambio de interlocutores. En el texto que leemos este domingo los interlocutores directos de Jesús son los apóstoles. La interpretación del paseje nos pide estar atentos a quién están dirigidas las palabras de Jesús. En los textos evangélicos de los domingos anteriores los interlocutores eran los fariseos; en otros pasajes lo son las multitudes, los adversarios; la interlocución de Jesús se da con personas individuales y con grupos.

Cambio de tema. Como se ha dicho, el tema de los pasajes anteriores eran la relación con los bienes que cuando es mal orientada puede hacer fracasar el proyecto de vida cristiana. Ahora el tema principal es la vida de la comunidad  de discípulos, que se aborda desde la realidad que le da cohesión: la fe y la actitud fundamental que la hace posible: la humildad en el cumplimiento de las responsabilidades.

Contexto inmediato. En los versículos que preceden a nuestro texto (17, 1-14), que no se incluyen en el texto que se proclama en la liturgia, encontramos dos instrucciones que tienen la intención de poner orden a situaciones que se presentan al interior de la comunidad con un efecto disgregador: el escándalo y el resentimiento; el primero hay que evitarlo mediante la vigilancia de uno mismo: «¡estén atentos!», y el segundo, superarlo por medio del perdón: «si tu hermano peca contra ti siete veces al día, y otras siete veces viene a decirte ‘me arrepiento’ ¡perdónalo!».

El camino discipular se hace en comunidad. Jesús no llama a sus discípulos para que caminen por su cuenta o vayan aislados por la vida; la referencia a la comunidad es constitutiva a la vocación cristiana; por ello, el «sentido del otro» es en elemento que no puede faltar en los procesos de formación cristiana; este dato nos ayuda a entender el contraste en la manera de entender la vida de quien quiere vivir como discípulo de Jesús con otras propuestas o estilos de vida centrados en el individuo cerrado en si mismo y sin referencia a los demás.

Un estilo de vida abierto a los demás, que se hace camino compartido y se concreta en distintas experiencias de vida comunitaria, no está exento de dificultades. No es fácil convivir; hay roces, malos entendidos, abusos, negligencias, personalidades dominantes, personalidades frágiles; realidades que hay que tener en cuenta y ante las que hay que asumir una actitud básica, no sólo de respeto y de tolerancia, sino también de perdón.

Contexto temático: Después de que Jesús ha dado dos horizontes para mantener la cohesión del grupo de discípulos, mediante la vigilancia de uno mismo y el perdón, los discípulos parcen dar un salto con una exclamación: ¡Auméntanos la fe!

Del perdón se salta al tema de la fe, un tema que recorre toda la Sagrada Escritura; sólo por ilustrar recordemos el texto de Habacuc que se proclama en la liturgia de este domingo: «¡El justo vivirá por su fidelidad!» (2, 4) y que es retomado por la carta a los Romanos: «[en el evangelio] se manifiesta la fuerza salvadora de Dios a través de una fe en continuo crecimiento» (1,17). En el nuevo testamento, la primera carta de Juan enseña que la fe es la «fuerza victoriosa que vence al mundo» (5,4) y la carta a los hebreos nos dice: «sin la fe es imposible agradar a Dios, porque para acercarse a él es necesario creer que existe y que siempre recompensa a los que lo buscan». (11,6).

En el evangelio de Lucas encontramos múltiples pasajes de experiencias, positivas, negativas o deficientes, de fe.

Experiencias positivas de fe: Desde el primer capítulo la fe de Zacarías quien es reprendido «por no haber creído» al anuncio del Ángel (1,20) contrasta con la fe de María, a quien Isabel alaba diciéndole: «dichosa tu que has creido» (1, 45). Lucas narra también la fe de la gente sencilla y buena, como la de los que llevan la camilla del paralítico y no descansan hasta ponerlo delante de Jesús, quien «viendo la fe de ellos» atendió a su súplica (5,20); como la del centurión romano, quien se siente indigno frente a Jesús que, por su parte, reconoce no haber encontrado en Israel «una fe tan grande» como la suya (7,9); como la de la prostituta perdonada a quien Jesús dijo: «tu fe te ha salvado, vete en paz» (7, 49); como la mujer enferma de flujo de sangre (8,48), el samaritano leproso (17,18) y el ciego de Jericó (18,43), a quienes anima con los mismos términos en su experiencia de fe.

Experiencias de debilidad de fe en los discípulos. No todas las experiencias de fe son positivas; el evangelista no oculta situaciones de fragilidad. Lucas describe la tempestad en medio del Lago y la interpelación de Jesús a los suyos: «¿dónde está su fe?»; en otro pasaje llamará a sus discípulos: «hombres de poca fe» (12,28) y en la noche de la pasión les hará notar: «qué torpes son para comprender y que duros son para creer lo que dijeron los profetas» (24,25). La experiencia de Pedro es elocuente, primero confiesa la fe en nombre de la comunidad (9,20), luego se manifiesta la debilidad de su fe (22, 54-62) y el cuidado de Jesús que lo fortalece diciéndoles: «he rogado por ti para que tu fe no decaiga» (22,32).

El texto

¡Señor, auméntanos la fe!

En este contexto, entendemos mejor la súplica de los discípulos: «¡Señor, auméntanos la fe!» que es la obertura del pasaje que consideramos este domingo y que como ya hemos recordado sigue a la enseñanza de Jesús sobre el vigilancia personal que hay que tener para evitar el escándalo y el  perdón, que nunca se debe negar al hermano que se ha arrepentido. La exclamación de los apóstoles, es un reconocimiento implicito de la impotencia que sienten ante los escándalos y el resentimiento que dispersan a la comunidad; por ello piden que les aumente la fe como recurso para superar estas amenazas a la vida de la comunidad de discípulos.

No nos es dificil entender a los apóstoles. Escándalos y resentimientos están a la orden del día en la experiencia de la vida cristiana, en la familia, en las comunidades presbiterales y religiosas, en ambientes laborales y apostólicos. Ante los escándalos y las ofensas recurrentes se nos hace imposible perdonar; nos sentimos débiles ante la idea de intentarlo de nuevo.

Es tan delicada la situación que son los apóstoles quienes dirigen la súplica al Señor; ellos fueron llamados y elegidos por Jesús (6, 12-13) e investidos con «poder para expulsar toda clase de demonios y para sanar las enfermedades» (9,1); sin embargo, parecen verse abrumados por el poder corrosivo del escándalo y el resentimiento que deteriora las relaciones entre los discípulos. Ellos saben que su capacidad para obrar milagros está relacionado con el don de la fe que es la que en última instancia los realiza, por eso su grito desesperado: «¡Señor, auméntanos la fe!».

A la interpelación de los apóstoles Jesús responde con un dicho sobre la fe y con una parábola sobre el servicio. La enseñanza del dicho y de la parábola se complementan: la fe del discípulo crece proporcionalmente a su capacidad de servicio humilde y viceversa. El crecimiento de la vida comunitaria, superando los escándalos y perdonando al hermano que yerra, son posibles cuando hay fe y servicio humilde y desinteresado.

No perdamos de vista que el acento en el tema de la fe nos coloca en el horizonte de la relación del discípulo con Dios. La capacidad de perdón es proporcional a la experiencia de Dios y ésta, se reconoce en la humildad del servicio como donación total y fidelidad.

 El dicho: Si tuvieran fe…

Jesús responde a sus apóstoles: «Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería». Con su respuesta indica que una poca cantidad de fe es suficiente para hacer obras impensables.

Los discípulos hacen una petición en términos cuantitativos; los discípulos piden más fe, lo que hace suponer que consideraban tener poca, Sin embargo, la respuesta de Jesús hace entender que la fe no puede cuantificarse.

La respuesta de Jesús está construida siguiendo el esquema “Si… entonces” que plantea un presupuesto y una consecuencia.

El presupuesto. Tiene como referente un “grano de mostaza”, imagen que ya se había utilizado en el evangelio para ilustrar que algo muy pequeño llega a ser grande. En el dicho que nos ocupa, sirve para ilustrar el más pequeño brote de fe.

La consecuencia: La segunda parte del dicho, se basa también en una imagen vegetal; esta vez en la de un árbol que parece referirse a una especie de raíz profunda que hace que sea difícil transplantarlo. Lo que se destaca que el árbol «obedece» ante la orden de arrancarse y transplantarse en el mar, ilustrando con ello el poder de la palabra apostólica.

Al leer e interpretar este dicho hay que ser cuidadosos de no tomarlo literalmente, pues no es una invitación al absurdo, ni tampoco un indicativo de poderes mágicos; el misionero, el apóstol, no es un mago, está llamado a ser un gigante de la fe y esto se demostrará en su servicio abnegado y gratuito.

Los discípulos interpelaron a Jesús llamándolo ¡Señor!. El dato no es ocioso. Se trata de un título pascual y nos da una pista interpretativa sobre de que tipo de crecimiento en la fe se trata. En el evangelio de Lucas la fe es la aceptación del anuncio de la resurrección de Jesucristo; es la acogida total de la Palabra que se expresa en un estilo de vida. (Cf. Hech 2, 41.44).

Si la semilla de la Palabra no germina en la vida del discípulo (Lc 8, 4-15), éste corre un gran riesgo, pues no tendrá ni la luz, ni fortaleza necesarias para superar las dificultades comunitarias, ni su anuncio misionero tendrá la fuerza del anuncio pascual  que proclama «la conversión y el perdón de los pecados» (24,47). La fe tiene una fuerza sorprendente, es capaz de obrar transformaciones inimaginables; no se necesita una fe extraordinaria, es suficiente con la cantidad mínima representada en la imagen de la semilla de mostaza, lo que importa es su calidad.

¿Cómo es esta fe? ¿Cuál es su contenido? La respuesta la da Jesús en la parábola del siervo que regresa del campo.

La parábola: el siervo que regresa del campo

La enseñanza de Jesús aparentemente da un salto; la lectura atenta nos hace entender que es complementaria al dicho de la semilla de mostaza.

La parábola interroga directamente a los discípulos: «¿Quién de ustedes si tiene un siervo….?»; se vale de la descripción de la vida de un esclavo que después de haber trabajado en el campo de su patrón toda la jornada, regresa a casa.

Se trata de un trabajador que tiene grandes responsabilidades; labra la tierra, pastorea los rebaños y que al llegar a casa, debe atender las tareas domésticas; su vida está dedicada completamente al servicio. Los tres campos del servicio, son imágenes que ilustran la misión apostólica en el evangelio: proclamación de la Palabra, cuidado de y servicio a la comunidad.

El regreso a casa después de la fatigosa jornada no da tregua al siervo; al llegar le esperan los deberes domésticos; primero debe servir a su patrón antes que atender sus necesidades personales. El cumplimiento de todos estos deberes no le da derecho a ninguna recompensa, ni es base para el reclamo de derechos; lo importante es la satisfacción del deber cumplido.

A partir de esta escena que es cotidiana y por tanto no es ajena a sus interlocutores, Jesús plantea tres preguntas retóricas -que llevan implícita la respuesta- y hace una aplicación.

Las tres preguntas.

La primera. «¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’?» Es una pregunta que se basa en la lógica del servico total que corresponde a un esclavo, acostumbrado a que al regresar a casa con toda probabilidad el patrón le asignará algún quehacer. No es probable que el patrón lo haga sentar a la mesa para servirlo, sería absurdo para las costumbres sociales de la época. La respuesta esperada a la pregunta es: nadie.

La segunda: «¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’?» La situación se plantea con lógica: el esclavo se pone al servicio del patrón para quien debe preparar y servir los alimentos; sólo después podrá él comer y beber. El reposo vendrá una vez terminado el servicio, antes, debe estar disponible, con la túnica ceñida para moverse con facilidad en medio del ajetreo y los requerimientos del servicio doméstico. La respuesta es: si.

La tercera: «¿Tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?» En el contexto social de la parábola, el agradecimiento del patrón no está previsto, resulta chocante; el esclavo le pertence y el cumplimiento de sus deberes no implica para él ninguna obligación, lo que no significa que no pueda ser agradecido. La respuesta es no.

El punto de vista que interesa en la parábola es el del siervo ¿cuáles son sus expectativas? ¿cuáles son intereses o motivaciones?

La radicalidad en el servicio del siervo podemos leerla en paralelo a la de Jesús en el relato de la pasión, que dice: «Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve».

La aplicación de la parábola. 

El pensamiento final se dirige a los discípulos: «Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’»

¿Con qué actitud se presenta ante Dios un servidor suyo? Los servidores de la comunidad de Jesús se confiesan indignos, adjetivo que refuerza la condición de siervos y que quiere decir que no tienen necesidad de ser reconocidos por el agradecimiento: «sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer».

La conciencia del servidor de Jesús es la de una persona que, abandonada en la fe, centra su vida en el Señor, se da sin reservas, se entrega con gratuidad al servicio con la aspiración de cumplir cabalmente con su deber, es decir, de ponerse al servicio de la misión, del proyecto de Dios; lo que hace que el obrar por el deber sea sinónimo de obrar por puro amor.

Conclusión

Una imagen del servidor de esta parábola contrasta con la del fariseo que regodeándose de todo lo que ha hecho se presenta en el Templo para reclamar favores especiales ( 18, 12)

Es probable que la parábola hiriera la mentalidad farisaica que postulaba que el hacer buenas obras daba derechos para reclamarle a Dios la debida recompensa. La enseñanza de la parábola que consideramos es clara: no a los méritos. Jesús repudia la actitud de los servidores que todo lo hacen con la expectativa de la recompensa; el discípulo de Jesús no puede pretender pasarle las facturas a Dios; la relación con Dios se finca en la gratitud y se expresa en la gratuidad. Esto no significa que Dios no recompense con generosidad a sus servidores fieles.

La actitud equivocada es la de quien reclama retribución y piensa que puede reclamarle a Dios. El discípulo esta llamado a una relación de confianza con Dios, a hacer lo que está de su parte, lo que le corresponde confiando plenamente en que Dios hará la suya.

La parábola se dirige a los apóstoles; quienes tienen a cargo una comunidad, no importa su dimensión, -desde una familia hasta la Iglesia universal- deben estar atentos a revisar su actitud de servidores de Dios y de los hermanos que se fundamenta en la experiencia de la fe y que no adjudica derechos, ni pago y que pide discreción, pues ni la pretensión ni la vanidad pertenecen al estilo de vida de Jesús. Quien sirve a la comunidad puede sentirse feliz por el hecho de haber hecho el bien entregándose a la misión confiada.

Es aquí donde la fe crece, no en cantidad, sino en calidad. Se aprende a vivir bajo el señorío de Jesús, a abandonarse totalmente en Dios, a confiar absolutamente en él. Este es el granito de mostaza  del que procede la fuerza sorprendente para recibir el perdón de Cristo muerto y resucitado y para animar la vida de la comunidad, para que previniendo, mediante la vigilancia de la propia conducta, cualquier tipo de escándalo y dando y recibiendo el perdón, sea posible  emprender la misión.

 

[1] F. Oñoro, Crecer en la fe y en el servicio. La increíble fuerza de lo humilde: Lucas 17, 5-10. CEBIPAL/CELAM.

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