Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven

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Jesús y sus discípulos 9.jpgTiempo Ordinario

Sábado de la XXVI semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (10, 17-24)

En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre”.

El les contestó: “Vi a Satanás caer del cielo como el rayo.

A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño.

Pero no se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”.

En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por que has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven.

Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los setenta y dos discípulos en su viaje misionero han podido experimentar la fuerza irresistible del Evangelio del amor que Jesús les había dado. Por la tarde, cuando vuelven, se reúnen con Jesús. Están llenos de alegría mientras le explican los prodigios que han podido hacer entre la gente. Y Jesús, escuchándoles, se alegra y les dice: «Vi a Satanás caer del cielo como el rayo».

Es la alegría que nace de la comunidad cristiana cada vez que el mal retrocede, derrotado por la fuerza débil del amor que mana del Evangelio. Jesús confirma a los discípulos el poder que les ha dado: «A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño». Son palabras que no deberíamos olvidar nunca, aunque, irresponsablemente a veces lo hacemos: no recordarlas significa no creer en la fuerza del Evangelio y, por tanto, hacer perder eficacia al testimonio que estamos llamados a dar. Y Jesús añade que la verdadera alegría, la que nadie podrá quitar jamás al discípulo, consiste en tener sus nombres escritos en el cielo, es decir, cerca del corazón de Dios.

La comunión con Jesús, con el Padre y con el Espíritu Santo es la vida del discípulo hoy y en el futuro. Es su fuerza, y también su alegría. Jesús, todavía emocionado por lo ocurrido durante el día, levanta la mirada al cielo y da las gracias al Padre porque ha decidido confiar el secreto de Su amor a aquellos pequeños discípulos que han confiado en él.

Es una oración dulce que mana del amor profundo que Jesús tiene por el Padre y por los discípulos, y también por nosotros, hijos de la última hora. Tras haber orado se dirige a aquellos setenta y dos y pronuncia una bienaventuranza que se extiende por los siglos y llega a todos los creyentes: «¡Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven!».

También nosotros recibimos la gracia de «ver», de escuchar, de vivir con Jesús de manera directa a través de la vida en la comunidad de creyentes, en la Iglesia: es el «cuerpo de Cristo», del que somos miembros.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 371-372.

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