Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: octubre 2019

Tengo que seguir mi camino

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Tiempo Ordinario

Jueves de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 31-35)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y le dijeron: “Vete de aquí, porque Herodes quiere matarte”.

El les contestó: “Vayan a decirle a ese zorro que seguiré expulsando demonios y haciendo curaciones hoy y mañana, y que al tercer día terminaré mi obra.

Sin embargo, hoy, mañana y pasado mañana tengo que seguir mi camino, porque no conviene que un profeta muera fuera de Jerusalén.

¡Jerusalén, Jerusalén, que matas y apedreas a los profetas que Dios te envía! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas, pero tú no has querido! Así pues, la casa de ustedes quedará abandonada.

Yo les digo que no me volverán a ver hasta el día en que digan: ‘¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Sabemos que Jesús va de camino hacia Jerusalén: ante él se perfila ahora con claridad la meta del Calvario como lugar en el que podrá ofrecerse a sí mismo a Dios en sacrificio de amor por toda la humanidad.

Nada puede apresurar o retrasar «la hora» en la que Jesús consumará su misión: ni Herodes, ni Pedro, ni otros. Lo que Jesús tiene que hacer pretende llevarlo a cabo con plena determinación y total libertad.

Jesús manda decir a «ese zorro» de Herodes, aunque sea con términos velados, que todo lo que él hace lo lleva a cabo para cumplir la voluntad de Dios, que en su Pascua será glorificado, es decir, se manifestará plenamente como Dios misericordioso, Dios de la vida.

Como todo auténtico profeta, Jesús no puede morir fuera de Jerusalén, por lo que debe subir a ella por fidelidad a su misión y por amor a nosotros.

Viene, a continuación, un doloroso lamento de Jesús sobre Jerusalén, un lamento-profecía abierto también a las perspectivas de un futuro inmediato. Jesús quisiera hacer de Jerusalén un signo de reconciliación, paz y unidad, pero ella realiza gestos de violencia y división. La profecía de Jesús tiene dos momentos: uno negativo, en el cual, como ya hiciera el profeta Jeremías, predice la ruina de Jerusalén y de sus habitantes, a pesar de amarlos intensamente, y otro positivo, que parece aludir a la conversión de Israel en referencia al fin de los tiempos.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 12., 225-226.

Los que ahora son los últimos, serán los primeros

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Miércoles de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 22-30)

En aquel tiempo, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén. Alguien le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” Jesús le respondió: “Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ‘Señor, ábrenos’.

Pero él les responderá: ‘No sé quienes son ustedes’.

Entonces le dirán con insistencia: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él replicará: ‘Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal’. Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, yustedes se vean echados fuera. Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquetedel Reino de Dios.

Pues los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús enseña mientras se dirige a Jerusalén. Jesús no camina entre los hombres sin mirar a aquellos con los que se encuentra, centrados en sí mismo y en sus propios problemas. Jesús tiene una meta, Jerusalén, pero no va allí solo para él. Va a morir a la ciudad santa porque quiere que todos se salven. No es él, de hecho, quien necesita salvación sino los hombres.

En ese contexto destaca la pregunta que le hacen sobre el número de los que se salvarán. El interlocutor transmite una preocupación que surgía en aquella época, ya que entre los rabinos algunos excluían de la salvación a quienes no respetaban ciertas disposiciones. De ese modo se ponía en duda que todo el pueblo de Israel se iba a salvar.

En un apócrifo judío, por ejemplo, leemos: «El Altísimo ha hecho este siglo para muchos, pero el futuro para pocos» (IV libro de Esdras). Jesús, en cambio, afirma que nadie entra en el reino de Dios solo porque pertenece al pueblo de Israel, o a un país, o a una etnia, o a una cultura, etc. Lo que salva es la fe. Jesús no responde directamente a la pregunta sobre el número de los que se salvarán. Solo dice que ha llegado el momento de elegir. Y el juicio se hará sobre dicha decisión. Y cuando llega el día del juicio no sirve de nada reclamar derechos de pertenencia a una etnia o a una religión. Es más -añade Jesús-, «Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios».

Lo que importa es decidir de inmediato seguir al Señor, antes de que sea demasiado tarde. Ese es el significado de la imagen de la puerta estrecha: ante la predicación del Evangelio no podemos aplazar la decisión de escuchar, no se puede dilatar el tiempo para elegir. Si rechazamos el Evangelio es como si llegáramos a la casa de la que habla el pasaje evangélico cuando el señor de la casa ya ha cerrado la puerta.

El que se queda fuera, el que no escucha, queda a merced del príncipe del mal y sentirá el aguijonazo del frío de la tristeza y la amargura de la soledad. La afirmación de Jesús sobre aquellos «últimos» que serán primeros -el texto se refiere a los paganos- destaca la «primacía» de escuchar: quien acoge el Evangelio en su corazón y lo pone en práctica se convierte en el primero en el reino de los Cielos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 400.

¿A qué se parece el Reino de Dios?

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mostazaTiempo Ordinario

Martes de la XXX semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (13, 18-21)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¿A qué se parece el Reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a la semilla de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció y se convirtió en un arbusto grande y los pájaros anidaron en sus ramas”.

Y dijo de nuevo: “¿Con qué podré comparar al Reino de Dios? Con la levadura que una mujer mezcla con tres medidas de harina y que hace fermentar toda la masa”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estas dos cortísimas parábolas se pueden comprender mejor si tenemos en cuenta el contexto de la creciente oposición a Jesús por parte de los jefes del pueblo. En realidad, ese es un destino de toda la historia cristiana: el Evangelio encuentra oposición en todas las generaciones que se suceden en la historia.

La novedad del amor de Jesús choca contra la dureza del corazón del hombre y sobre todo con la obra destructora del príncipe del mal. Hoy podríamos pensar en la situación de minoría de los cristianos en el mundo o en las dificultades de comunicar el Evangelio en situaciones difíciles.

¿Cómo se puede instaurar el reino de Dios solo con la humildad y las palabras? ¿El Evangelio no es demasiado débil para cambiar el mundo, que parece tan fuerte? Estas preguntas, o mejor dicho, estas dudas encuentran una eficaz respuesta en las dos parábolas que pronunció Jesús, la del grano de mostaza y la de la levadura en la masa.

El reino de Dios que Jesús vino a instaurar en la tierra empieza no de manera poderosa y clamorosa, sino como una pequeña semilla, como un puñado de levadura. Evidentemente, es importante que la semilla penetre en la tierra y que la levadura se mezcle con la masa. Pero ambas, la semilla y la levadura, si mantienen su fuerza y su energía, es decir, si no sufren los efectos de nuestra pereza y de nuestro egocentrismo, darán fruto.

El evangelista Lucas -y en este punto se diferencia de los otros dos sinópticos- destaca en la parábola la idea del desarrollo, del crecimiento continuo. La semilla, es decir, la predicación del Evangelio y la práctica del amor, dará lugar a un árbol grande y la levadura fermentará la masa de la sociedad y del mundo. Muchos podrán cobijarse a la sombra del árbol del amor y muchos podrán saciarse con el pan de la misericordia.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 399.