Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: septiembre 2019

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

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pedro y jesus.jpgTiempo Ordinario

Viernes de la XXV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 18-22)

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los antiguos profetas, que ha resucitado”.

El les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. Entonces Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.

Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La profesión de fe de Pedro marca un punto de inflexión en las narraciones evangélicas: prepara el inicio del viaje de Jesús a Jerusalén. Lucas no especifica el lugar donde tiene lugar la escena, Marcos y Mateo la sitúan en Cesarea de Filipo, pero la sitúa en un ambiente de oración, escena que se repite con frecuencia en el tercer Evangelio.

El evangelista parece querer describir el momento en el que la comunidad cristiana se reúne para hacer la oración común: se trata de un tiempo indispensable para vivir el encuentro personal con Jesús. En aquella ocasión -indica el texto- Jesús preguntó a los discípulos qué pensaba la gente de él. Le refirieron lo que solía decir la gente, que es lo mismo que había oído también Herodes.

Jesús quería saber más bien qué pensaban de él ellos, que ya hacía tiempo que estaban a su lado. Jesús consideraba a aquel grupo como su familia, como los que hacían realidad concretamente su predicación. Por eso quería conocer su corazón, o sea, qué pensaban de Él. Pedro, en nombre de todos, contesta: «el Mesías de Dios».

Es una profesión solemne. Y más clara si cabe que la que encontramos en el pasaje paralelo de Marcos, pues a la palabra «Mesías» aquí se le añade «de Dios». Realmente Pedro es el primero, aquel que en nombre de todos profesa la verdadera fe. Él es nuestro modelo para que cada uno de nosotros responda con las mismas palabras a la pregunta que Jesús continúa haciéndonos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».

Es el mismo Jesús, el que pide a nuestra mente y a nuestro corazón que lo comprendan y lo amen como nuestro Salvador, como aquel que nos libra del pecado y de la muerte. El secreto sobre su persona que Jesús impone a los discípulos no es para esconderse. Más bien no quiere que se distorsione su misión llevándola por derroteros mundanos y falsos.

No quiere que nadie se equivoque sobre su misión. Por eso es bueno que haya un conocimiento gradual. La dificultad por comprender profundamente su misión emerge inmediatamente cuando añade cuál será la suerte que le espera en Jerusalén. El mensaje de Jesús era claro: para llegar a la resurrección hay que pasar por la cruz

Ese es el misterio de la vida de Jesús, de la Iglesia y de los discípulos de todos los tiempos. La victoria del bien sobre el mal pasa siempre por el camino de la cruz.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 361-362.

¿Quién será, pues, éste del que oigo semejantes cosas?

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herodes 2Tiempo Ordinario

Jueves de la XXV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 7-9)

En aquel tiempo, el rey Herodes se enteró de todos los prodigios que Jesús hacía y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado; otros, que había regresado Elías, y otros, que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

Pero Herodes decía: “A Juan yo lo mandé decapitar.

¿Quién será, pues, éste del que oigo semejantes cosas?” Y tenía curiosidad de ver a Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La fama de aquel Maestro había llegado hasta la corte de Herodes Antipas. La discordancia entre las voces que hablaban de Jesús provocaba inquietud y perplejidad en el tetrarca. Algunos decían que aquel joven rabino era Juan el Bautista resucitado, otros pensaban que era Elías que volvía a aparecer.

Herodes, en esta tensión psicológica hecha de ansiedad y de miedo, intentaba conocerle de algún modo. Ese deseo, no obstante, no es el de alguien que quiere escuchar y comprender aquella nueva profecía que tocaba el corazón de mucha gente. Herodes no lo sabe, pero un día se encontrará con aquel joven profeta. Será el día del juicio, cuando Pilato decide enviárselo como prisionero.

El deseo de Herodes de conocer a Jesús no es como el de Zaqueo, que subió al árbol, o como el de los dos griegos que fueron a encontrar a Felipe y a Andrés para pedirles que les permitieran ver a aquel Maestro. Estos querían entender y comprender la palabra y la acción de aquel joven profeta. Por eso fueron ellos, los que se movieron y fueron a buscar a aquel profeta. Herodes, en cambio, espera que Jesús vaya adonde él.

No podemos encontrar al Señor si no «salimos» de nosotros mismos si no abandonamos nuestro orgullo, si nos quedamos atrapados en el laberinto de nuestra psique. El encuentro con Jesús es personal, directo y sencillo, tal como nos muestran muchos episodios evangélicos. Sí, basta con ir hacia él con el corazón disponible y hablarle, o levantar la voz para implorar su ayuda, o incluso tocar solo su manto para sentir la fuerza de su presencia. Pero es indispensable hacerlo con fe, con el corazón dispuesto a acogerlo. Herodes se guía solo por la curiosidad y no tiene intención alguna de cambiar de vida. Si nuestro corazón no está dispuesto a dejarse amar y ayudar no podremos encontrar a Jesús.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 360-361.

Ellos se pusieron en camino y fueron de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio

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evangelizacion

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 1-6)

En aquel tiempo, Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a predicar el Reino de Dios y a curar a los enfermos.

Y les dijo: “No lleven nada para el camino: ni bastón, ni morral, ni comida, ni dinero, ni dos túnicas. Quédense en la casa donde se alojen, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si en algún pueblo no los reciben, salgan de ahí y sacúdanse el polvo de los pies en señal de acusación”.

Ellos se pusieron en camino y fueron de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio y curando en todas partes. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Lucas nos muestra el episodio del envío de los Doce para que anunciaran el reino de Dios y curasen a los enfermos. Ya los había elegido para que estuvieran con él y ahora los envía para que cumplan su misma misión dándoles su misma autoridad y su mismo poder.

Escribe el evangelista: «les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y para curar enfermedades». La predicación del Reino de Dios, es decir, del mundo nuevo que Dios empezaba a través de la obra de Jesús, debía ir acompañado de señales que mostraran su efectividad.

Es un paradigma que acompaña la obra de los discípulos de todos los tiempos, también de hoy. Toda comunidad cristiana, todo creyente está llamado a aumentar la larga retahíla de los seguidores de Jesús para librar la misma batalla contra el poder del mal y para comunicar el Evangelio del amor por todas partes, hasta los extremos de la tierra.

Para cumplir esta misión hay que despojarse del protagonismo de uno mismo para ser en todo siervo del Evangelio, manteniendo aquella misma ansia misionera que llevó a los primeros Doce a ir de casa en casa, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad: nadie debía quedar excluido del anuncio evangélico.

Su única riqueza era el Evangelio. Y no debían comunicar más que el Evangelio en su pureza, sin añadiduras y sin argucias particulares. Los discípulos de Jesús tienen que ser conscientes de que el Evangelio en sí solo es suficiente: es levadura y luz que transforma.

Por eso Jesús ordena a los Doce: «no lleven nada para el camino: ni bastón, ni morral, ni comida, ni dinero, ni dos túnicas ». Su riqueza y su fuerza es solo el Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 359-360.