Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

¿Quién será, pues, éste del que oigo semejantes cosas?

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herodes 2Tiempo Ordinario

Jueves de la XXV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 7-9)

En aquel tiempo, el rey Herodes se enteró de todos los prodigios que Jesús hacía y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado; otros, que había regresado Elías, y otros, que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

Pero Herodes decía: “A Juan yo lo mandé decapitar.

¿Quién será, pues, éste del que oigo semejantes cosas?” Y tenía curiosidad de ver a Jesús. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La fama de aquel Maestro había llegado hasta la corte de Herodes Antipas. La discordancia entre las voces que hablaban de Jesús provocaba inquietud y perplejidad en el tetrarca. Algunos decían que aquel joven rabino era Juan el Bautista resucitado, otros pensaban que era Elías que volvía a aparecer.

Herodes, en esta tensión psicológica hecha de ansiedad y de miedo, intentaba conocerle de algún modo. Ese deseo, no obstante, no es el de alguien que quiere escuchar y comprender aquella nueva profecía que tocaba el corazón de mucha gente. Herodes no lo sabe, pero un día se encontrará con aquel joven profeta. Será el día del juicio, cuando Pilato decide enviárselo como prisionero.

El deseo de Herodes de conocer a Jesús no es como el de Zaqueo, que subió al árbol, o como el de los dos griegos que fueron a encontrar a Felipe y a Andrés para pedirles que les permitieran ver a aquel Maestro. Estos querían entender y comprender la palabra y la acción de aquel joven profeta. Por eso fueron ellos, los que se movieron y fueron a buscar a aquel profeta. Herodes, en cambio, espera que Jesús vaya adonde él.

No podemos encontrar al Señor si no «salimos» de nosotros mismos si no abandonamos nuestro orgullo, si nos quedamos atrapados en el laberinto de nuestra psique. El encuentro con Jesús es personal, directo y sencillo, tal como nos muestran muchos episodios evangélicos. Sí, basta con ir hacia él con el corazón disponible y hablarle, o levantar la voz para implorar su ayuda, o incluso tocar solo su manto para sentir la fuerza de su presencia. Pero es indispensable hacerlo con fe, con el corazón dispuesto a acogerlo. Herodes se guía solo por la curiosidad y no tiene intención alguna de cambiar de vida. Si nuestro corazón no está dispuesto a dejarse amar y ayudar no podremos encontrar a Jesús.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 360-361.

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