Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Sólo los que tienen la sabiduría de Dios reconocen a su Hijo

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Miércoles de la XXIV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (7, 31-35)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen? Se parecen a esos niños que se sientan a jugar en la plaza y se gritan los unos a los otros:

‘Tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado’.

Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y ustedes dijeron: ‘Ese está endemoniado’. Y viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ‘Este hombre es un glotón y un bebedor, amigo de publicanos y pecadores’. Pero sólo aquellos que tienen la sabiduría de Dios, son quienes lo reconocen”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se pregunta: «¿Con quién, compararé a los hombres de esta generación?». Dirigiéndose a los que le escuchaban Jesús continúa diciendo que son como aquellos niños que «están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: «Tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado».

Son niños malcriados, que reaccionan de manera instintiva y egocéntrica. Lo importante es su «yo», y nada más. El Evangelio debe volver a resonar por todas partes para liberar los corazones. También lo intuyó el apóstol Pedro cuando, después de la llegada del Espíritu Santo , se dirigió a la muchedumbre que se había congregado ante el cenáculo, y dijo: «Ponganse a salvo de esta generación perversa».

No se trata de una toma de posición pesimista por parte de Jesús, primero, y de Pedro, después. El Evangelio nos libra de la esclavitud de nosotros mismos y nos da la capacidad de mirar más allá, de reconocer el designio de Dios para el mundo, de entender los «signos de los tiempos», aquellos signos que Dios inscribe en la historia de los hombres para que podamos dirigirla hacia el bien.

Por desgracia mucha gente se cierra en sí misma y por eso se ven cada día más actitudes de irritación o lamento. La «sabiduría» que Dios ha venido a darnos es otra: participar en su gran diseño de amor para el mundo. No hay tiempo que perder lamentándose o irritándose. Debemos, por el contrario, emplear nuestro tiempo y nuestras fuerzas para edificar el Reino que Jesús vino a dar a los hombres de todos los tiempos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 351-352.

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