Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Cada árbol se conoce por sus frutos

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frutos buenos 

Tiempo Ordinario

Sábado de la XXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (6, 43-49)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni árbol malo que produzca frutos buenos. Cada árbol se conoce por sus frutos.

No se recogen higos de las zarzas, ni se cortan uvas de los espinos.

El hombre bueno dice cosas buenas, porque el bien está en su corazón; y el hombre malo dice cosas malas, porque el mal está en su corazón, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón.

¿Por qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo? Les voy a decir a quién se parece el que viene a mí y escucha mis palabras y las pone en práctica. Se parece a un hombre, que al construir su casa, hizo una excavación profunda, para echar los cimientos sobre la roca.

Vino la creciente y chocó el río contra aquella casa, pero no la pudo derribar, porque estaba sólidamente construida.

Pero el que no pone en práctica lo que escucha, se parece a un hombre que construyó su casa a flor de tierra, sin cimientos. Chocó el río contra ella e inmediatamente la derribó y quedó completamente destruida”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Si es importante reconocer a Jesús como Señor, más importante es aún construir nuestra propia vida poniendo en práctica su enseñanza: «¿ or qué me dicen ‘Señor, Señor’, y no hacen lo que yo les digo?».

La enseñanza está confirmada mediante dos comparaciones dobles: la del árbol y la del hombre sensato. El árbol se califica por sus frutos, como el constructor por los cimientos que pone en su casa. Y es que la Palabra de Jesús exige su traducción en comportamientos correctos, en motivaciones justas, en unos sentimientos correspondientes. Si es necesario ser oyentes de la Palabra, más importante es aún ser obreros de esa misma Palabra.

Lucas insiste en la «puesta en práctica», porque quiere evitar todo idealismo, toda reducción del mensaje a puro conocimiento. Exige la verificación de la «práctica», «obras buenas». Quien no procede así, se hace la ilusión de ser discípulo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 290-291.

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