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Si alguno quiere seguirme

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 disicipulado

Tiempo Ordinario

Domingo de la XXIII semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (14, 25-33)

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Después de estar en casa de uno de los jefes de los fariseos, donde participó en un banquete, en el que enseñó hacerca de la humildad y la gratuidad como dos actitudes básicas para vivir el evangelio del Reino,  Jesús retoma el camino, se da cuenta de que mucha gente lo sigue.

Su atención se dirije a quienes caminan con Él hacia Jerusalén; su mirada certera descubre que quienes van con él, tienen distintas motivaciones para hacer el camino y aprovecha la circunstancia para hablar con claridad de las exigencias del discipulado; advierte la respuesta radical que espera de quienes se decidan a vivir conforme los valores del Reino y la necesidad de discernir, razonar suficientemente antes de decidir, para no dar pasos en falso, ni alentar ilusiones vanas ni esperanzas vacías.

El contexto

«… Caminaba con Jesús una gran muchedumbre» El lugar de la enseñanza del texto que leemos es el camino y el auditorio está constituido por una gran cantidad de gente, entusiasmada, que su autocalifica para el discipulado.

No olvidemos que los lectores de este pasaje, estamos siguiendo, a distancia del tiempo y del espacio, el caminar de Jesús a Jerusalén y que el camino es escuela de grandes lecciones para la vida cristiana o discipulado cristiano.

Es mucha la gente que lo sigue, este es un dato constante del evangelio. Jesús ha llamado la atención por la fuerza de su palabra, por sus gestos proféticos, sus acciones simbólicas e intrvenciones milagrosas; la fascinación que ejerce sobre la multitud hace que muchos, sin pensarlo demasiado y sin estar dispuestos a cambios radicales en su vida, se hayan decidido a seguirlo; esperan favores, respuestas, remedio a sus necesidades pero no captan la realidad hacia la cual los conduce la decisión de seguir a Jesús.

Jesús no engaña a nadie, de alguna manera le preocupa que la multitud que lo sigue albergue falsas expectativas y no alcance a entender las exigencias del Reino, por ello «volviéndose a sus discípulos, les dijo...».

Pareciera que Jesús se dirige sólo al grupo de seguidores inmediatos, sin embargo, hemos de entender que se dirige a todo el que, caminando con él, quiere llegar a ser un verdadero discípulo, su enseñanza pues abarca a todos los creyentes en Él.

Las exigencias del discipulado

La exigencias del discípulado Jesús las condensa en dos frases que delinean las condiciones para quien quiera ser discípulo suyo: «si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.»

En estas dos frases queda claro que Jesús está en el centro de la experiencia cristiana y que el discípulo define su  identidad en relación a Él; para ser discípulo no basta querer, hay condiciones que cumplir; éstas, no se imponen, la persona que quiere unirse a Jesús queda en libertad de aceptarlas o no, pero quien las acepta debe desplazarse interior y exteriormente hacia Jesús; estas condiciones no son criterios de admisión, son indicadores de la capacidad para vivir el discipulado como debe ser.

Resignificar los afectos desde el Amor.

El discípulo de Jesús debe ser capaz de resignificar sus afectos desde el amor de Jesús. Es lo que aprendemos de la primera frase: « si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo»; conviene considerarla con atención, para evitar una lectura equivocada.

El equívoco más ordinario de una lectura literal de esta frase es pensar que a quien quiera ir tras Jesús se le pide la negación de los más grandes afectos de la vida que se concentran en el amor paterno, filial, fraterno y conyugal, así como el autodesprecio.

Algunas traducciones del texto que leemos, el «no me prefiere» de la frase que consideramos lo traducen como «no odia», esta manera de traducir acentúa la posibilidad de equívocos. El evangelio hace eco de un giro idiomático de la lengua hebrea que literalmente sería «odiar», pero que no tiene el significado de rechazo interior del afecto, sino más bien de prioridad en el amor.

Tomando en cuenta lo anterior, entendemos que lo que Jesús dice en el evangelio se refiere a colocar todos los valores de este mundo en un segundo plano, puesto que los intereses de Dios están en juego.

Se trata de renunciar a colocar en el centro de la propia vida a una persona que no sea Jesús; la palabra ˝preferir” de la traducción litúrgica que leemos, nos ayuda a entender que no se trata de descuidar o romper con los legítimos amores de la vida, sino de subordinarlos al amor de Jesús que es fuente vida.

El evangelio menciona los amores más grandes del corazón humano: padre, madre, esposa, hijos, hermanos y el propio yo. La lista termina con la persona misma del discípulo, indicando que la opción por Jesús afecta la raíz más profunda, de manera que todos los intereses afectivos quedan en segundo lugar cuando uno se compromete con Él.

Quien ha optado por Jesús, desde lo más profundo, desde «el propio yo» transformado y purificado por el amor, resignifica todos sus afectos y también los purifica. A nadie escapa que estos ámbitos de relación, que implican al propio discípulo y sus vínculos familiares, pueden verse afectados por dinamismos que opacan su encanto: el sometimiento, la dominación, el interés, la rivalidad, la complicidad y la soberbia.

Cuando el amor de Jesús es primero, quien lo sigue comprende que haber aceptado a Dios hace que su vida ya no sea la misma de antes y que, desde lo más profundo, el amor al estilo de Jesús reordena todos sus afectos, los purifica y los redimensiona.

Preferir a Jesús cambia el horizonte de la vida

La lista de renuncias pone al final la vida misma del discípulo. Esta renuncia no se entiende si no es a la luz del misterio de la Cruz. Esto lo entendemos con la segunda frase que delinea las condiciones para quien quiera ser discípulo de Jesús: «el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo».

Dar a Jesús el primer lugar implica dar también lugar preferente a la Cruz en el propio proyecto de vida, de manera que dar preferencia a Jesús respecto a los grandes afectos de la vida, no significa borrarlos de la propia historia, ni tratarlos sin compasión, por el contrario, significa amarlos, pero con un amor como el de Jesús que se simboliza en la Cruz, es un amor en el que no puede haber traiciones, ni dobleces, ni deficiencias.

El que no carga su cruz y me sigue

Detengámonos un poco. Con frecuencia diluimos, oscurecemos u olvidamos si no el significado de la Cruz, si el más fundamental.

Algunas personas, con facilidad identifican «cargar la cruz» con hacer pequeñas renuncias, buscar mortificaciones, privándose de satisfacciones o renunciando a gozos legítimos para llegar al sufrimiento y a través de este entrar en comunión con el sufrimiento de Jesús.

Para otras personas «cargar la cruz» significa aceptar las contrariedades de la vida, las desgracias o adversidades. Sin embargo, el evangelio no se refiere a esos sufrimientos.

Ciertamente la luz de la fe nos ayuda a saber aceptar las experiencias dolorosas y oscuras de la vida, pero el significado verdadero de «cargar la cruz» sólo lo entendemos contemplando a Jesús.

Cargar la propia cruz, implica colocarse en el lugar de Jesús y apropiarse en las diversas realidades de la vida, con esfuerzo y compromiso, sus palabras y actitudes para hacerlas vida.

De la misma manera que Jesús, el discípulo tiene que estar preparado para afrontar el conflicto, el rechazo y la agresión que son consecuencia por su opción por el Reino, el propósito de cumplir la voluntad de Dios y de amar al estilo de Jesús.

La muerte de Jesús a los ojos de los hombres de su tiempo fue la prueba de su fracaso; de igual manera, el discípulo debe estar dispuesto a pasar a los ojos de los demás como un fracasado, cuando por seguir la lógica del evangelio las cosas no han salido «triunfantes» según el juicio de los demás; la Cruz hizo de Cristo un rechazado, quien no esté dispuesto a aceptar el rechazo por querer vivir en el amor, la verdad, la justicia y la paz, no puede ser discípulo de Jesús. La fidelidad a la voluntad de Dios significó a Jesús no pocos conflictos, quien diluye las exigencias del evangelio para no tenerlos, mejor que no se apunte en la escuela de Jesús.

Cargar la Cruz y seguir a Jesús acentúa que la Cruz se carga con la mirada puesta en Jesús, si no, no tiene sentido. La expresión «seguir a Jesús» tiene profundas evocaciones bíblicas, referidas en el Antiguo Testamento a la renuncia a los falsos dioses, con el fin de seguir confiadamente en el camino de Yahvé; esta opción por Dios recae sobre la persona de Jesús y la expresión «me sigue» adquiere el significado de jugársela por Jesús.

A Jesús no se le puede seguir sin la Cruz, si la disposición a despojarse de todo que identifica al discípulo con el Maestro por los caminos de la vida. Así, estar en comunión con Jesús constituye la esencia misma de ser discípulo; el despojo y la comunión con los sufrimientos de Cristo exige la disponibilidad total de desprendimiento, la renuncia a todos los bienes.

Esta exigencia hace que la decisión de seguir a Jesús, de hacer con él el camino del discipulado no se pueda tomar sin discernimiento, a ello se dirige la enseñanza de la segunda parte del texto que consideramos.

No tomar las cosas a la ligera, discernir con realismo y sabiduría

Encontramos enseguida dos parábolas que sólo están en el evangelio de Lucas; ambas entrañan la misma idea: antes de emprender un camino o iniciar una empresa, es necesario hacer una correcta evaluación de la situación incial. Cuando no se tienen suficientes recursos, físicos, económicos, emocionales, afectivos, etc., una persona no debería embarcarse en un compromiso que sabe que no podrá sostener, que terminará en el fracaso, y por consiguiente, su nombre quedará en ridículo delante de sus conocidos.

Con tremenda claridad Jesús enseña que un compromiso a medias es peor que una negativa a seguirlo; con ello no quiere desanimar, por el contrario quiere infundir ánimo; en el camino del discipulado el candidato tiene la vida, que es lo que debe entregar, el problema es si está dispuesto a hacerlo.

Para no ser discípulo a medias y ser capaz de perseverar en las pruebas hay que reflexionar las implicaciones de decidirse por Jesús, como lo hace el constructor antes de comenzar a construir una casa o el rey antes de emprender la guerra.

La parábola del constructor.

En la comparación centrada en una persona que se dispone a iniciar una construcción, Jesús señala cuatro momentos: primero, el desafío: «Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre...»; segundo, la actitud lógica que hay que tomar: «no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla»; tercero, la posible dificultad: «no sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla» y cuarto, la consecuencia de una mala decisión: «y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar

El mensaje es que cualquiera que emprenda una tarea sin estar preparado para asumir hasta las últimas consecuencias será considerado loco. Relacionándolo con lo dicho en la primera parte del texto que consideramos comprendemos mejor por qué los discípulos deben estar preparados para amar al estilo de Jesús, asumiendo el costo de llevar cada uno su propia cruz.

La parábola del rey que va a la guerra.

El esquema de la segunda parábola es bastane parecido; sin embargo, hay en el último momento una leve diferencia. Primero, el desafío: «¿O qué rey que va a combatir a otro rey...»; segundo, la actitud lógica: «no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil»; tercero, la posible dificultad: «Porque si no…»; cuarto, la necesidad de cambiar de estrategia: «cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz

El rey que va a enfrentar a otro en una batalla debe medir sus fuerzas; lo delicado de la situación implica reclutar soldados y elaborar una estrategia para no exponerse a la destrucción completa; de manera que si no es posible hacer frente a la batalla, mejor se llegue a un buen acuerdo con el enemigo antes de que sea demasiado tarde

Ambas parábolas ponen en guardia a quien quiere seguir a Jesús acerca de la conveniencia de tomar decisiones bien ponderadas; pues el seguimiento o discipulado, exige un compromiso total, perseverante y sin vuelta atrás.

Nuestro texto concluye con una última exigencia; las enumeradas hasta ahora se habían referidos a los afectos mas cercanos y al propio yo, no se habían mencionado los bienes y ahora se les considera: «así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo».

Con ello se completa la enseñanza, quien no se libera de todos sus lazos terrenos, no puede ser discípulo de Jesús. Sin el desprendimiento y la libertad de corazón, el discipulado es un fracaso.

Conclusión

El evangelio de hoy nos pide hacer un alto en nuestro camino y revisar con verdad nuestra condición de discípulos y nos impulsa a dar un paso en la radicalidad del seguimiento del Señor, comprometiendo nuestra capacidad de discernimiento.

Las exigencias de la vocación cristiana se plantean en tres ámbitos de la existencia:

El primer ámbito es el de los afectos más entrañables: paterno, filial, fraterno y conyugal, no para eliminarlos o desestimarlos, sino para purificarlos de todo egoísmo, interés o pulsión que pueda deformarlos o hacerlos tóxicos; amar a quienes nos son más entrañables al estilo de Jesús, hace que la propia familia se constituya en semilla y germen del Reino.

El segundo ámbito es el personal. El discipulado exige hacer la cuentas con el propio yo y purificarlo de toda egolatría, el remedio más eficaz es asumir la propia Cruz sobrellevando con integridad, el rechazo, la burla, la animadversión que se siguen por ser fieles a nuestra identidad de hijos de Dios, optando por el amor en lugar del odio, por el perdón en lugar de la venganza, por el servicio en lugar de la comodidad, por la verdad en lugar de la mentira, por la justicia en lugar de la corrupción, etc.

El tercer ámbito es el de los bienes: seguir a Jesús, requiere absoluta libertad frente a los bienes que, si nos descuidamos, pueden ser una trampa peligrosa que nos impida, como al joven rico, seguir con radicalidad a Jesucristo.

 

 

[1] F. Oñoro, El discipulado pide radicalidad: comprometerse en primera persona. Lucas 14 25-33, CEBIPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 304-305.

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