Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: septiembre 2019

Vio a Mateo, recaudador de impuestos y le dijo ¡Sígueme!

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mateo 21 de septiembre

San Mateo Apóstol y Evangelista

Textos

† Del evangelio según san Mateo (9, 9-13)

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: “Sígueme”.

El se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: “¿Porqué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: “No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos.

Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Mientras camina, Jesús ve a Mateo, un publicano, un recaudador de impuestos que trabaja para el gobernador de la región y para los romanos. Los publicanos eran tildados de deshonestos y tenían fama de aprovecharse de la gente. Se les consideraba impuros porque manipulaban dinero y tenían negocios sucios. Equiparados a ladrones y usureros, eran personas a evitar.

A pesar de los prejuicios, Jesús se acerca y empieza a hablar con Mateo. Cuando terminan de hablar le hace incluso una invitación: «Sígueme». Mateo, a diferencia de muchos hombres que se consideraban religiosos y puros, se pone en pie de inmediato y sigue a Jesús sin dudarlo. Él, que era un pecador, se convierte en un ejemplo de cómo seguir al Señor. Y aún más: con el Evangelio que lleva su nombre se ha convertido en guía para muchos.

También nosotros seguimos a este antiguo publicano y pecador que nos lleva a conocer el amor del Señor Jesús. Mateo invita rápidamente a Jesús a un banquete. Toman parte también en el banquete sus amigos. Es un banquete extraño, ya que los comensales son publicanos y pecadores. Algunos fariseos, escandalizados por aquella escena, dicen a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?».

Jesús interviene directamente en la polémica con un proverbio irrefutable por su claridad: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal». Para él nunca hay en la tierra una división maniquea entre buenos y malos, entre justos y pecadores. Jesús solo quiere explicar cuál es su misión: él ha venido para ayudar y para curar, para liberar y para salvar.

Para seguir y acoger a Jesús y su Evangelio es necesario sentir una herida, sentirse necesitado, abrir el corazón. Por eso, dirigiéndose directamente a los fariseos, añade: « Vayan, pues, y aprendan lo que significa: ‘Yo quiero misericordia y no sacrificios‘». E invita a todo el mundo a ser como él: «aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Y, acercándose aún más a cada uno de nosotros, añade: «no he venido a llamar a justos, sino a pecadores». Por eso no es difícil sentir que tenemos al Señor a nuestro lado. Solo tenemos que admitir, ante Él, que somos necesitados, que no somos tan fuertes como por desgracia muy a menudo queremos aparentar.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 270-271.

Lo acompañaban los doce y algunas mujeres

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mujeres Tiempo Ordinario

Viernes de la XXIV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (8, 1-3)

En aquel tiempo, Jesús comenzó a recorrer ciudades y poblados predicando la buena nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades.

Entre ellas iban María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, el administrador de Herodes; Susana y otras muchas, que los ayudaban con sus propios bienes. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los apóstoles acompañan a Jesús en su vida itinerante, pero es la presencia de mujeres lo que constituye el centro de atención de este fragmento.

Jesús evangelizaba de manera sistemática las ciudades y el campo. Para Lucas, Dios manifiesta ya la presencia del Reino en su empeño activo de salvar a la humanidad. Dios obra ahora en el ministerio de Jesús y realizará su Reino en el futuro. En el fragmento que nos ocupa, el evangelista se propone sobre todo indicar el papel que tuvieron las mujeres en la tarea de la evangelización: «lo acompañaban» junto con los Doce. Más adelante dirá Lucas, de manera insistente, que las mujeres que estaban presentes en el Calvario «habían acompañado» a Jesús durante su ministerio.

El texto que leemos habla también de personas que «habían sido libradas de espíritus malignos y curadas de varias enfermedades». Los evangelistas sabían distinguir entre exorcismos y curaciones; a este respecto, unos textos se presentan claros y otros lo son menos. Es posible que, en el caso de María Magdalena, el número siete, expresión de plenitud, se refiera a un gran caso de posesión o de posesión repetida (cf Lc 11,26). Magdala, pueblo del que procedía casi con seguridad esta María, es un nombre que no aparece explícitamente en el Nuevo Testamento, pero que puede ser identificado con Tariquea, citado con frecuencia por el historiador Flavio Josefo.

De Juana y Susana carecemos de otras fuentes de información. Si Cusa y su mujer eran personas objeto de consideración en la cristiandad primitiva, se comprende su mención por parte de Lucas (8,3). Todas estas mujeres -nos dice el evangelista- «ayudaban» a Jesús y a los Doce con sus bienes. Se usa el mismo verbo griego para hablar de las mujeres que estuvieron presentes en la crucifixión: «Que habían seguido a Jesús y le habían ayudado cuando estaba en Galilea» (Mc 15,41).

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 331-332.

Sus pecados le han quedado perdonados, porque ha amado mucho

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pecadora-2.jpg Tiempo Ordinario

Jueves de la XXIV semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (7, 36-50)

En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer con él.

Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. Una mujer de mala vida en aquella ciudad, cuando supo que Jesús iba a comer ese día en casa del fariseo, tomó consigo un frasco de alabastro con perfume, fue y se puso detrás de Jesús, y comenzó a llorar, y con sus lágrimas bañaba sus pies; los enjugó con su cabellera, los besó y los ungió con el perfume.

Viendo esto, el fariseo que lo había invitado comenzó a pensar: “Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer es la que lo está tocando; sabría que es una pecadora”.

Entonces Jesús le dijo: “Simón tengo algo que decirte”.

El fariseo contestó: “Dímelo, Maestro”. El le dijo: “Dos hombres le debían dinero a un prestamista. Uno le debía quinientos denarios, y el otro, cincuenta. Como no tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos lo amará más?” Simón le respondió: “Supongo que aquel a quien le perdonó más”.

Entonces Jesús le dijo: “Has juzgado bien”. Luego, señalando a la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no me ofreciste agua para los pies, mientras que ella me los ha bañado con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de saludo; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besar mis pies. Tú no ungiste con aceite mi cabeza; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por lo cual, yo te digo: sus pecados, que son muchos, le han quedado perdonados, porque ha amado mucho. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama”. Luego le dijo a la mujer: “Tus pecados te han quedado perdonados”.

Los invitados empezaron a preguntarse a sí mismos: “¿Quién es éste que hasta los pecados perdona?” Jesús le dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado; vete en paz”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Mientras Jesús está en la mesa, por invitación de Simón, un fariseo, se le acerca una prostituta que se echa a su lado y, llorando, le unge los pies con perfume. La escena, sin duda, es singular en todos los aspectos. Y podemos comprender perfectamente la reacción de los presentes, teniendo en cuenta las costumbres de la época.

En Israel la mujer no gozaba de ningún tipo de consideración. No podían tomar la palabra en la sinagoga ni participar en la vida pública, ni tampoco testificar en juicios. Se comprende así la reacción enojada de los presentes ante el recibimiento que Jesús propina a aquella mujer, que además era pecadora.

La reacción de molestia por aquella mujer que había entrado en casa interrumpiendo la comida es también un duro juicio contra Jesús por no darse cuenta de quién es aquella mujer y por no frenarla. En definitiva, Jesús se muestra cuanto menos como un ingenuo que no entiende la realidad de la vida.

En realidad, eran ellos, los presentes, los que no comprenden a aquella mujer y su deseo de ser perdonada ni el amor de Jesús. Jesús, que lee en lo más profundo del corazón, comprendió el amor de aquella mujer, la acogió y la perdonó.

Para hacer comprender sus sentimientos explica la breve parábola de los dos deudores: uno debía pagar 500 denarios; otro, 50. Ninguno de los dos podía pagar la deuda. Sin embargo, a ambos se les condona. Jesús le pregunta a Simón, el fariseo, cuál de los dos amará más a su señor. La respuesta es clara: aquel a quien se le ha perdonado más.

La parábola supone que los dos, tanto el fariseo como la mujer pecadora, han recibido algo de Jesús. El fariseo responde invitándole a casa. La pecadora se le acerca y le moja los pies con lágrimas y se los unge con perfume. Aquella mujer era consciente de su pecado porque sabía que necesitaba ser perdonada.

Jesús nos invita a no creer que somos justos o poco pecadores. Al contrario, nos exhorta a abrir los ojos sobre nuestro pecado y a sentir, como aquella pecadora, que necesitamos ser perdonados. Sí, necesitamos también nosotros oír que nos dicen: «Tus pecados te han quedado perdonados». Así comprenderemos aún más las palabras que Jesús dice en aquella ocasión: «le han quedado perdonados, porque ha amado mucho». El amor, en efecto, borra los pecados y cambia la vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 352-353.