Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: agosto 2019

Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio

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martirio bautista Tiempo Ordinario

El martirio de San Juan Bautista

Textos

† Del evangelio según san Marcos (6, 17-29)

En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel, encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.

Herodías aborrecía a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto.

La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados.  El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo doy.»  Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»

Ella salió a preguntarle a su madre: «¿Qué le pido?» La madre le contestó: «La cabeza de Juan, el Bautista.»  Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.» 

El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.

Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Iglesia, desde tiempos antiguos, recuerda no solo el nacimiento del Bautista sino también el día de su muerte a manos de Herodes, que prefirió escuchar el capricho de una mujer de mal corazón antes que la voz de su conciencia que había sido interpelada por la palabra dura pero verdadera del profeta, el último, el mayor de los profetas, el que prepara la llegada del Mesías.

El Bautista había predicado la justicia y la conversión del corazón. Y había entrado en el alma del rey. Por el contrario, Herodías se sentía cada vez más contrariada por la predicación del profeta y lo detestaba. Herodes por desgracia no continuó escuchando la palabra del profeta y aunque sentía temor, este no le hizo convertirse. Es la experiencia amarga del rechazo de la predicación que lleva inevitablemente a endurecer el corazón. Herodes, a pesar suyo, se dejó llevar por los acontecimientos, aunque fueran solo de naturaleza caprichosa, y se convirtió en homicida ordenando la decapitación del Bautista.

Distinto era el comportamiento de aquellos que iban al Jordán para escuchar al Bautista: reconocían que eran pecadores y que necesitaban perdón, cambio y salvación. El testimonio de Juan -sucede lo mismo cada vez que se predica el Evangelio- prepara el corazón de quien escucha para acoger al Señor. Sucedió también con algunos de sus discípulos, que, tras haberle oído hablar de Jesús, se pusieron a seguirlo.

No escuchar la voz del profeta, no reparar en sus palabras que exhortan o que corrigen, significa decapitar aquella palabra dejando sin eficacia su apremiante invitación a acoger al Señor. No vayamos a buscar al desierto una caña agitada por el. viento, es decir, una de las tantas imágenes que miramos sin entender; tampoco busquemos a un hombre envuelto en elegantes vestidos, porque estos hombres están en los palacios de los reyes, como todas las seguridades del bienestar. Dejemos que nos interrogue aquel que nos hace ver al Señor presente en el mundo, porque es el hombre de la espera. Solo aquel que sabe esperar, solo aquel que despierta de su sueño reconoce la salvación presente.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 329.

Ay de ustedes… por fuera parecen justos por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.

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hipocrita

Tiempo Ordinario

Miércoles de la XXI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (23, 27-32)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y podredumbre! Así también ustedes: por fuera parecen justos, pero por dentro están llenos de hipocresía y de maldad.

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque les construyen sepulcros a los profetas y adornan las tumbas de los justos, y dicen: ‘Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, nosotros no habríamos sido cómplices de ellos en el asesinato de los profetas’! Con esto ustedes están reconociendo que son hijos de los asesinos de los profetas.

¡Terminen, pues, de hacer lo que sus padres comenzaron!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los sepulcros de los que habla el evangelio de hoy eran en realidad los llamados «osarios», o sea, los lugares donde se guardaban los restos mortales de los difuntos aproximadamente un año después de haber sido enterrados; en esas «moradas» el hombre había perdido ya por completo sus propios rasgos: era sólo un montoncito de huesos, sin forma.

La imagen recuerda de manera poderosa la visión de los «huesos secos» del profeta Ezequiel, con la diferencia de que aquí los restos mortales están ocultos a la vista por la blancura de la cal de los sepulcros. Del mismo modo, el aspecto imponente de los monumentos levantados a los profetas intenta ocultar las injusticias y las abominaciones realizadas contra ellos por los antepasados.

Sepulcros para esconder, monumentos para no recordar, para desviar la atención de algo que, sin embargo, puede ser aún Palabra poderosa de Dios que llama a la conversión, la palabra de los profetas.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra – M. Montes, Lectio divina para cada día del año., XI, 179.

Cumplir con los detalles… ¡sin descuidar lo fundamental!

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Fariseos Tiempo Ordinario

Martes de la XXI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (23, 23-26)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: “¡Ay de ustedes escribas y fariseos hipócritas, porque pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero descuidan lo más importante de la ley, que son la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que tenían que practicar, sin descuidar aquello.

¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito, pero se tragan el camello! ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera los vasos y los platos, mientras que por dentro siguen sucios con su rapacidad y codicia! ¡Fariseo ciego!, limpia primero por dentro el vaso y así quedará también limpio por fuera”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

En esta cuarta «invectiva» contra los escribas y fariseos, Jesús estigmatiza la hipocresía de pagar el diezmo destinado al mantenimiento del templo mientras se descuida la práctica de la justicia, la misericordia y la fe.

En el pasado la obligación de pagar se aplicaba solo a los tres productos más importantes de la tierra: el trigo, el vino y el aceite, así como sobre los primogénitos del ganado. Pero los fariseos, con su obsesión puntillosa por los preceptos, lo habían extendido también a los productos más insignificantes.

Jesús condena su atención por las minucias mientras que dejan de lado las prescripciones fundamentales, como, precisamente, la justicia, que es el respeto de la dignidad de toda persona; la misericordia, que es el amor por todos y especialmente por los más pobres; la fe, que es confiar la vida a Dios.

No se puede «colar el mosquito y tragarse el camello», dice Jesús. Hay aquí un reproche más al comportamiento de los fariseos. Estos invierten la indispensable relación entre el corazón y las obras, entre el interior y el exterior. Los creyentes no pueden vivir de manera separada, es decir, comportarse correctamente en algunas prácticas exteriores y tener el corazón putrefacto.

Resuena aquí la acusación que hace Jesús a aquellos que se comportan de ese modo, la acusación de ser sepulcros blanqueados. La vida brota del corazón del hombre. Toda la vida depende de cómo es el corazón. Si el amor moldea el corazón brotarán de este gestos de amor. Si, por el contrario, residen en el corazón la envidia, el rencor, el odio y el orgullo no tardarán en llegar los frutos amargos y malos para uno mismo y para los demás.

El creyente está llamado a hacer crecer en su interior al hombre, a la mujer interior. Y eso sucede en la oración, escuchando con atención y con frecuencia las Escrituras, practicando el amor hacia los más débiles. Lo que nos pide Jesús es que nuestro punto de partida sea un corazón en el que reside el amor de Dios. El camino del bien se elige en el corazón.  (Paglia, p. 328)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 328.