Ecos de la Palabra

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Un remedio para la hinchazón del ego

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jesús en la mesa.jpg Tiempo Ordinario

Domingo de la XXII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (14, 1. 7-14)

Un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo.

Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola: “Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: ‘Déjale el lugar a éste’, y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate a la cabecera’. Entonces te verás honrado en presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido”.

Luego dijo al que lo había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo contemplamos a Jesús que entra en otra circunstancia de la vida cotidiana que encuentra en su camino y aprovecha la ocasión para transmitir una enseñanza. El anuncio del Reino parte de la vida y conduce a la vida.

Llama la atención la forma como Jesús siembra la semilla del Reino en las distintas esferas de la vida, dando origen a movimiento de renovación espiritual que se refleja en detalles tan pequeños como en el lugar que se elige un banquete o lo invitados que se convidan a participar de una fiesta.

El contexto

Para comprender e interpretar el texto que nos ocupa, no podemos pasar por alto que antes de la escena del banquete en casa del jefe de los fariseos, un sábado Jesús curó en la sinagoga a una mujer que «desde hacía dieciocho años estaba poseída por un espíritu que le producía una enfermedad: estaba encorvada y no podía enderezarse del todo» (Lc 13, 10-17) y que antes de la escena que nos ocupa y que se desarrolla también en sábado curo a «un hombre enfermo de hidropesía» (Lc 14, 1–6)

Los escenarios de las curaciones son distintos, la mujer es curada en la sinagoga y el hombre en la casa del jefe de los fariseos; la mujer representaba al público de la sinagoga, abrumado y doblegado bajo el pesado e insoportable yugo de la enseñanza de la ley y el hombre representaba a los convidados ávidos de honores y recompensas, es decir, a quienes lo escuchan pero no se interesan por la enseñanza propiamente dicha, ni por el banquete del reino, porque están «hinchados» de orgullo y de soberbia.

La enseñanza de Jesús, sin embargo, restaura a la persona humana; le restituye la capacidad de ser y obrar por sí misma y la libera de la prisión de la egolatría para que encuentre alegría en la gratuidad y en el servicio.

«Un sábado, Jesús fue a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo.» El texto litúrgico omite la curación del hombre enfermo de hidropesía, pone el contexto de la escena que ocupa la atención con el primer versículo del capítulo. Jesús está en casa de uno de los jefes de los fariseos, era día sábado y fue a comer allí; el evangelista advierte que lo que hacía y decía era atentamente observado por otros fariseos que también estaban allí.

La escena es la de un banquete. Compartir la comida es un ámbito propicio para cultivar las relaciones humanas; no se trata sólo de satisfacer una necesidad básica; comer con otros es una oportunidad de vivir la hospitalidad, de cultivar la amistad, de compartir, y abrir el corazón. La mesa es el mejor contexto para iniciar y cultivar relaciones de intimidad, marcadas por el signo del amor.

Jesús aprovechó la ocasión que le daba el comer con sus discípulos en casas a las que era invitado para evangelizar y construir su comunidad. Recordemos que además compartió la mesa con los pecadores, con todo el pueblo, con sus amigos y discípulos, y también, como leemos hoy, con los fariseos, sus adversarios que estaba atentos a sus gestos y palabras para criticarlo.

Esta ocasión es la tercera, en el evangelio de Lucas (cf. Lc 7,36, 11,37), en que Jesús como con los fariseos; la nota distintiva es que su anfitrión es «uno de los jefes de los fariseos», lo que nos habla de la gran libertad de Jesús, que no se limita ni por status ni por protocolos y concurre a los espacios oportunos para evangelizar, entrando en las casas y sentándose a la mesa de los ‘principales’ de la sociedad.

Era día sábado, recordemos que los milagros realizados por Jesús en sábado han suscitado una gran polémica entre los fariseos y justo delante de ellos, acaba de realizar un gesto de misericordia con un enfermo de hidropesía. La imagen del hombre hinchado por la retención de líquidos, parece representar a los comensales, hinchados de si mismos, que buscan los lugares de honor.

Jesús es un observador atento

Después de curar al enfermo hidrópico y de dejar sin argumentos a quienes atentamente lo observaban, Jesús observa atentamente lo que sucede en la casa en la que se encuentra. Se fija detenidamente en cómo se asignan los lugares de honor en la mesa y quienes son invitados a sentarse en ella; de su observación saca lecciones importantes para la vida de los discípulos que aprenderán a proceder en situaciones semejantes con otros criterios. Consideramos los dos ámbitos de la observación de Jesús y rescatemos la bienaventuranza que sorpresivamente encontramos escondida en este contexto.

La asignación de los lugares en la mesa

Leemos en nuestro texto: «Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola»; el evangelista estructura su relato a partir la descripción de la escena, de ella sigue una parábola y una aplicación. Veamos cada uno de estos tres elementos.

Descripción de la escena: Los invitados buscan los primeros puestos.

Jesús observa lo que ocurre en el banquete; se fija atentamente que «los convidados escogían los primeros lugares»; seguramente se preguntó interiormente ¿por qué actúan así?

Toda persona humana tiene necesidad de ser estimada; por ello, aspira al reconocimiento de los demás, no gusta de pasar desapercibida; el problema surge cuando la satisfacción de esta necesidad afectiva primaria se busca por medio de la competencia, con el afán de sentirse superiores a los demás, tener posiciones más altas o pretender estar más adelante. Esto es lo que Jesús ve en los comensales de aquel convite: quieren los puestos más visibles, los que indican superioridad.

Esto sucede no sólo en las comidas formales, sino en la convivencia humana y en todos los estratos sociales. Es difícil reconocer a los demás el valor y los derechos que nos asignamos a nosotros mismos; la situación se agrava cuando nos comparamos buscando afirmar que lo nuestro es mejor o superior que lo de los demás; de la comparación provienen criterios errados de valoración.

La parábola: Cuando te inviten a un banquete.

A partir de su observación Jesús propone en una parábola un modo de comportamiento distinto para los comensales. Leemos en nuestro texto: «Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal…» La enseñanza que se propone proviene de la sabiduría popular: querer ser el primero siempre implica un riesgo, el de quedar en ridículo al no lograrlo, recibiendo más humillación que honor.

Cuando falta verdadera humildad, la sabiduría popular puede ser útil para que la persona que busca los primeros lugares despliegue estrategias y termine saliéndose con la suya: sentarse a propósito en los últimos lugares para que su honra sea más evidente al ser ascendida a una mejor posición a la vista de todos.

Jesús va más a fondo, y con su enseñanza no busca recordar o instaurar una regla de etiqueta, sino tocar el corazón, de donde salen las intenciones, la idea principal de su enseñanza es renunciar a buscar los primeros puestos y dejar al patrón de la casa la tarea de asignarlos; estos, no dependen de los méritos que creemos tener sino de la gratuidad del anfitrión.

La aplicación: el soberbio es abatido y el humilde ensalzado.

Leemos en nuestro texto: «el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido»

Ante Dios cualquier búsqueda de privilegios fracasa, más aún, tiene un efecto contrario. Dios no se rige por los criterios de catalogación que inventamos para dar mayor o menor honor a las personas; los criterios que establecemos para dar lustre al apellido, prestigio a la trayectoria, esplendor a las propias iniciativas, no tienen ningún valor ante Dios.

El discípulo de Jesús debe aprender a no perder tiempo ni gastar energía en estos criterios que pertenecen al ámbito de la vanidad, que es el signo o síntoma de un problema más profundo:  el vacío del corazón que se pretende llenar con la exaltación del propio yo.

El lugar que corresponde a una persona es el que tiene ante Dios y no el que pretende ganarse esforzándose en su propia promoción; esto que vale en la relación con Dios, vale también en las relaciones interpersonales; la virtud de la humildad es contraria a la autopromoción; no nos corresponde exaltar nuestro nombre ni colocarnos en los rangos superiores de la estima social, eso corresponde a los demás.

Esta enseñanza es transversal al evangelio de Lucas. La encontramos al inicio, en el Magníficat, María dice: «derribó a los poderosos y ensalzó a los humildes» (1,52); más adelante, en el contexto de la parábola del publicano y el pecador, Jesús concluye diciendo: «el que se ensalce será humillado y el que se humille será enaltecido» (18,14) y también en la Última Cena, donde irónicamente los discípulos van a pelear los primeros puestos, Jesús les llama a un servicio humilde, tal cual ha sido su ejemplo: «¿quién es el mayor, el que está a la mesa o el que sirve? ¿no es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de ustedes como el que sirve.» (22,27)

Los invitados a sentarse en la mesa

Leemos en nuestro texto: «Luego dijo al que lo había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos…»

Después de haber aplicado la enseñanza de la parábola a todos los comensales de aquel banquete, Jesús se dirige al anfitrión; en su observación se ha fijado no sólo en el afán de los invitados por los primeros puestos, sino en las categorías de personas que están representadas en ellos, descubriendo que los invitados han sido seleccionados con criterio de amistad, parentela, afinidad y riqueza; dirigiéndose al anfitrión Jesús enseña a sus discípulo cómo proceder a la hora de hacer la lista de invitados a un banquete.

La enseñanza procede diciendo lo que no se debe hacer: «no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos» y lo que si se debe hacer: «al contrario…. invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos».

Jesús propone no hacer la lista de invitados en base a cuatro grupos: amigos, hermanos, parientes y vecinos ricos. Los criterios del Reino trastocan los criterios sociales que llevan a estrechar relaciones entre quienes se encuentran en el mismo nivel y que se despliegan. en la lógica del intercambio, de la capacidad de devolver la invitación, de dar regalos más o menos del mismo precio etc. El criterio para propiciar la comunión es la posibilidad del intercambio, reduciéndose así el círculo de amistades, propiciando el exclusivismo y la exclusión, pues en esta lógica y en los círculos que se establecen conforme a ella no hay lugar para los pobres ni para los miserables.

Jesús recomienda que la invitación se dirija a quienes por distintas circunstancias han quedado marginados; en contraste con los cuatro grupos que Jesús sugiere sacar de la prioridad de la lista de invitados, coloca otros cuatro grupos de invitados: los pobres, los lisiados, los cojos y los ciegos; personas que tienen en común su incapacidad para corresponder con una invitación semejante a la que han recibido.

Jesús reconoce a estas personas igual valor y dignidad y así nos enseña una nueva manera de entender las relaciones humanas: no deben fundarse en la reciprocidad, sino en la gratuidad, pues así es el amor de Dios, que nos ama por encima de todo, a pesar de que no seamos capaces de corresponder a su amor.

Por supuesto que Jesús no dice que no se tengan relaciones personales de cercanía y afecto con los familiares y amigos, a lo que se opone es al exclusivismo y a la marginación de los desfavorecidos. Los exclusivismos y los círculos cerrados dañan las relaciones humanas, las enrarecen, las contaminan con el interés y la ambición; hay que vencer la repugnancia y los prejuicios, abrir el corazón para dar lugar a quienes no pueden correspondernos de la misma manera, a los abandonados, a los que sufren, a los pobres y necesitados, haciéndoles parte de nuestra propia vida.

Una bienaventuranza escondida: la gratuidad

Este año que leemos al evangelista san Lucas, hace varios meses consideramos el pasaje de las bienaventuranzas; decíamos entonces que estas fórmulas condensan el ideal de vida para los discípulos de Jesús, pues describen precisamente la vida del Señor; decíamos también que eran una colección que no agotaba todas las bienaventuranzas del evangelio.

Hoy nos encontramos sorpresivamente con una bienaventuranza que aparece como escondida en el texto que contemplamos; detengámonos en ella, pues, por no estar en la colección del capítulo sexto, ni considerada entre las de san Mateo, con frecuencia nos pasa desapercibida.

«Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así serás dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos»

La bienaventuranza implícita en este pasaje puede ser de difícil comprensión, porque el lenguaje de la gratuidad nos resulta extraño o incomprensible. Cuando la lógica de los intercambios comerciales que se rigen por el interés, la utilidad y la oportunidad, pasa a inspirar nuestras relaciones humanas, olvidamos lo que es vivir gratuitamente y nos atrofiamos en el arte de dar y de darnos.

Veamos a nuestro alrededor y démonos cuenta que hemos construido una sociedad en la que predomina el intercambio, el provecho, el interés, en la que nada es gratuito, todo se comercia, se debe o se exige. Nos cuesta trabajo creer que hay más felicidad en dar que en recibir (cf. Hechos 20, 35). Estamos dispuestos a prestar servicios en función de la remuneración; somos hábiles para calcular los intereses que se nos pagarán por cualquier inversión de tiempo, conocimiento o bienes.

El camino de la gratuidad es difícil y agotador; en términos cristianos, es profético, va contracorriente, como hicieron todos los profetas. Es posible, cuando se reconoce que la propia vida y todo lo que se tiene se ha recibido de Dios y cree que, en definitiva, en la vida, el que pierde gana. A quien crees y vive esto, el Señor le augura la felicidad, la dicha, la alegría. Esta es la lógica del Reino, es la lógica de la nueva comunidad de Jesús.

Conclusión

Jesús no pone en cuestión el banquete, sino las normas que lo rigen, tanto en la selección de los invitados como en la asignación de los primeros lugares. Apliquemos la enseñanza a la vida social y a la eclesial, y preguntémonos si las normas de convivencia que observamos para convivir y para incluir se rigen por el interés, la utilidad, la reciprocidad o por la gratuidad y el valor de la persona humana.

Jesús desenmascara normas de convivencia que se basan en exclusivismos interesados; sus discípulos no pueden concentrar su vida en los grupos de amigos, parientes, personas afines o relevantes por su riqueza; esto, por tres razones. En primer lugar porque el horizonte de la misión es universal, han sido enviados a todos, especialmente a los pobres y necesitados; en segundo lugar porque limitarse a grupos afines origina una estructura social que tiene un dinamismo excluyente, pues se refuerzan las relaciones entre quienes pueden intercambiar y tienen capacidad de corresponder, dejando de lado a quienes no pueden hacerlo; de allí, a constituir redes de poder que oprime, sólo hay un paso. En tercer lugar, las relaciones exclusivas entre grupos afines, no tienen perspectiva de futuro, ciegan el horizonte de la salvación, porque quienes las establecen ponen toda su esperanza en la recompensa inmediata.

Jesús nos invita a actuar desde la gratuidad y la solidaridad con los pobres, en contraste con quienes buscan destacar, ser reconocidos, acumular, aprovechándose o excluyendo a los demás de la propia riqueza. Somos invitados a compartir gratuitamente lo que tenemos, renunciando al “me la debes” de quien no hace nada sin calcular el beneficio que recibirá en el corto o en el mediano plazo.

El discípulo de Jesús es testigo del Reino en la calidad de relaciones que establece con quienes convive o encuentra en el camino, no en términos de capacidad de influencia y poderío, sino de gratuidad, libertad y amor; este sólo hecho, lo hace incómodo al ponerlo en contradicción con la práctica y el comportamiento normal del sistema social que se establece en la lógica del intercambio comercial.

Debe quedarnos claro que Jesús no está en contra de las relaciones familiares ni de la amistad o amor que se corresponden con gozo; lo que pretende es confrontar las intenciones de nuestro corazón y hacernos reaccionar cuando, sin darnos cuenta, hemos asimilado, valores que refuerzan la egolatría y nos hacen incapaces para el amor, al poner el propio interés como el principal criterio de nuestro actuar.

En las relaciones humanas inspiradas en el evangelio, el honor no depende del propio mérito sino de la gratuidad del corazón de Dios; si entendemos esto, construiremos nuevas relaciones en el mundo, que al no estar basadas en el utilitarismo sino en el valor que tiene que persona, hacen de la comunidad que surge de ellas un signo y germen del Reino de los cielos.

En fin, en el evangelio de este domingo, encontramos el remedio a la hidropesía espiritual, que nos hincha de orgullo y de soberbia: renunciar a los honores y a construir artificiosamente escenarios de estima que sabemos que son falsos y orientar la vida por el principio de la gratuidad, que nos pone en contacto con nuestro ser imagen de Dios al hacernos imitadores de su generosidad.

Revisemos con atención la vida de nuestras comunidades y el modo de proceder de nuestras asambleas litúrgicas, no sea que sin percibirlo se haya instalado en ellas el afán de los honores, del prestigio personal y de la acepción de personas. El mensaje evangélico sigue teniendo plena actualidad, y choca de frente, no sólo con lo que es norma habitual en la sociedad, sino también con lo que es comportamiento frecuente en la propia Iglesia.

 

[1] F. Oñoro, En la escuela de la humildad: una nueva cultura de relaciones. Lucas 14, 1-7-14., CEBIPAL/CELAM. F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 298-302.

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