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El que quiera venir conmigo…

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Viernes de la XVIII semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (16, 24-28)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga.

Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.

¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla? Porque el Hijo del hombre ha de venir rodeado de la gloria de su Padre, en compañia de sus ángeles, y entones dará a cada uno lo que merecen sus obras.

Yo les aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán, sin haber visto primero llegar al Hijo del hombre como rey”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús quiere presentar con claridad a todos los discípulos el camino por el que deben seguirlo: «El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga». Son palabras que parecen duras, y lo son, pero Jesús mismo fue el primero que las vivió. Y ahora las propone a los discípulos, que no deben hacer más que seguir el camino del Maestro que cargó la cruz -que no es suya sino de todos, y esa es la diferencia- antes que ellos porque de la cruz viene la salvación.

Jesús no se deja atrapar por nuestras incertidumbres, sino que nos pide que las venzamos confiando en él. La propuesta que hace Jesús a los discípulos parece paradójica para una mentalidad egocéntrica. En realidad expresa una sabiduría profunda que revela la frase que viene a continuación: «el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará.».

Creemos que la salvamos guardando, buscando recompensas, reconocimientos y honores. Jesús nos advierte de que gastar nuestras energías, nuestro tiempo, nuestras fuerzas solo para salvarnos o, como se suele decir, para realizarnos, nos lleva en realidad a perdemos, es decir, a una vida triste y a menudo desgraciada.

Solo si vivimos para el Señor, si dedicamos nuestra vida a amar a todo el mundo, sin límites, como hizo precisamente Jesús, entonces disfrutaremos de la alegría de la vida. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si no somos amados ni somos capaces de amar? Eso es lo que explicará el apóstol Pablo en el himno a la caridad, diciendo que sin esta, es decir, sin el amor, de nada sirve hacer cosas extraordinarias, aunque sean generosas.

Solo el amor no termina y solo el Señor nos salva. Así, al igual que el amor, tampoco la vida eterna se puede comprar. Solo la podemos recibir del Señor, quien, a su debido tiempo, «dará a cada uno según sus obras». Jesús habla de un retomo inminente. El cristiano vive siempre esperando atentamente para reconocer en el presente los muchos signos de la presencia de Jesús y de su reino entre nosotros.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 308.

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