Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: julio 2019

Si ustedes comprendieran…  no condenarían…

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sábado 

Tiempo Ordinario

Viernes de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (12, 1-8)

Un sábado, atravesaba Jesús por los sembrados. Los discípulos, que iban con él, tenían hambre y se pusieron a arrancar espigas y a comerse los granos. Cuando los fariseos los vieron, le dijeron a Jesús: “Tus discípulos están haciendo algo que no está permitido hacer en sábado”.

El les contestó: “¿No han leído ustedes lo que hizo David una vez que sintieron hambre él y sus compañeros? ¿No recuerdan cómo entraron en la casa de Dios y comieron los panes consagrados, de los cuales ni él ni sus compañeros podían comer, sino tan sólo los sacerdotes? ¿Tampoco han leído en la ley que los sacerdotes violan el sábado porque ofician en el templo y no por eso cometen pecado? Pues yo digo que aquí hay alguien más grande que el templo.

Si ustedes comprendieran el sentido de las palabras: Misericordia quiero y no sacrificios, no condenarían a quienes no tienen ninguna culpa. Por lo demás, el Hijo del hombre también es dueño del sábado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los fariseos no pierden la ocasión para pensar mal de Jesús y de sus discípulos y acusarlo. Podríamos identificar el fariseísmo con la actitud de quien tiene miedo del mal pero lo busca en los demás y no en sí mismo. El fariseo piensa que se salva acusando a los demás, viendo la brizna pero continuando siendo incapaz de quitarse la viga de su ojo. Juzga pero no ama; observa pero no ayuda.

No es de extrañar que el fariseo sea indiferente a la petición de perdón y de curación de quien sufre. Le reprochan a Jesús que deje a sus discípulos recoger algunas espigas durante el camino en sábado. El maestro responde con dos ejemplos que demuestran la mezquindad y la ceguera de su corazón. Y sobre todo afirma, con las palabras de Oseas, la grandeza del corazón de Dios: «Misericordia quiero, que no sacrificio»).

El Señor no quiere una observancia fría y exterior de las normas, sino el corazón del creyente. Eso no significa que haya que despreciar las normas. Pero por encima de toda norma está la compasión, que es un don que debemos pedir a Dios porque no proviene de nuestro carácter ni de nuestras cualidades, sino de Dios.

Y en realidad, dicha dimensión, está presente desde siempre en la revelación bíblica. En algunos comentarios hebreos, por ejemplo, leemos: «el Sábado se les ha dado a vosotros, y no ustedes al sábado». Y algún comentarista explica que los rabinos sabían que la religiosidad exagerada podía poner en peligro el cumplimiento de la esencia de la ley: «No hay nada más importante, según la Torá, que salvar la vida humana … Incluso cuando no hay más que una remota probabilidad de que una vida esté en juego, se pueden descuidar las prohibiciones de la ley».

El Sábado muestra la presencia cariñosa de Dios en la historia de los hombres. El Señor Jesús es el rostro cariñoso de Dios. Por eso repite que quiere misericordia, no sacrificio. Jesús no viola la ley, sino que la cumple con el amor. Dios no da una norma, sino una palabra de amor para hacer plena la vida de los hombres.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 286.

Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón

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Jesús manso Tiempo Ordinario

Jueves de la XV semana

Textos

 

† Del evangelio según san Mateo (11, 28-30)

En aquel tiempo, Jesús dijo: “Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré.

Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estos pocos versículos están llenos de aquella compasión que vimos al inicio de la misión pública de Jesús. Él llama a sí a los que están fatigados y sobrecargados por la vida: incluye desde el publicano al que llamó para que le siguiera hasta el pequeño grupo de hombres y mujeres que lo eligieron como Maestro; desde las muchedumbres abatidas que finalmente encuentran en él un pastor hasta los que no tienen quien se ocupe de ellos; desde quien vive oprimido por la violencia de los ricos hasta los que sufren la violencia de la guerra, el hambre y la injusticia.

Para todas esas personas resuenan, llenas de ternura y sensibilidad, estas palabras del Señor: «vengan a mí». Nosotros tenemos que ser la voz de Jesús, su Iglesia debe gritar a las multitudes del mundo la invitación de Jesús a cobijarse bajo su manto. ¿Intento yo decir, con humildad y delicadeza, esas mismas palabras a la gente que conozco? Aquella invitación de Jesús que también nosotros hemos recibido a través de alguien, ¿se la repetimos nosotros a otros que la esperan?

La gente a menudo aparta a quien está cansado y oprimido, tiene miedo de que les traiga problemas. Nosotros debemos ser, con nuestro amor, un alivio para quienes sufren, padecen injusticias o no soportan la vida. Y el reposo no es otro que Jesús mismo: recostarse sobre su pecho y alimentarse de su Palabra. Jesús, y solo él, puede añadir: «tomen mi yugo sobre ustedes». Este yugo es el Evangelio, exigente y suave a la vez, como él. El verdadero yugo es unirse a Él.

Solo somos libres si nos unimos a aquel que nos saca de los angostos límites de nuestro yo. Por eso añade: «aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón». Son las dos características que Jesús indica a todos, camino de bienaventuranza, es decir, de felicidad que podemos dar y recibir. El manso y humilde hace la vida más fácil a los demás, al contrario del arrogante, del irascible, del soberbio, que vive mal y hace el mal. Aprendan de mí, es decir, háganse discípulos míos. Lo necesitamos nosotros y lo necesitan las muchedumbres de este mundo, que esperan escuchar una vez más la invitación de Jesús: «Vengan y encontrarán descanso».

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 285.

Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

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Jesús Tiempo Ordinario

Miércoles de la XV semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (11, 25-27)

En aquel tiempo, Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien.

El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje evangélico reproduce una oración que Jesús le hace al Padre: « Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla ». Jesús bendice al Padre y le da gracias porque ha dado a conocer el Evangelio del Reino a la «gente sencilla», que también se podría traducir por «pequeños».

Tiene ante sí a aquel pequeño grupo de hombres y mujeres que lo siguen. Entre ellos no hay muchos poderosos ni inteligentes; son mayoritariamente pescadores, empleados de bajo nivel y, en cualquier caso, personas de clase no alta. Si algún personaje de relieve se acerca a Jesús -como por ejemplo el sabio Nicodemo-, oye de boca de Jesús que debe «volver a nacer», volver a ser «pequeño», porque si no lo hace no podrá entrar en el Reino del Cielo.

El reino, efectivamente, es solo para los «pequeños». Es «pequeño» quien reconoce sus límites y su fragilidad, quien siente que necesita a Dios, lo busca y le confía su vida. El texto evangélico, sin embargo, no pretende despreciar a los «sabios e inteligentes» sino más bien advertir a aquellos que piensan como los escribas y los fariseos, es decir, los engreídos, los que están tan llenos de sí mismos que no necesitan a nadie, ni siquiera a Dios.

El sentimiento de autosuficiencia no solo aleja de Dios sino que fácilmente se traduce en desprecio por los demás. El discípulo, por el contrario, sabe que todo lo debe a Dios y a Jesús que nos lo ha revelado. Nosotros difícilmente sentimos que somos los sabios y los inteligentes de los que habla Jesús. Lo somos en la práctica: sabios de nuestras costumbres, de los juicios que ya ni nos inmutan; inteligentes hasta el punto de no escuchar a nadie y de creer que podemos prescindir de los demás.

La fe es ante todo el abandono confiado de los pobres, que no lo entienden todo pero se sienten fuertes porque se sienten amados y obedecen la Palabra de Jesús. Los pequeños no son en absoluto los que no comprenden o los que «se lo creen todo». Únicamente la confianza permite ver aquello que de otro modo resulta invisible. Todos podemos llegar a ser pequeños si seguimos el camino de la humildad, un camino que nos hace realmente grandes.

El Señor nos ha elegido para que, a pesar de nuestra pobreza, podamos participar en el gran sueño de Dios por el mundo, que no es otro que reunir a. todos los pueblos alrededor de Él para que vivan en la alabanza al Señor y en paz entre ellos.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 283-284.