Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: junio 2019

Su nombre será Juan

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Juan Bautista24 de junio 

Natividad de San Juan Bautista

Textos

† Del evangelio según san Lucas (1, 57-66. 80)

Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella.

A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre; pero la madre se opuso, diciéndoles: “No. Su nombre será Juan”. Ellos le decían: “Pero si ninguno de tus parientes se llama así”.

Entonces le preguntaron por señas al padre cómo quería que se llamara el niño. El pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre” Todos se quedaron extrañados. En ese momento a Zacarías se le soltó la lengua, recobró el habla y empezó a bendecir a Dios.

Un sentimiento de temor se apoderó de los vecinos y en toda la región montañosa de Judea se comentaba este suceso. Cuantos se enteraban de ello se preguntaban impresionados: “¿ Qué va a ser de este niño?” Esto lo decían, porque realmente la mano de Dios estaba con él.

El niño se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La Iglesia celebra hoy el nacimiento de Juan el Bautista. Es una fiesta muy antigua. Junto a María, Juan el Bautista es el único santo de quien se recuerda el día de su nacimiento. Ello se debe a que la vida de ambos es inexplicable sin tener a Jesús como referente: nacieron para Jesús; María para ser su madre y Juan para prepararle el camino.

En el iconostasio bizantino están representados junto a la puerta central, que es Cristo. Una por un lado y el otro por el otro lado, con un gesto de la mano invitan a los fieles a dirigir su mirada hacia el Salvador. Juan nació para indicar a los hombres el camino hacia Jesús. Es venerado también en el islam: sus reliquias están en la mezquita de los Omeyas de Damasco.

El evangelista Lucas narra su nacimiento de manera paralela al de Jesús. También sobre él se posó la mirada del Señor. El ángel se aparece a Zacarías mientras lleva a cabo su servicio en el Templo y le anuncia el nacimiento de su hijo. A Zacarías le pareció un anuncio totalmente inverosímil, porque su esposa, Isabel, era de edad avanzada y ya era estéril. El ángel insiste y le sugiere a Zacarías incluso el nombre que deberá poner al niño: le «pondrás por nombre Juan» (que significa: «el Señor es favorable»). Y así fue. En el momento del nacimiento Zacarías recuperó el habla y le dio al niño el nombre de Juan.

El nacimiento de este niño inaugura una nueva vida para los dos ancianos padres, cuando toda esperanza parecía ya haberse desvanecido a causa de la esterilidad de Isabel. Pero ante, aquel hijo es fruto de la palabra del ángel y su nombre es totalmente nuevo: viene al mundo para llevar a los hombres de su tiempo hacia Jesús. Su ejemplo, su testimonio, nos ayuda también a nosotros y a los cristianos de todos los tiempos: todos -como el Bautista – somos fruto del amor de Dios, nadie de nosotros ha nacido por casualidad. Hemos nacido para ser discípulos de Jesús y preparar el corazón de los hombres para que lo acojan como Salvador del mundo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 227-228.

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

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seguimiento

Tiempo Ordinario

Domingo de la XII semana

Textos 

† Del evangelio según san Lucas (9, 18-24)

Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”.

El les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. El les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.

Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este Domingo, el XII del tiempo ordinario del cico C, retomamos la lectura contínua del evangelio según san Lucas.

El texto que leemos nos relata la confesión de fe de Pedro  y el anuncio de la pasión; este relato sigue al de la multiplicación de los panes, en la que Jesús dando de comer a una multitud realizó el signo mesiánico por excelencia y al de la inquietud de Herodes que indaga sobre la identidad de Jesús.

El contexto

A diferencia de Mateo, que al narrar esta escena nos dice que los hechos ocurrieron en Cesarea de Filipo, san Lucas no nos dice en qué lugar se realizó la confesión de fe, pero si nos da una indicación: «Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar»; Lucas nos dice así que nos encontramos ante un momento grandioso del evangelio.

Jesús se retira a orar solo, así es presentado en el texto lucano en los momentos más importantes de su ministerio; con ello se indica que lo que sigue es un  acontecimiento que está inserto dentro del querer del Padre. ¿De que se trata? De la identidad de Jesús, algo que en manera alguna es secundario, por el contrario, es fundamental en el proceso que conduce el evangelio y que culminará en la experiencia de los discípulos de Emaús que captan el sentido de las palabras, las obras, la pasión y la muerte del Señor.

Después de la multiplicación de los panes, el pueblo le sigue entusiasmado; flota en el ambiente una gran expectación, se multiplican las opiniones sobre quién es Jesús; más de alguno se pregunta si no será el Mesías, pero nadie se atreve a decirlo en voz alta. Probablemente los discípulos también lo cuchicheen entre ellos. Pero las expectativas del pueblo y de los discípulos no coincide con la conciencia que él tiene de sí mismo y de su misión. En la escena flota una atmósfera de tensión y crisis.

EL texto

Tras la oración, Jesús toma la iniciativa. Abre espacio para que sus discípulos se expresen; les formula dos preguntas directas: “¿Quién dice la gente que soy yo?” “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”; ambas plantean la cuestión acerca de la percepción que tienen los lejanos y los cercanos acerca de su identidad.

Los discípulos han vivido junto a la gente entusiasta que busca a Jesús la mayor parte de los acontecimientos que hasta ahora ha narrado el evangelio: las curaciones, la expulsión de demonios, las enseñanzas, y al igual que la muchedumbre, han podido hacerse una idea acerca de quién es el Maestro.

El evangelista ya había tocado el tema, refiriéndose a la opinión popular, según la cual Jesús podría ser Juan Bautista o uno de los profetas resucitado; recordemos la reacción de Herodes que tenía mucha curiosidad acerca de la identidad de Jesús y que descarta la posibilidad de que en él se estuviera manifestando Juan Bautista a quien él mismo mandó matar. Quedaba la posibilidad abierta de que se tratara de alguno de los profetas resucitado, pero habría que comprobarlo.

Por la forma en que responden los discípulos a la primera pregunta se deduce que no comparten las opiniones de la multitud. Entonces Jesús se dirige a ellos, al fin y al cabo han estado con Él desde el principio del ministerio, no han faltado a ningún acto importante en los que se ha dado a conocer; el Maestro ahora quiere que den un paso que no ha dado la multitud, les invita directamente a definirse acerca de su persona.

Acorralados, de alguna manera, los discípulos se expresan en voz de Pedro que contesta «[Tú eres] “El Mesías de Dios”. Acto seguido, Jesús les prohíbe terminantemente decírselo a nadie.

¿Por qué esta reacción tan dura de Jesús que les conmina a guardar silencio igual que a los espíritus que expulsa de los endemoniados?

La confesión de Pedro capta la novedad de Jesús, una novedad que está en sintonía con la larga espera del pueblo de Israel que ansiaba la manifestación del Cristo, del Mesías de Dios; pero detrás de la declaración de Pedro está la concepción que el mismo pueblo de Israel se había forjado del Mesías en la larga espera. un Mesías nacionalista, guerrero, triunfal, político, con fuerza y poder.

En este contexto, de reconocer sin más a Jesús como Mesías se seguía esperar de Él un despliegue de su poder para realizar con su omnipotencia la restauración de la gloria del pueblo de Israel, pero nada de esto coincide con lo que Jesús siente y quiere llevar adelante. La idea de Mesías que tienen los discípulos puede hacer fracasar su misión. Sólo así se entiende la severa reacción ante la respuesta de Pedro.

Jesús se siente llamado a cumplir la voluntad del Padre, a cambiar la historia, dando un sentido nuevo a la liberación que Dios quiere realizar en el hombre; pero lo hará conforme al querer de Dios y no conforme a las expectativas de los hombres. Por ello, inmediatamente después de imponerles silencio acerca de su identidad, les señala el camino de realización de su vocación mesiánica: «Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día».

A Pedro y a los discípulos todavía le falta otra novedad por comprender: que el destino de gloria del Mesías llega por la vía de su sufrimiento, que es por medio de la oscuridad de la Cruz que se vislumbrará la extraordinaria grandeza, la gloria y el poderío de su Maestro.

Después de dejar conocer que es lo que Él espera, cuál es su camino y su misión, Jesús se dirige a todos a los doce y a la muchedumbre, para hacerles saber cómo han de vivir

quienes quieran seguirlo: «Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga» A estas palabras tajantes Jesús añade otras: «el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará».

Con estas palabras Jesús pone la vida, la salvación y la realización de lo que quieran seguirle, en íntima relación con la adhesión a su persona. Esto es una gran novedad.  Ningún rabino habia hecho algo semejante pidiendo a sus seguidores tal renuncia y adhesión; a lo mucho pedían obediencia a su palabra que era interpretación de la de Dios. Jesús pide adhesión y entrega total a su persona; así, el discipulado cristiano no es cuestión de compartir teorías o cumplir normas, sino el seguimiento de una persona, Jesús de Nazaret y la continuidad de su misión conforme a su estilo.

Al igual que los discípulos de ayer, quienes pretendemos serlo hoy compartimos modos de pensar y valores que son propios de la sociedad en que vivimos y que contrastan con el Evangelio. Jesús nos invita, como hizo con los doce y con la muchedumbre, a estar atentos a no desvivirnos por lo que no nos da vida, por ejemplo: por estar en buena opinión de todos; darles gusto, hacer las cosas conforme a las expectativas que otros tienen de nosotros, aparecer como gente exitosa y sin defecto; siguiendo este camino nunca daremos gusto a nadie, al final nos veremos sin energía y frustrados porque de nada sirvió nuestro esfuerzo: nos desgastaremos, se nos ira la vida y nos quedaremos sin nada.

Jesús nos invita a seguir un camino distinto que sí da vida, es el mismo camino que Él recorrió, aceptar el juicio del mundo que puede tildarnos de fracasados por desgastar la vida no en la búsqueda de nosotros mismos sino en hacer el bien a los demás compartiéndoles nuestra vida. La última palabra la tiene Dios que ofrece plenitud de vida a quien está dispuesto a desvivirse, a perderse por la causa del Reino. Dios es fiel a su palabra.

 

[1] F. Oñoo, Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” La confesión de fe. Lectio Divina Lucas 9, 18-22 CEBIPAL/CELAM; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 245-249.

Busquen primero el Reino de Dios y su justicia

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aves del cielo.jpgTiempo Ordinario

Sábado de la XI semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (6, 24-34)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o bien obedecerá al primero y no hará caso al segundo. En resumen, no pueden ustedes servir a Dios y al dinero.

Por eso les digo que no se preocupen por su vida, pensando qué comerán o con qué se vestirán.

¿Acaso no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo, que ni siembran, ni cosechan, ni guardan en graneros y, sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes más que ellas? ¿Quién de ustedes, a fuerza de preocuparse, puede prolongar su vida siquiera un momento? ¿Y por qué se preocupan del vestido? Miren cómo crecen los lirios del campo, que no trabajan ni hilan.

Pues bien, yo les aseguro que ni Salomón, en todo el esplendor de su gloria, se vestía como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy florece y mañana es echada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe? No se inquieten, pues, pensando: ¿Qué comeremos o qué beberemos o con qué nos vestiremos? Los que no conocen a Dios se desviven por todas estas cosas; pero el Padre celestial ya sabe que ustedes tienen necesidad de ellas. Por consiguiente, busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se les darán por añadidura. No se preocupen por el día de mañana, porque el día de mañana traerá ya sus propias preocupaciones.

A cada día le bastan sus propios problemas”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

«No pueden ustedes servir a Dios y al dinero», dice Jesús a sus discípulos. Es una advertencia que vale para todos. Jesús personifica a la riqueza, que se comporta como un señor absoluto que no deja libertad. Es un auténtico dictador aunque no tenga rostro ni, obviamente, alma. Es una dictadura implacable que roba el alma a quien se somete a ella. Y es el origen de los conflictos, los desórdenes, los odios y la guerra que todavía hoy continúan sembrando la amargura en la vida de los hombres.

El Señor es amor que pide al hombre una respuesta libre. Jesús también sabe que si nos unimos a Dios creceremos en amor, en justicia y en el compromiso de luchar por la libertad y el progreso de todos, sin excluir a nadie, empezando por los más pobres. Por eso no es posible servir al mismo tiempo a Dios y a la riqueza, al Evangelio y al dinero. El corazón no puede dividirse.

La pretensión de tener un amor exclusivo por parte del Señor la vive él mismo en las relaciones con los hombres. Él es un Dios celoso, pero no solo para sí mismo; también es celoso por nosotros, no acepta que el mal nos engulla. Por eso, al igual que bajó a liberar a Israel de la esclavitud del faraón, con un amor aún más fuerte ha enviado a su Hijo para liberamos del pecado y de la muerte. Así pues, confiarse a Dios significa ser libre de la esclavitud de las cosas, sabiendo que él no dejará que nos falte nunca nada. Muchas veces se insinúa en nuestra vida el afán por las cosas de la tierra, es decir, por « qué comerán… con qué se vestirán », y llega a dominarnos.

Las dificultades del trabajo, de unos beneficios justos y merecidos no pocas veces se transforman en ansia para nosotros y para quien está cerca de nosotros. El Señor no invita al ocio. «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma», escribe el apóstol Pablo. Pero debemos confiar plenamente que Dios nuestro Señor conoce nuestra vida y desea nuestro bien. Y el bien no significa en absoluto multitud de bienes. El Señor es un verdadero Padre que se ocupa de sus hijos y responde a sus necesidades.

Y si hay mucha gente que no tiene qué comer ni con qué vestirse es porque otros no buscan el reino de Dios y su justicia, sino únicamente su beneficio. La verdadera preocupación de los discípulos, dice Jesús, debe ser la del Reino, es decir, la de comunicar el Evangelio, construir la comunidad y servir a los pobres. El discípulo que busca esta «justicia», que es la justicia del Reino, recibe el apoyo y la defensa del Señor a lo largo de toda su vida.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 256-257.