Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: junio 2019

No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!

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casa sobre la roca

Tiempo Ordinario

Jueves de la XII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 21-29)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No todo el que me diga: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.

Aquel día muchos me dirán: ‘¡Señor, Señor!, ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros?’ Entonces yo les diré en su cara: ‘Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal’.

El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, se parece a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca.

Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos y dieron contra aquella casa; pero no se cayó, porque estaba construida sobre roca.

El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica, se parece a un hombre imprudente, que edificó su casa sobre arena.

Vino la lluvia, bajaron las crecientes, se desataron los vientos, dieron contra aquella casa y la arrasaron completamente”.

Cuando Jesús terminó de hablar, la gente quedó asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estas palabras cierran el discurso de la montaña, el primer gran discurso de Jesús en el Evangelio de Mateo. Al inicio encontramos una palabra fuerte: será digno del Reino solo aquel que «haga la voluntad del Padre» y no aquel que simplemente invoque el nombre del Señor.

Juan Crisóstomo, estigmatizando la pasividad con la que los cristianos de su tiempo participaban en la liturgia del domingo, porque no les comportaba ningún cambio en su vida, decía: «¿Acaso creen que el fervor espiritual consiste simplemente en venir continuamente a la celebración de la Divina Liturgia? Eso no sirve para nada si no obtenemos algún fruto: si no sacamos ningún partido ¡es mejor que nos quedemos en casa!». Y paradójicamente añadía: «La Iglesia es una tintorería, y si se van siempre sin haber sido teñidos en lo más mínimo, ¿de qué sirve que vengan aquí continuamente?».

Y el significado de la expresión «hacer la voluntad del Padre» se explica varias veces en el Evangelio, como cuando Jesús afirma: «Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite el último día». Jesús vino para eso y nosotros estamos llamados a hacer realidad, junto a él, este sueño. Para los discípulos se trata de poner en práctica lo que está escrito en el Evangelio, como el mismo Jesús dice: «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca», mientras que quien «no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena».

El ejemplo continúa: llegó la lluvia, los ríos se desbordaron, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquellas dos casas; son las tormentas de la vida que todos sufrimos. Pues bien, la primera casa, edificada sobre roca, resistió; la otra, edificada sobre arena, se derrumbó. Son dos imágenes eficaces con las que Jesús compara a quienes escuchan el Evangelio con constructores. Es una palabra que se nos da para construir nuestra vida sobre unos cimientos sólidos y estables.

Cada día, pues, el discípulo debe alimentarse de esta palabra para edificar su vida no sobre él mismo, sobre su arrogancia o sobre sus convicciones -que son como la arena, inconsistentes y cambiantes-. La palabra evangélica es la base sobre la que debemos construir nuestra vida. La palabra de Dios tiene la misma autoridad que el Padre. Y Jesús no enseñaba como los demás escribas, sino con autoridad. La autoridad del Padre que está en el cielo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 261.

Por sus frutos los conocerán

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frutosTiempo Ordinario

Miércoles de la XII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 15-20)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuidado con los falsos profetas, Se acercan a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conocerán. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Todo árbol bueno da frutos buenos y el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos y un árbol malo no puede producir frutos buenos.

Todo árbol que no produce frutos buenos es cortado y arrojado al fuego. Así que por sus frutos los conocerán”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús previene del peligro de dejarse atraer por los falsos profetas, es decir, aquellas personas o aquel modo de vivir que parece más fácil e inmediato, pero que en realidad roba la vida como un lobo rapaz. Los lobos, como es sabido, son los enemigos mortales de las ovejas. Pero aquí Jesús añade un matiz: estos lobos no se presentan con su ferocidad, sino que se disfrazan de corderos, es decir, se mezclan con semblantes familiares para poder devorar y destruir con mayor facilidad el rebaño. Sin posibilidad de escapatoria.

Jesús tiene presente el comportamiento de los fariseos y advierte a sus discípulos para que procuren no imitarles. Nosotros podemos hablar de fariseísmo, es decir, una manera exterior de vivir la fe o incluso de amoldarse a la mentalidad del mundo que hace que los cristianos vivan a menudo con una actitud fuertemente individualista. Es un cristianismo en el que la misericordia es rara, en el que el amor es solo para uno mismo, en el que la pasión por cambiar el mundo queda atenuada, en el que la gratuidad hacia los demás queda suplantada por la primacía de los intereses de uno mismo, en el que el sueño de un mundo de justicia y de paz queda bloqueado por la resignación y el pensar solo en uno mismo.

Fácilmente nos dejamos seducir por la resignada vida «normal». Y no debemos olvidar que las tentaciones -todas- se presentan siempre de manera halagüeña y razonable. Por eso atraen fácilmente. Pero ¿cómo podemos desenmascarar a los lobos disfrazados de corderos? Jesús indica un criterio infalible cuando dice: «Por sus frutos los conocerán». Todos aquellos pensamientos y aquellas sugerencias que vuelven mezquino el corazón y la vida, que hacen que la vida no dé frutos buenos para uno mismo y para los demás son falsas profecías.

El ejemplo del árbol que da frutos buenos y del que da frutos malos nos recuerda la unidad entre ser y hacer. El espíritu fariseo prolifera en la división entre estas dos dimensiones. El apóstol Pablo enumera las obras que nacen de aquel que se deja guiar por la «carne»: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, ambición, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, comilonas y cosas semejantes. Y a continuación indica lo que brota del hombre espiritual: amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, humildad y dominio de uno mismo. Y concluye: «Si vivimos por el Espíritu, sigamos también al Espíritu» (Gal 5, 19-26).

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 260-261.

Entren por la puerta estrecha

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puerta estrechaTiempo Ordinario

Martes de la XII semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (7, 6. 12-14)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No den a los perros las cosas santas ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes y los despedacen.

Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas. Entren por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y amplio el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por él. Pero ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que conduce a la vida, y qué pocos son los que lo encuentran!” Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús nos pide que no banalicemos el Evangelio, que no rebajemos sus esperanzas de cambio, que lo tengamos muy en cuenta para nuestra vida y para la vida de los demás. Por eso, utilizando una imagen muy fuerte, dice que no hay que echar a perder lo que es santo dándolo a los perros o a los puercos.

Realmente el Evangelio contiene un tesoro que no podemos desperdiciar. Lo despreciaríamos si no tuviéramos en cuenta a aquellos que deben recibirlo. Evidentemente no se trata de reservar el Evangelio solo para algunos, y excluir a otros. El Evangelio es para todos. Pero debe ser predicado con sabiduría para que pueda llegar al corazón de quien lo escucha. Por eso hay que cuidar todos los detalles de la predicación evangélica, porque es un tesoro para la salvación.

El evangelista reproduce otro dicho de Jesús: «Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes». Esa es la manera de aplicar toda la ley y los profetas. Es la denominada «regla de oro», presente en casi todas las grandes religiones. Contiene aquella sabiduría que proviene de las alturas y que ha sido puesta en el corazón de todo hombre. Mateo la formula en afirmativo para destacar que no es suficiente abstenerse del mal, sino que es necesario hacer el bien.

Si leemos la «regla de oro» inscribiéndola en la vida de Jesús, adquiere el sabor único de aquel amor por los demás que no tiene límites. Jesús nos dio su amor sin esperar nada a cambio. Podríamos decir que esa es la verdadera puerta estrecha que lleva a la salvación. Jesús advierte que muchos entran por la puerta grande del amor por ellos mismos. La puerta estrecha del amor por los demás abre el camino del amor mutuo. Podríamos decir que es estrecha porque nos acerca unos a otros en el amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 347-348.