Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará

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Jesús orante 2Tiempo Ordinario

Miércoles de la XI semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (6, 1-6. 16-18)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres, para que los vean.

De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.

Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. En cambio, cuando tú des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente.

Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa.

Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús continúa hablando de la justicia. Con los ejemplos que hemos escuchado los días anteriores Jesús deja claro que hay que vivir la ley antigua con un espíritu nuevo, con un corazón renovado. La fe en el Señor no se mide cumpliendo exteriormente determinadas prácticas, ni tampoco por el consenso que podemos granjeamos entre la gente.

Esta página evangélica quiere que seamos conscientes de que todo cuanto hacemos lo hacemos ante Dios: él mira y guía nuestra vida. Y gracias a su cariñosa vigilancia es el único juez verdadero e imparcial. Todos sabemos por experiencia que es fuerte la tentación de vivir y de hacer nuestras obras «para ser vistos» por los hombres, es decir, para alimentar el orgullo y para vanagloriarse aún más de la consideración de uno mismo. En cualquier caso, el Señor no pide a los discípulos que escondan lo que hay de bueno en su vida. Al contrario, anteriormente los había invitado a ser luz y a no esconder la lámpara «debajo del celemín». Aquí, sin embargo, le habla de una actitud del corazón: la búsqueda ansiosa del consenso de los demás, de la alabanza y de la recompensa humana.

Jesús nos enseña que la única persona que de verdad comprende profundamente nuestra alegría, nuestra misericordia y nuestro ayuno es el Padre. Incluso cuando los hombres no comprenden debemos dirigir al Padre nuestra oración, puesto que de él podemos esperar la única verdadera recompensa.

En este pasaje evangélico, Jesús recuerda tres prácticas religiosas que gozan de alta consideración: la limosna, la oración y el ayuno. Pero lo que quiere subrayar es la invitación a la interioridad que está presente en esas tres prácticas que tienen una importancia fundamental en la vida del creyente.

La limosna implica poner el corazón en los pobres. Hay que acercarse a ellos, interesarse por ellos, amarlos porque en ellos está presente el mismo Cristo. Esta es la espiritualidad de la limosna. Y eso es lo que Dios ve en secreto, es decir, de manera profunda.

La oración no consiste en hacerse ver, sino ante todo en hacer espacio para la Palabra de Dios en el corazón. Esa es la interioridad que ve Dios y en la que se complace.

De manera análoga, el ayuno es aquella lucha interior indispensable para que crezca en nosotros el espacio para acoger al Señor. Entonces pasará lo que escribe el Apocalipsis: «Si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3, 20). Esta es la recompensa de los discípulos: vivir ya hoy con el Señor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 252-253.

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