Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: junio 2019

Jesús tomó la firme determinación de ir a Jerusalén

0

Jesús en el camino.jpgXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Ciclo C

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 51-62)

Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén. Envió mensajeros por delante y ellos fueron a una aldea de Samaria para conseguirle alojamiento; pero los samaritanos no quisieron recibirlo, porque supieron que iba a Jerusalén.

Ante esta negativa, sus discípulos Santiago y Juan le dijeron: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?” Pero Jesús se volvió hacia ellos y los reprendió.

Después se fueron a otra aldea. Mientras iban de camino, alguien le dijo a Jesús: “Te seguiré a donde quiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza”.

A otro, Jesús le dijo: “Sígueme”. Pero él le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios”.

Otro le dijo: “Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia”. Jesús le contestó: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Jesús inicia el camino definitivo con una gran resolución interior. Comienza a subir a Jerusalén, el último trecho de su camino, que es decisivo y que culminará, después de su Pascua, en su ascensión al cielo.

Nos encontramos frente a las coyunturas decisivas para Jesús y para los discípulos. Para el Maestro es el tiempo del “cumplimiento” según el proyecto mesiánico delineado por el Padre. Nada ni nadie lo podrá detener, ni la hostilidad de los samaritanos, ni la pobreza, ni el padre que hay que sepultar, ni los parientes de los que hay que despedirse, son suficientes para “mirar atrás“. Para el discípulo es tiempo de un profundo discernimiento, que tome en cuenta el “costo” del discipulado, analizando las implicaciones de la opción de seguir al maestro y decidiendo libre y conscientemente recorrer el mismo camino.

Lo que es válido para el maestro, vale para el discípulo: el seguimiento de Jesús, se puede entender a partir de la imagen de un camino, que para recorrerlo requiere de actitudes y decisiones firmes. Seguir a Jesús en el camino hacia Jerusalén requiere de la radicalidad y de la jerarquía de valores de Jesús.

El pasaje que leemos hoy tiene tres partes: la decisión de Jesús; el fracaso de Samaria y la exigencia del seguimiento incondicional que se relata en tres episodios vocacionales. Nos detendremos brevemente en cada una de ellas.

La decisión de Jesús.

Jesús cierra una etapa de su vida en la fértil región de Galilea y abre un nuevo ciclo, que inicia con estas palabras: «Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía que salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén». En esta frase encontramos tres elementos clave:

El primero, se trata de la realización del plan de Dios. No es una decisión tomada a la ligera; Jesus ya habia anunciado su pasión; para Jesús, se trata del tiempo establecido por el Padre, que llega a su fin.

El segundo, la meta es Jerusalén. Jesús sabe a donde va; también conoce lo que está en la mentalidad de todos: no convenía «que un profeta muera fuera de Jerusalén». En adelante, la ciudad santa estará en el horizonte de lo que Jesús hace y dice.

El tercero, la toma de una decisión. El texto dice que Jesús «tomó la firme determinación». Se trata de una decisión radical que implica una ruptura; Jesús deja atrás Galilea y se dirige hacia Jerusalén. Él toma la iniciativa, escoge así el camino del Padre. Jesús no se contenta con lo que hacen muchos, aceptar el destino como inevitable y esperar a que les alcance; por el contrario, él avanza decidido hacia ese destino. Con gran fortaleza, Jesús enfrenta su destino, se compromete y toma decisiones con firmeza. En adelante lo que Jesús haga será preludio de su muerte, y para sus seguidores, preludio de la vida.

El fracaso en Samaria

El camino más directo para llegar a Jerusalén bajando desde Galilea pasa por Samaria; sin embargo, la mayoría de los judíos evitaba este camino, por la enemistad existente entre judíos y samaritanos. Los samaritanos, por su nacionalismo y por su intolerancia religiosa, fastidiaban a los viajeros y peregrinos que cruzaban por su territorio.

A pesar de esta adversidad, Jesús se decide por esta ruta y envía mensajeros delante de sí que hagan saber de su llegada, todo indica que tenía intenciones misioneras y que con un gesto de misericordia ofrece su mano amiga al pueblo enemigo.

El desenlace es muy triste, pues a Jesús se le niega la hospitalidad, no le permiten misionar entre ellos y no aceptaron su amistad, no lo recibieron «porque supieron que iba a Jerusalén».

¿Qué fue lo que los discípulos que fueron a preparar el camino en Samaria dijeron a los samaritanos? No lo sabemos. Si les comunicaron la idea de Mesías que tenían y presentaron a Jesús como tal, se hace entendible el rechazo. Los discípulos, comunicando una idea equivocada del Maestro pueden predisponer a que otros lo reciban y le permitan quedarse entre ellos.

El caso es que el segundo ciclo de la misión de Jesús inicia como el primero, el de la sinagoga de Cafarnaúm, bajo el signo del rechazo. En esta ocasión, los impetuosos discípulos Santiago y Juan, haciendo honor a su apodo de «hijos del trueno», reaccionan violentamente y airados, abren una alternativa de destrucción: «¿quieres que hagamos bajar fuego del cielo para que acabe con ellos?». Lo que proponen es un gesto de maldición, parece que no se les ocurre otra cosa para enfrentar el fracaso.

Jesús impide a sus discípulos llevar a cabo su propósito, los reprende por su intolerancia y por su reacción violenta. Si bien, Jesús pide la hospitalidad de los samaritanos, no se las impone, les deja en libertad para acogerlo y no coacciona a nadie. La decisión de los samaritanos de no recibir a Jesús no es castigada con medidas drásticas.

Esto está en sintonía con la decisión previa de Jesús de caminar hacia Cruz; el camino que lo lleva a ella le hará enfrentar el rechazo, sin embargo, él sigue adelante: «después se fueron a otra aldea». Lo mismo harán sus discípulos después, sabrán que el rechazo del evangelio es una posibilidad y que cuando se hace presente, no es motivo de desánimo sino ocasión para revisar el camino andado, cambiar la estrategia y seguir caminando.

Esto es una muestra de lo que significa para el discípulo «tomar la cruz de cada día», saber tomar los tragos amargos del desprecio, con la madurez de quien no se echa para atrás ante el rechazo, sino que lo afronta, asegurando el amor al adversario y respetando las decisiones libres de los demás.

El seguimiento sin condiciones

La experiencia que han vivido y la reacción de los discípulos, da pie a nuevas enseñanzas sobre el discipulado. El camino a Jerusalén se volverá escuela para sus acompañantes en la que Jesús les hará profundizar el significado de renunciar a si mismo y tomar consigo la cruz de cada día y seguirlo.

Yendo de camino, se presentan tres personas que quieren hacerse discípulos de Jesús; dos se presentan espontáneamente, uno es llamado directamente; todos se acercan porque quieren quedarse con el Maestro; sin embargo traen consigo algunas condicionantes que se transforman en impedimentos para el discipulado; aquí nos damos cuenta, que los impedimentos para seguir a Jesús y asumir su misión no son sólo externos; también provienen desde dentro.

El texto presenta tres situaciones difíciles que provienen de la mentalidad de los mismos discípulos y que permiten a Jesús delinear, a partir del objetivo de su misión -la entrega de la vida en la Cruz- las condiciones para seguirlo. Estas son: 1. compartir la pobreza de Jesús, 2. dar el primer lugar a la evangelización y 3. mirar siempre hacia adelante. Dicho de otra manera: olvido del pasado, pasión en el presente y esperanza en el futuro.

El evangelio ofrece así tres criterios de discernimiento para quienes están a punto de optar por Jesús, para que disciernan sus motivaciones y tengan claridad en las implicaciones de su decisión. El discipulado es una gracia que proviene del llamado, pero la respuesta supone una decisión humana que debe sopesarse con seriedad, responsabilidad y verdad.

Primer criterio:

Compartir la pobreza de Jesús

El primer candidato al discipulado se acerca y le expresa a Jesús una disponibilidad sin condiciones: «Te seguiré a donde quiera que vayas». Jesús y los discípulos recién habían vivido el rechazo de los samaritanos. Jesús quiere que quienes lo sigan no sean ingenuos y responde sin rodeos: «las zorras tienen madrigueras y los pájaros, nidos; pero el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza». Lucas, desde el inicio del evangelio, desde el establo de Belén, ha presentado a Jesús sin morada; su vida es itinerante, precaria, no tiene hogar ni lugar. Seguir a Jesús supone dejar la comodidad de una vida instalada y la disposición para afrontar situaciones imprevistas y de pobreza.

El seguimiento de Jesús requiere de libertad, sólo así la mirada puede estar puesta en la meta y hacer que todo lo demás se vuelva secundario; lo que se recibe en el camino se acepta como don y no se reclama como derecho. En su respuesta, Jesús se refiere a si mismo como “el Hijo del hombre”, esta expresión nos remite al despojo de la Cruz, que es el camino que el Señor propone a sus discípulos.

Segundo criterio:

Privilegiar la evangelización colocándose en el horizonte de la vida.

El siguiente candidato, es llamado por Jesús; llama la atención el imperativo: ¡Sígueme! En este caso, la condición que pone quien es llamado es: «déjame ir primero a enterrar a mi padre»; este candidato a discípulo antepone algo al seguimiento; la meta de Jesús no es prioridad, pasa a segundo término ante lo que el que es llamado pone en primer lugar.

El evangelio no nos da mucha información sobre la situación, no sabemos si el que es llamado por Jesús a seguirlo quiere esperar hasta la muerte de su padre o sólo quiere cumplir con el deber de sepultarlo porque ya ha muerto. La respuesta de Jesús pone delante una prioridad: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios». El criterio es claro. Lo que se debe privilegiar es la evangelización, la misión no puede aplazarse; de quien asume la misión se espera una obediencia como la de Abraham, a quien se le pidió dejar patria y casa, para ponerse en camino a la tierra prometida.

Con este criterio Jesús no está aboliendo el cuarto mandamiento de la ley de Dios, que incluye la sepultura de los padres, como un deber estricto de piedad filial, pero si hace saber que los compromisos propios de la vocación constituyen un deber infinitamente superior. El amor de Dios, es sobre todas las cosas; está por encima del amor por la familia; esto, es una de las novedades del Reino.

El Reino que anuncia Jesús es de vivos, por eso dice «que los muertos entierren a sus muertos»; Jesús hace ver a quienes lo siguen, que en el discipulado está la plenitud de la vida, a la cual todos están llamados. Cuando se entra en el ámbito del Reino, se entra en el ámbito de la vida y ya no se debe dar marcha atrás.

Jesús no recomienda al discípulo que se desentienda de su familia, sino todo lo contrario. Lo fundamental es la evangelización, el anuncio del Reino y éste tiene una importancia superior a los deberes humanos más preciados, más aún, estos, deben interpretarse desde la perspectiva del Reino, y conducir al Reino las realidades más queridas, como es el caso de la propia familia.

Tercer criterio:

Mirar siempre hacia adelante.

El tercer candidato se acerca a Jesús, quiere seguirlo, pero el también tiene una condición: «Te seguiré, Señor; pero déjame primero despedirme de mi familia». Parece que hay decisión, que hay voluntad; sin embargo, hay un “pero”.

Hay que tomar en cuenta que en el contexto del evangelio, los miembros de una misma familia vivían dispersos; en este ambiente, la despedida, por sencilla que fuera, implicaba tiempo y el riesgo de “enfriar” o cambiar la decisión. La respuesta de Jesús procede de la sabiduría popular entre los campesinos y que antes de Jesús fue popularizada por Plinio “el Viejo” (23 a.C). Cuando se ara el campo, es imposible hacer un surco recto y profundo si se está mirando hacia atrás.

Jesús aplica la imagen a la consecuencia que implica la novedad del Reino: «el que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios». Son palabras duras, porque descalifican; Jesús no legitima con ellas la falta de amor a la familia; pero, si subraya que el seguimiento requiere un cambio, una ruptura entre el antes y el después de la decisión del seguimiento; las relaciones, incluidas las familiares, no pueden continuar de la misma manera. La opción por el Reino implica renuncias, como la de Jesús al tomar la determinación de dejar Galilea para dirigirse a Jerusalén.

Jesús pide a sus discípulos que al seguirlo, imiten también su entrega completa, firme y decidida a la misión; deben trabajar, como el que ara la tierra, labrando un humus distinto, el de la humanidad y consagrar a ese trabajo todos sus esfuerzos, sin distracciones; quien se distrae en esta tarea, no sirve para ella.

Jesús no acepta decisiones tibias; seguirlo supone en la vida una ruptura con el pasado; no se puede ver hacia adelante cuando la mirada está vuelta a los recuerdos, a las culpas, a las ataduras afectivas; la opción por el Reino, la decisión de seguir a Jesús exige un cambio de valores para vivir el presente y proyectar el futuro.

Conclusión: Decidir inspirados en Jesús

Llama la atención que sea Lucas, el evangelista de la misericordia, quien presente las exigencias del Reino a quien quiere pertenecer a él en el seguimiento de Jesús. El mensaje es claro: quien quiera seguir a Jesús debe decidirse totalmente por él.

Los momentos de la vida en los que tenemos que tomar decisiones son momentos de la verdad. Si se ha optado por el Reino, las decisiones deben inspirarse en los valores del Reino y tomarse con firmeza y determinación. El discipulado no admite la tibieza espiritual, ni las medias tintas en el apostolado; por el contrario, exige rupturas enérgicas con el pasado para abrirse a un futuro lleno de promesas.

Hoy aprendemos de Jesús, de su ejemplo y de su enseñanza, los pasos correctos para tomar la decisión fundamental de orientar la vida por el Reino. No sabemos si los candidatos al discipulado de los que habla el evangelio finalmente siguieron a Jesús o no; lo que si sabemos con certeza son las circunstancias y las condiciones que son necesarias para seguirlo. Corresponde a nosotros la respuesta.

 

[1] F. Oñoro, Para un seguimiento radical. Lectio Divina Lucas 9, 51-62. CEBIPAL/CELAM.

Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia

0
San-Pedro-y-San-pablo 29 de Junio 

Santos Pedro y Pablo, Apóstoles

Textos

† Del evangelio según san Mateo (16, 13-19)

En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”.

Luego les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Simón Pedro tomó la palabra y le dijo: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.

Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.

Yo te daré las llaves del Reino de los cielos; todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, columnas fundamentales de la Iglesia, cuyo martirio nos lleva a la contemplación del misterio de la Iglesia.

Una antiquísima tradición asocia a Pedro y a Pablo; por distintos caminos, ambos partieron de Jerusalén y llegaron a Roma, capital del Imperio que en ese momento era la potencia mundial. Se trasladaron a Roma para animar a las comunidades que en ese lugar daban testimonio de Cristo. Allí evangelizaron y sellaron su ministerio apostólico.

Pedro y Pablo son dos tipos distintos.

Pedro caminó con Jesús de Nazaret recorriendo Galilea, lo siguió con generosidad, asumió el liderazgo entre sus compañeros, vivió un proceso de discipulado con momentos álgidos por su carácter obstinado. Acompañó al Maestro hasta el fin, o mejor, casi hasta el fin, cuando su debilidad lo llevó a negarlo; pero su fidelidad fue finalmente la del amor primero de Jesús, porque la mirada misericordiosa del Señor le llegó bien hondo y lo llamó de nuevo.

Pablo, a diferencia de Pedro, no caminó con Jesús, ni escuchó sus parábolas, ni compartió́ con él la Cena. Más bien -a pesar de que escuchó hablar de él- lo que hizo fue combatir a los cristianos que propagaban su memoria y afirmaban su resurrección. También él experimentó la misericordia de Jesús Resucitado, que lo llamó en el camino de Damasco transformándolo en infatigable apóstol que abrió muchos y diversos caminos al evangelio y formó muchas de las comunidades que todavía hoy siguen inspirando las nuestras.

El entendimiento entre ellos no fue fácil. Ambos tuvieron que aprender los caminos de la “comunión”, que es núcleo del evangelio. Pablo cuenta con alegría como en la visita a Jerusalén Pedro, Santiago y Juan “nos tendieron la mano en señal de comunión” (Gál 2,9) pero también como luego tuvo que reprenderlo: “al ver que no procedía con rectitud, según la verdad del Evangelio.” (Gál 2,11-14).

La celebración de los santos apóstoles Pedro y pablo no es secundaria. Cada uno de ellos, con su propio carisma, de Jerusalén a Roma, siguieron el camino de la Palabra, para que la Buena Noticia de Jesús muerto y resucitado pudiera ser escuchada por todos, y para que con su enseñanza la vida en Jesús resucitado tomara forma en los nuevos ambientes en los que penetraba el Evangelio. Su ministerio amasó el pan de la Iglesia con la levadura del Evangelio.

Pedro dice quién es Jesús

El texto del evangelio que se proclama este día se centra en la persona de Pedro; después de escuchar lo que la gente dice acerca de él, Jesús pregunta a los discípulos ellos que es lo que dicen, es entonces cuando Simón le responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”

En esta confesión de fe, el apóstol articula la doble relación que identifica a Jesús. Primero, su relación con el pueblo; Jesús es el Cristo, el Mesías, el único, el último el definitivo rey y pastor del pueblo, que vino al mundo, enviado por Dios para dar a su pueblo y a la humanidad entera la plenitud de la vida. Segundo, su relación con Dios; Jesús es Hijo: vive una relación única, singular con Dios, caracterizada por el conocimiento recíproco, la igualdad y la comunión de amor.

En la confesión de fe, Simón revela a Dios como “viviente”, con lo que nos dice que se trata del único Dios, el verdadero y real, que es vida en si mismo, que ha creado todo y que tiene el poder de vencer a la muerte.

Jesús dice quién es Pedro

Después de que el apóstol ha hecho la confesión de fe, Jesús, le dirige unas hermosas palabras, que describen su identidad. Primero, Jesús se dirige a él con nombre y apellido: «Simón hijo de Jonás», con ello indica la realidad humana de Simón, su origen y su historia. Segundo. Jesús revela que la confesión de fe, no es obra de la inteligencia de Simón, sino que el Padre quien le ha dado ese conocimiento. Tercero, Jesús le pone un nuevo nombre: “Tú eres Pedro”, indicando que para Simón comienza una nueva vida. Cuarto, Jesús da a Pedro una nueva tarea, una nueva responsabilidad, que se sintetiza en tres símbolos:

El primer símbolo es la Roca. Pedro es la Roca sobre la Jesús edificará su Iglesia. La Iglesia es presentada como la comunidad de los que expresan la misma confesión del Pedro; éste, por su parte, tendrá la tarea de darle consistencia y firmeza a la comunidad de fe; al ministerio de Pedro, Jesús corresponde dotando a la comunidad de duración perenne y solidez.

El segundo símbolo es el de las llaves. Este símbolo no indica que Pedro sea el portero del cielo, sino el administrador, que representa al dueño de la casa ente los demás y que actúa por delegación suya.

El tercer símbolo es una tarea: atar y desatar: es una imagen que indica la autoridad de su enseñanza. Pedro debe decir qué se permite y qué no en la comunidad; él tiene la tarea de acoger o excluir de ella. El punto de referencia de su enseñanza es la misma doctrina de Jesús; por ejemplo, en el Sermón de la Montaña Jesús ya ha establecido cuál es el comportamiento necesario para entrar en el cielo (ver 5,20; 7,21). Por esto, aunque su referencia constante es la Palabra de Jesús, la enseñanza de Pedro tiene valor vinculante.

Jesús es el Señor de la Iglesia, es su Pastor, y nunca la abandona, por ello le da una guía con autoridad. Quien edifica la Iglesia es Jesús, Él es el fundamento, la piedra angular; a Pedro corresponde hacer visible este fundamento y esta piedra, siendo signo de unidad y de comunión entre todos los discípulos que confiesan la misma fe.

 

 

 

[1] F. Oñoro, Un testimonio firmado con la propia sangre. Lectio Divina de Mateo 16, 13-19. CEBIPAL/CELAM:

Deja las noventa y nueve.. y va en busca de la que se le perdió..

0
sagrado-corazon-de-jesusViernes siguiente al segundo domingo después de Pentecostés 

El Sagrado Corazón de Jesús

Textos

† Del evangelio según san Lucas (15, 3-7)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos y a los escribas esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’.

Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

Descargar los textos en PDF

Mensaje[1]

Hoy la Iglesia celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y la liturgia nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios a través del corazón de su Hijo que se revela a nosotros como el corazón de un buen pastor.

La imagen del pastor es muy querida por los profetas y ya Ezequiel había hablado de ella: «Aquí estoy yo, para cuidar personalmente de mi rebaño y velar por él… las reuniré de los países y las conduciré de nuevo a su suelo» (34, 11.13) El Evangelio de Lucas, como si quisiera continuar las palabras del profeta, reproduce las palabras de Jesús que se identifica con el buen pastor que siente un amor tan grande por sus ovejas que está dispuesto a dar su propia vida por ellas.

El Evangelio de Juan, dice que el Buen Pastor ama a las ovejas conoce una a una (10, 3), no como una masa indistinta; de hecho de cada una conoce la voz, el nombre, la historia, lo que necesita, y vierte todo su afecto y su esperanza en cada una. En una sociedad como la nuestra que se ha hecho virtual, anónima e individualista, es fácil que te olviden y desaparezcas.

El corazón de Jesús no olvida a nadie; el Señor nos ama y nos conoce a cada uno. Pero muchas veces somos nosotros, quienes nos alejamos y terminamos cansados y oprimidos, como aquellas muchedumbres que conmovieron el corazón de Jesús, porque le parecían como «ovejas que no tienen pastor» (Mt 9, 36).

El pastor bueno, recuerda Jesús, deja a las noventa y nueve ovejas en el redil para ir a buscar a la oveja perdida. «Buscaré la oveja perdida, tomaré a la descarriada», decía el profeta Ezequiel (34, 16). Jesús no abandona a ninguna de sus ovejas; siempre las recoge, las guarda y, quizás no una vez sino muchas, ha tenido que dejar a las otras noventa y nueve ovejas para ir a buscarnos a cada uno de nosotros y cargamos a hombros.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2019, 230-231