Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Mis palabras son Espíritu y Vida

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espíritu y vida 2 

Sábado de la III semana de pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (6, 60-69)

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús dijeron al oír sus palabras: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?” Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué sería si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne para nada aprovecha. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida, y a pesar de esto, algunos de ustedes no creen”.

(En efecto, Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo habría de traicionar). Después añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron para atrás y ya no querían andar con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También ustedes quieren dejarme?” Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿ a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Concluye el gran «discurso del pan» que Jesús está haciendo en la sinagoga de Cafarnaún. Todo el texto evangélico nos dice una verdad fundamental: Jesús «es» el pan y no sólo «tiene» el pan, como la gente pensaba tras ver el milagro de la multiplicación de los panes.

Esta afirmación de Jesús como «el pan de vida» la sienten como excesiva incluso los discípulos, los cuales se dicen unos a otros: «Este modo de hablar es intolerable». Ellos, en aquellas palabras, comprenden que «comer la carne y beber la sangre de Jesús» significa, como así es, acoger un amor tan grande que implique toda su vida.

No logran aceptar un amor tan grande y comprometedor. Prefieren estar libres de cualquier atadura. Es una tentación que en este tiempo parece afirmarse cada vez más ampliamente. Se prefiere estar solos consigo mismos. Entonces, si esta es la perspectiva que se afirma, ¿cómo es posible aceptar un vínculo como el que Jesús nos pide de formar parte de su propia carne?

Entonces es mejor abandonar a Jesús. Quizá aquellos discípulos habrían aceptado unirse a un Dios cercano, pero que no entrara profundamente en sus vidas. En otras palabras, amigos, pero de lejos; discípulos, pero hasta un cierto punto. Sin embargo, para Jesús la amistad es radical y determinante de la totalidad de la existencia. Este es el Evangelio que vino a comunicar a los hombres: la radicalidad de un amor que lleva a dar la vida por los demás, sin ponerse ningún límite, ni siquiera el de la muerte.

Este tipo de amor, los autores del Nuevo Testamento lo llaman «ágape», es más fuerte incluso que la muerte. Jesús no puede renunciar a comunicar este Evangelio de amor y a los discípulos, que se escandalizaban por estas palabras, les dice que se escandalizarían más si le vieran «subir adonde estaba antes». Jesús sabe bien que solo con los ojos de la fe es posible reconocerle y acogerle y les reafirma así que, sin la humildad de dejarse ayudar, es imposible comprender su Palabra.

Jesús, dolorido por el abandono de muchos discípulos, se dirige a los «Doce» y les pregunta: «¿También ustedes quieren dejarme?». Es uno de los momentos más dramáticos de la vida de Jesús. No podía renegar de su evangelio, incluso a costa de quedarse solo. El amor evangélico o es exclusivo, sin limitación alguna, o no lo es. Pedro, que tal vez vio los ojos de Jesús apasionados pero también inmóviles, se deja tocar el corazón y, tomando la palabra, dice a Jesús: «Señor, ¿ a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna». No dice «a donde» vamos a ir, sino «a quién» vamos a ir. El Señor Jesús es verdaderamente el único salvador nuestro.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 184-185.

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