Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: abril 2019

Se apareció Jesús a los Once

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Aparición a los once

Sábado de la Octava de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Marcos (16, 9-15)

Habiendo resucitado al amanecer del primer día de la semana, Jesús se apareció primero a María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios. Ella fue a llevar la noticia a los discípulos, los cuales estaban llorando, agobiados por la tristeza; pero cuando la oyeron decir que estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.

Después de esto, se apareció en otra forma a dos discípulos, que iban de camino hacia una aldea. También ellos fueron a anunciarlo a los demás; pero tampoco a ellos les creyeron.

Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no les habían creído a los que lo habían visto resucitado. Jesús les dijo entonces: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio a toda creatura”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La liturgia de la Iglesia nos anuncia una vez más la aparición de Jesús resucitado a María Magdalena, según la narración del evangelista Marcos.

María Magdalena, a quien Jesús había liberado de siete demonios, también para el segundo evangelista es la «primera» anunciadora de la resurrección. Ella, «que ha amado mucho» y que por ello mucho le ha sido perdonado, recibe el privilegio de ser la primera discípula del Resucitado y la primera a quien se confía la tarea de anunciar a los discípulos el Evangelio de la resurrección. Los apóstoles no la creen; son aún esclavos de la mentalidad de este mundo y sobre todo de su olvido.

No es suficiente estar «tristes y llorosos» para amar a Jesús; es decir, no es suficiente con nuestros sentimientos personales, nuestros pensamientos, nuestras consideraciones, lo que cuenta es escuchar a otro que habla en nombre de Jesús. La humildad, que es la puerta para acceder a la fe, exige escucha, o sea, estar atentos a algo que no es nuestro y que viene de lo Alto. He aquí la voz de una mujer que ha visto al Señor resucitado. Jesús, desde el primer momento de la resurrección, se sirve de la debilidad de esta mujer para confundir la presunción de los discípulos. La tradición bizantina, con una gran sabiduría espiritual, llama a María Magdalena «apóstol de los apóstoles».

Luego el evangelista retoma, aunque en pocas líneas, el encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaús y reitera que aún no se había aparecido a los apóstoles, es decir, a quienes había puesto al frente de su Iglesia. Una vez más los apóstoles no quieren creer a los dos discípulos que narran lo que les había sucedido. El evangelista parece querer subrayar la dificultad en creer en la resurrección desde el comienzo de la Iglesia, desde el primer día y por parte de los apóstoles, de aquellos sobre quienes se debe fundar la Iglesia. Pero las dificultades y la incredulidad de los apóstoles para creer en la resurrección, no pueden frenar la prisa por anunciar a todos la victoria de Jesús sobre la muerte.

Aquí hay una mujer y dos discípulos anónimos que sin tardar van enseguida a comunicar lo que han visto y oído. Esta página del Evangelio nos sugiere que a cada discípulo individualmente se le confía la tarea de comunicar la resurrección de Jesús, su victoria sobre el mal y sobre la muerte. No es casualidad que los primeros anunciadores del Evangelio de Pascua no hayan sido los apóstoles sino una mujer y dos discípulos anónimos.

La conclusión de la narración abre la mirada sobre la Iglesia entera (sobre los Once a quienes Jesús reprende por su incredulidad, y también sobre los demás discípulos) enviada a comunicar el Evangelio de la Pascua hasta los confines del mundo para que cada criatura sea abrazada por su fuerza liberadora. (Paglia, p. 166-167)

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 166-167

Es el Señor

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Pescadores

Viernes de la Octava de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Juan (21, 1-14)

En aquel tiempo, Jesús se les apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se les apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás (llamado el Gemelo), Natanael (el de Caná de Galilea), los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: “Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “También nosotros vamos contigo”. Salieron y se embarcaron, pero aquella noche no pescaron nada.

Estaba amaneciendo, cuando Jesús se apareció en la orilla, pero los discípulos no lo reconocieron. Jesús les dijo: “Muchachos, ¿han pescado algo?” Ellos contestaron: “No”.

Entonces él les dijo: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán peces”. Así lo hicieron, y luego ya no podían jalar la red por tantos pescados.

Entonces el discípulo a quien amaba Jesús le dijo a Pedro: “Es el Señor”. Tan pronto como Simón Pedro oyó decir que era el Señor, se anudó a la cintura la túnica, pues se la había quitado, y se tiró al agua. Los otros discípulos llegaron en la barca, arrastrando la red con los pescados, pues no distaban de tierra más de cien metros.

Tan pronto como saltaron a tierra, vieron unas brasas y sobre ellas un pescado y pan.

Jesús les dijo: “Traigan algunos pescados de los que acaban de pescar”. Entonces Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red, repleta de pescados grandes. Eran ciento cincuenta y tres, y a pesar de que eran tantos, no se rompió la red. Luego les dijo Jesús: “Vengan a almorzar”. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ‘¿Quién eres?’, porque ya sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio y también el pescado.

Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los Apóstoles, que habían abandonado sus redes para hacerse pescadores de hombres, vuelven a ser pescadores de peces. Ahora, cuando Jesús aparece, sin que le reconozcan, se repite la escena del comienzo. También esta vez han pescado en vano toda la noche. Es la experiencia de un trabajo sin frutos, la experiencia de pensamientos, de preocupaciones y de agitaciones que no tienen éxito. De hecho, sin la luz del Evangelio, es difícil obrar y dar frutos. Pero con Jesús que se acerca, surge el alba de un nuevo día.

Ellos le ven pero no le reconocen, pues están muy resignados. De todos modos, a pesar del cansancio, obedecen a aquellas palabras. Pero quizá el instinto a escuchar el Evangelio (un instinto hermoso que procede de la costumbre de la escucha), les empuja a probar y a arrojar las redes al otro lado. La pesca es abundante, desmedida. En este momento reconocen al. Señor: La eficacia del Evangelio les abre los ojos y el corazón. Quizá entienden mejor lo que Jesús les había dicho en el pasado: «Separados de mí no pueden hacer nada».

Solo con el Señor es posible lo que parece imposible. El discípulo del amor se da cuenta. Es él quien reconoce al Señor y se lo dice enseguida a Pedro quien, movido por la alegría, se arroja al mar para alcanzar a nado a Jesús. En aquella orilla los discípulos reviven la comunión con el Maestro. Jesús ya ha preparado para ellos las brasas con el fuego y espera los peces recogidos en la pesca milagrosa. Es el banquete del Resucitado con los suyos. Las palabras del evangelista evocan las de la multiplicación de los panes y de la Eucaristía. En efecto es precisamente la celebración de la Liturgia Eucarística el lugar donde se construye la comunidad de los discípulos, el lugar de la multiplicación del amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 165-166

La paz esté con ustedes

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manos llagas 

Jueves de la Octava de Pascua

Textos

† Del evangelio según san Lucas (24, 35-48)

Cuando los dos discípulos regresaron de Emaús y llegaron al sitio donde estaban reunidos los apóstoles, les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

Mientras hablaban de esas cosas, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”.

Ellos, desconcertados y llenos de temor, creían ver un fantasma. Pero él les dijo: “No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan? ¿Por qué surgen dudas en su interior? Miren mis manos y mis pies. Soy yo en persona. Tóquenme y convénzanse: un fantasma no tiene ni carne ni huesos, como ven que tengo yo”. Y les mostró las manos y los pies. Pero como ellos no acababan de creer de pura alegría y seguían atónitos, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?” Le ofrecieron un trozo de pescado asado; él lo tomó y se puso a comer delante de ellos.

Después les dijo: “Lo que ha sucedido es aquello de que les hablaba yo, cuando aún estaba con ustedes: que tenía que cumplirse todo lo que estaba escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos”.

Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, la necesidad de volverse a Dios y el perdón de los pecados.

Ustedes son testigos de esto”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio nos lleva al final del día de Pascua. Los dos discípulos de Emaús acaban de llegar al cenáculo para contar a los discípulos «lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan».

Los apóstoles, aún dominados por el miedo, seguían encerrados en el cenáculo, para ellos un lugar ciertamente lleno de recuerdos, pero que corría el riesgo de convertirse en un refugio cerrado. Es un miedo que todos conocemos bien: ¡cuántas veces, de hecho, cerramos las puertas del corazón, las de la casa, del grupo, de la comunidad, de la familia, para permanecer tranquilos o por temor de perder algo!

Pero el Resucitado continúa estando entre nosotros, es más, se coloca en el centro, no a un lado como una persona más, como una palabra entre tantas otras. Entra y se coloca en medio, como la Palabra que salva. Las primeras palabras de Jesús resucitado son el saludo de paz: «La paz esté con ustedes». Los discípulos, miedosos, creen que es un fantasma. Habían escuchado a las mujeres decirles que habían encontrado a Jesús vivo. Pero la distancia que habían puesto entre ellos y Jesús ya durante los días de la pasión había ofuscado hasta tal punto su mente y endurecido tan fuertemente su corazón, que no lograban ir más allá de sus miedos.

El evangelista parece sugerir que la incredulidad se apodera siempre de los creyentes cada vez que se alejan de Jesús y se dejan dominar por los miedos por sí mismos. Jesús, que se coloca en medio, les dice enseguida: «La paz esté con ustedes». Es la primera palabra del Resucitado, sí, el primer fruto de la resurrección es la paz. Ciertamente no es la paz de la propia tranquilidad sino la que nace del amor por los demás. La paz de la Pascua no bloquea, sino que empuja con fuerza a salir de uno mismo para ir al encuentro de los demás.

La paz pascual es una energía nueva de amor que colma el mundo. La Pascua, aunque sea vivida por un pequeño grupo, incluso al comienzo por algunas mujeres, es para todos, es para el mundo. A los apóstoles esto les parece imposible. Jesús está definitivamente muerto, han matado su palabra para siempre. No creen lo que él mismo les había dicho en otras ocasiones, que después de su muerte resucitaría. Se llenan de miedo al verle, piensan que se les ha aparecido un fantasma. Jesús les reprende amorosamente: «¿No teman; soy yo. ¿Por qué se espantan?», y les repite lo que tantas veces les había dicho en el pasado: le darían muerte pero él resucitaría. ¡Cuántas veces tampoco nosotros creemos las palabras de Jesús! Pensamos a menudo que son veleidosas, igual que un fantasma.

El Evangelio crea una realidad nueva, una comunidad nueva, real, hecha de personas que antes estaban dispersas y llenas de miedo, y que tras escucharlo se vuelven a encontrar juntas en una nueva fraternidad. Es lo que ocurre ese día cuando Jesús se pone a comer con ellos, continúa la vida de antes de la Pascua. Aquella comida les volvía a unir con Jesús. Ahora aprendían que siempre estaría con ellos. Es lo que nos sucede también a nosotros, y a los discípulos de todos los tiempos, cada vez que estamos alrededor del altar del Señor para partir su mismo cuerpo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 163.