Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Mujer, ¿por qué estás llorando?

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Jesús resucitado y mujerMartes de la Octava de Pascua

 

Textos

† Del santo Evangelio según san Juan (20, 11-18)

El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro de Jesús. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno en la cabecera y el otro junto a los pies. Los ángeles le preguntaron: “¿Por qué estás llorando, mujer?” Ella les contestó: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo habrán puesto”.

Dicho esto, miró hacia atrás y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Entonces él le dijo: “Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién buscas?” Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: “Señor, si tú te lo llevaste, dime dónde lo has puesto”. Jesús le dijo: “¡María!” Ella se volvió y exclamó: “¡Rabuní!”, que en hebreo significa ‘maestro’. Jesús le dijo: “Déjame ya, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre y su Padre, a mi Dios y su Dios’”.

María Magdalena se fue a ver a los discípulos para decirles que había visto al Señor y para darles su mensaje. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

María Magdalena se ha quedado junto al sepulcro y llora la muerte de su Señor. La pérdida de la única persona que la había entendido y liberado de la esclavitud de siete demonios no ha hecho que se quede en casa petrificada en el dolor y bloqueada en la resignación y la derrota. Por el contrario, la empujó a ir al sepulcro para estar cerca de él: no podía estar sin el maestro, aunque estuviera muerto.

¡Qué lejos estamos del amor de esta mujer! Nosotros lloramos la pérdida del Señor demasiado poco. Sin duda María está desconsolada, pero no resignada. Pregunta dónde está Jesús a todos, a los dos ángeles y al «jardinero». Sólo le interesa buscar al Maestro. Es realmente el ejemplo de la verdadera creyente, de quien no deja de buscar al Señor. Pregunta también al «jardinero»: ve a Jesús con los ojos, pero no le reconoce. Sólo cuando oye que la llama por su nombre, se le abren los ojos.

Esto es lo que nos pasa también a nosotros con el Evangelio. No son los ojos los que nos permiten reconocer a Jesús, sino su voz y su palabra. Escucharle con el corazón de aquella mujer, y si lo hacemos, aunque sea sólo una vez, significa no abandonar ya al Señor. De hecho, la familiaridad con las palabras del Evangelio es familiaridad con el Señor: es el camino para verle y encontrarle.

María se arroja a los pies de Jesús y le abraza con el cariño anhelante de quien ha vuelto a encontrar al hombre decisivo de su vida. Pero Jesús le dice: «Deja de tocarme … Pero vete a mis hermanos». El amor evangélico es una energía que empuja a ir más allá. María fue incluso más feliz mientras corría de nuevo hacia los discípulos para anunciar a todos: «¡He visto al Señor!». Ella, la pecadora, se convirtió en la primera «apóstol» del Evangelio de la resurrección.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 161-162.

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