Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

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Crucificado Viernes Santo de la Pasión del Señor

Textos

† Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según San Juan (18, 1-19,42)

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Mensaje[1]

La Santa Liturgia del Viernes Santo comienza con el celebrante postrado en el suelo. Es un signo: imitar a Jesús postrado en tierra por la angustia en el Huerto de los Olivos. ¿Cómo permanecer insensibles ante un amor tan grande que llega hasta la muerte con tal de no abandonarnos?

Jesús no quiere morir: «Padre mío, si es posible que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú». Jesús sabe bien cuál es la voluntad de Dios: «Y ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite el último día». La voluntad de Dios es evitar que el mal nos engulla, que la muerte nos arrastre. Jesús no la evita, la carga sobre sí para que no nos aplaste; no quiere perdemos. Ninguno de sus discípulos, de ayer o de hoy, debe sucumbir a la muerte.

Por eso la pasión continúa. Continúa en los numerosos huertos de los olivos de este mundo donde sigue la guerra y donde se hacinan millones de refugiados. Continúa allí donde hay gente postrada por la angustia; continúa en los enfermos abandonados en su agonía; continúa allí donde se suda sangre por el dolor y la desesperación.

La pasión según san Juan comienza precisamente en el Huerto de los Olivos, y las palabras que Jesús dirige a los guardias expresan bien su decisión de no perder a ninguno. Cuando llegan los guardias es Jesús quien va a su encuentro: «¿A quién buscan?». A su respuesta: «A Jesús el Nazareno», contesta: «Si me buscan a mí, dejen marchar a éstos». No quiere que los suyos sean golpeados; al contrario, quiere salvarlos, preservarlos de todo mal.

¿De dónde nace la oposición contra él? Del hecho de que era demasiado misericordioso, de su amor por todos, incluso por sus enemigos. Frecuenta demasiado a los pecadores y publicanos, y además perdona a todos, incluso con facilidad. Para él habría bastado con quedarse en Nazaret, bastaba con que hubiera pensado un poco más en sí mismo y un poco menos en los demás y ciertamente no habría acabado en la cruz. Pedro hace esto: sigue un poco al Señor, luego vuelve sobre sus pasos, pero ante una portera niega incluso conocerle. Por el contrario, Jesús no reniega ni del Evangelio, ni de Pedro, ni de los demás. Sin embargo, en un cierto momento habría bastado muy poco para salvarse. Pilatos está convencido de su inocencia, y le pide sólo alguna aclaración. Pero Jesús calla. «¿A mí no me hablas? -le pregunta- ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Pedro habla y se salva; Jesús calla porque no quiere perder a ninguno de los que le han sido confiados y es crucificado.

También nosotros estamos entre los que el Padre ha confiado a sus manos. Él ha tomado sobre sí nuestro pecado, nuestras cruces, para que todos fuéramos liberados. En el corazón de la Liturgia del Viernes Santo la cruz entra solemnemente, todos se arrodillan y la besan. La cruz ya no es una maldición, sino Evangelio, fuente de una vida nueva: «Se entregó por nosotros a fin de rescatamos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo que fuese suyo», escribe el apóstol Pablo.

Sobre esa cruz ha sido derrotada la ley del amor por uno mismo. Esta ley ha sido destruida por aquel que ha vivido por los demás hasta morir en la cruz. Jesús ha arrancado de los hombres el miedo a servir, el miedo a no vivir sólo para uno mismo. Con la cruz hemos sido liberados de la esclavitud de nuestro yo, para extender las manos y el corazón hasta los confines de la tierra.

No es casualidad que la Liturgia del Viernes Santo esté marcada de modo muy particular por una larga oración universal; es como alargar los brazos de la cruz hasta los confines de la tierra para hacer sentir a todos el calor y la ternura del amor de Dios que todo lo supera, todo lo cubre, todo lo perdona, todo lo salva.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 154.

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