Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: marzo 2019

Todo reino dividido, perece…

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Cuaresma

Jueves de la III semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (11, 14-23)

En aquel tiempo, Jesús expulsó a un demonio, que era mudo. Apenas salió el demonio, habló el mudo y la multitud quedó maravillada.

Pero algunos decían: “Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de, los demonios”. Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.

Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: “Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa.

Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios,eso significa que ha llega do a ustedes el Reino de Dios.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo desparrama”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús dificultades a causa de su predicación. Él no dejaba de luchar contra el mal que esclaviza a los hombres. Un día, escribe Lucas, Jesús expulsaba un espíritu mudo de un hombre al que hacía incapaz de comunicarse con los demás.

El diablo es verdaderamente -como indica el significado literal del término- el espíritu de la división, el que separa los unos de los otros. Es el príncipe de la soledad que continúa todavía hoy esclavizando a los hombres, creando barreras entre unos y otros. Es el inspirador de la imposibilidad de comunicación entre las personas, los pueblos y las naciones. Su presencia constante da razón de la increíble frecuencia de las tensiones y los conflictos en nuestra sociedad. Él, el príncipe del mal no deja de trabajar para que la enemistad se extienda por todas partes.

Los discípulos están llamados a estar atentos y vigilantes para no ser cómplices de este infierno que genera conflictos y guerras. Las acusaciones vertidas contra Jesús llegan hasta un punto increíble. Sin embargo el mal no se resigna: es verdaderamente descarado, y sigue actuando incluso cuando su obra destructora se hace evidente. Sólo el Señor hace el bien Y difunde del amor, y por eso Jesús es el más fuerte, el que puede guardar la casa de la que habla el Evangelio. Y la casa es el corazón de cada uno de nosotros, que es puesto a prueba por las tentaciones. Pero también la propia comunidad cristiana puede ser la casa constantemente hostigada por las fuerzas del mal. Sólo quien confía en el Señor, sólo quien escucha su palabra con fidelidad, puede derrotar el poder del mal y recoger, para sí y para todos, frutos de amor y esperanza.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 126-127.

La plenitud de la ley y los profetas…

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ley

Cuaresma

Miércoles de la III semana

Textos

 

† Del evangelio según san Mateo (5, 17-19)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.

Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús, como se muestra en el pasaje evangélico de Mateo, es muy consciente de la importancia de la Ley, y afirma con claridad: « No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud». El evangelista, probablemente inmerso en una polémica con algunos cristianos que ponían en segundo plano la Ley hebrea, refiere la afirmación de Jesús de no haber venido a abolir sino a dar cumplimiento a las Escrituras, desde Abrahán y Moisés hasta los Profetas. Esto significa que en cada página de la Escritura, incluso en cada «i»), hay una referencia a Jesus.

La historia que narra el amor de Dios por su pueblo encuentra su culminación en Jesús. Por ello Jesús se convierte, para la comunidad cristiana, en la clave para la interpretación de todas las páginas del Antiguo Testamento. Y es en este sentido que los cristianos afirman que el cumplimiento de la Ley es el amor evangélico, ese amor sin límites de Dios por nosotros que ha llevado a Jesús hasta la cruz. Se puede incluso decir que el que ama cumple la Ley del Señor.

La Biblia, por tanto, debe ser escuchada página a página, porque cada una de ellas contiene un momento de la historia de este extraordinario amor de Dios por los hombres. Cada página debe ser meditada y custodiada con esmero y devoción. Debemos, desear que surja una verdadera devoción por este santo Libro que contiene la Palabra de Dios; así como existe la devoción a la Eucaristía, debería también afirmarse esta otra devoción hacia las Santas Escrituras.

Es bonito que el papa Francisco exhorte a toda Iglesia diocesana a establecer un domingo para celebrar la «fiesta de la Biblia». Y podemos recordar también el ejemplo de san Francisco, que exhortaba a los hermanos a recoger siempre los pedazos de papel caídos al suelo (en aquella época se trataba de códices en los que era fácil que hubiera transcripciones de pasajes bíblicos) porque podían contener palabras evangélicas. El discípulo, siguiendo al Maestro, debe también acoger en su corazón toda palabra de las Santas Escrituras y llevarla a cumplimiento en la vida de cada día. (Paglia, p. 125-126)

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 125-126.

Si mi hermano me ofende

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perdonar

Cuaresma

Martes de la III semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (18, 21-35)

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” Entonces les dijo Jesús: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.

Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.

Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.

Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Pedro se acerca a Jesús y le pregunta cuántas veces debe perdonar. Para mostrar su generosidad hace un ofrecimiento: siete veces. Es una pregunta que quiere superar el instintivo y comprensible «ojo por ojo y diente por diente». En definitiva, Pedro está dispuesto a soportar las ofensas más de cuanto se le pide, pero pone un límite que Jesús suprime con su respuesta.

El perdón, en realidad, es como el amor, sin límites ni fronteras, y Jesús impone a Pedro y a los discípulos que se dispongan a un perdón ilimitado: «No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete», es decir, siempre. Sólo de ese modo se desactiva el mecanismo que regenera continuamente el pecado, la división y la venganza entre los hombres.

Jesús, viendo la perplejidad de Pedro, le ayuda a entender la exigencia de un perdón ilimitado valiéndose de una parábola que habla de un rey que hace cuentas con sus siervos. Uno de ellos tiene una deuda imposible de pagar: diez mil talentos (equivalentes a miles de millones de pesos). El siervo prometió algo irrealizable y suplicó al rey paciencia. La magnanimidad del rey lo llevó a cancelar completamente la deuda. Podemos imaginar la alegría de aquel siervo.

Paradójicamente este siervo absuelto de su deuda no aprendió la lección de misericordia que tuvo el rey con él; cuando a su vez encontró a un compañero que tenía una pequeñísima deuda con él, no tuvo paciencia, no escuchó su súplica de clemencia y lo metió a la cárcel. La conclusión para él es dramática: enterado el rey de la dureza de su corazón, lo castigó con dureza,

Quien se deja guiar por la dureza del corazón se verá castigado por esa misma dureza. Jesús, con esta parábola, nos recuerda nuestra condición de deudores ante Dios, y nos invita a dar gracias al Señor por su gran misericordia que todo lo perdona. Vigilémonos a nosotros mismos y tratemos de imitar la misericordia de Dios. Es frecuente que seamos indulgentes con nosotros mismos y exigentes, e inflexibles ante las demandas de los demás. Por eso en la oración del Padrenuestro Jesús nos hace decir: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». La parábola que hemos escuchado nos hace comprender la gravedad de esta petición nuestra. Convirtamos nuestro corazón al Señor y acojamos su misericordia.

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 124-125.