Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Su rostro cambió de aspecto

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Transfiguracion Cuaresma

Domingo de la II semana 

Textos

† Del evangelio según san Lucas (9, 28-36)

En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes.

De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.

Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.

No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo.

De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.

Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[[1]

El domingo pasado, decíamos que el relato de las tentaciones es el pórtico para iniciar el camino cuaresmal; este domingo podríamos decir que la escena de la transfiguración es el telón de fondo; presenta el horizonte del itinerario y nos ayuda a concentrar nuestra mirada en Jesús el Hijo amado, el elegido, a quien Dios nos invita a escuchar.

El relato retoma un punto que quedó en suspenso el domingo pasado; recordemos que en la última tentación, ubicada en Jerusalén, el tentador se jugo el todo por el todo poniendo a prueba a la fidelidad de Jesús como Hijo de Dios; con la fuerza de la Palabra, Jesús conminó al enemigo malo a no poner a prueba a Dios y el diablo, concluidas las tentaciones, se retiró esperando la hora.Ahora, en la escena de la transfiguración, encontramos de nuevo la referencia a Jerusalén y a la hora de Jesús: «De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.». Jerusalén es el destino del camino de Jesús, allí vivirá la hora definitiva, será probado nuevamente en su fidelidad como Hijo de Dios.

El contexto

Para introducirnos en la contemplación de la escena de la transfiguración, tomemos en cuenta el contexto del relato.

En el capítulo 8 del evangelio de Lucas, una vez que Pedro ha reconocido a Jesús como Mesías; Él comienza a introducir a sus discípulos en la comprensión del misterio de su persona, anunciándoles su pasión muerte y resurrección; les dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día».

Cuando leemos el evangelio caemos en la cuenta que las palabras y las obras de Jesús, con las que anunciaba el Reino de Dios, fueron aceptadas por algunas y rechazadas por otros. Quienes las rechazaron, comenzaron a hostigarlo, le hacían preguntas capciosas, lo provocaban, lo espiaban y buscaban motivos para acusarlo. Jesús no era ingenuo, sabía lo que sucedía y cada una de estas insidias eran para Él una tentación, una prueba; por eso, en el evangelio de Lucas, en los momentos decisivos de su misión, lo vemos haciendo oración, experiencia en la que se fortalecía para seguir en el camino de entrega amorosa con la que anunciaba y manifestaba la cercanía de Dios.

En este contexto entendemos el anuncio de la pasión que hacía a los discípulos; los veía tan entusiasmados que percibía la ilusión que tenían de un Mesías como muchos lo esperaban: glorioso, poderoso, guerrero, justiciero; Jesús no los engaña, les advierte que la fidelidad al Reino va en otra dirección, que ser testigos del Reino exige dar testimonio de la fidelidad de Dios con la entrega de la propia vida.

Además de anunciarles su pasión, en un segundo momento, Jesús implica también a sus discípulos, diciéndoles «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame». Los discípulos no pusieron resistencia ante este primer anuncio de la pasión; el evangelista nos deja saber por qué: “Pero ellos no entendían lo que les decía; les estaba velado de modo que no lo comprendían y temían preguntarle acerca de este asunto» (Cf. Lc 9, 45: 18,34). La oscuridad de los discípulos ante el misterio de la Cruz no era porque tuvieran una resistencia interior, sino porque no alcanzaban a comprender lo que significaba; Jesús los llevará por un camino gradual de comprensión.

El relato de la transfiguración conecta directamente con la confesión de Pedro y con el primer anuncio de la pasión; es una forma distinta de anuncia lo mismo, que nos revela el significado del misterio pascual de Jesús y la forma como se implican los discípulos que le siguen; se trata de una revelación más profunda del cómo y por qué el camino del sufrimiento conduce a la gloria de la pascua.

El texto

Nos encontramos ante un relato de teofanía, es decir, de manifestación divina; en el que el ver y el oír ocupan un lugar central. Se distinguen cuatro partes: La primera presenta la circunstancia: Jesús sube al monte a orar con tres discípulos. La segunda presenta la visión de la gloria de Jesús y de los profetas sufrientes. La tercera presenta la audición del querer del Padre que habla desde la nube. La cuarta, la conclusión: Jesús queda sólo y los discípulos callan.

Este relato lo encontramos en los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas; en cada evangelista tiene detalles particulares que ayudan a leer el respectivo relato de manera novedosa. Lucas hace notar que Jesús subió a la montaña «para hacer oración»; habla de la gloria de Moisés y de Elías: «aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor»; indica el tema de conversación de estos personajes con Jesús: «hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén»; advierte que los discípulos  estaban rendidos de sueño» y que «despertándose, vieron la gloria de Jesús»; señala que sólo Pedro tomó la Palabra cuando Moisés y Elías se marcharon y que llamó a Jesús con sumo respeto diciéndole «Maestro»; narra que en la nube, Jesús recibe el calificativo de «Hijo elegido» y destaca al final del relato que los discípulos «guardaron silencio».

Escuchar a Jesús

La parte central del relato se concentra en lo que los discípulos vieron y oyeron en la experiencia de la transfiguración.

La transfiguración acontece en un contexto de oración. Es una experiencia de comunicación intensa de Jesús con su Padre. No conocemos las palabras sino el efecto transformador que tiene en él. El relato no reporta ninguna palabra de Jesús, pero la mirada no se parata en ningún instante de su persona; en los discípulos, con quienes pueden identificarse quienes leen el relato, predomina una actitud de atención a cada detalle.

El cambio externo que se produce en Jesús no pretende anticipar y confirmar su futura gloria de resucitado, como a veces se insiste. Si así fuera alimentaría el mesianismo equivocado de los discípulos y presentaría la pasión y muerte de Jesús como una representación con un final feliz anticipado.

En esta experiencia que contemplamos junto al relato de las tentaciones, Jesús es confirmado en su identidad y misión: el camino que ha elegido, su estilo de vida y mensaje es lo que Dios quiere. Hay dos elementos que lo corroboran Moisés y Elías que conversan con Él y la voz que sale de la nube.

En las Escrituras, Moisés y Elías no son como el común de los mortales ambos son personajes decisivos dentro de la historia del pueblo de Dios; tuvieron en común que, obeciendo a Dios, fueron servidores del pueblo de Dios y el cumplimento de esta misión les costó mucho sufrimiento; de manera que en el diálogo con Jesús en el relato de su transfiguración ellos son testigos de lo que vivieron en carne propia como profetas rechazados, con una misión que casí les costó la vida; además, Moisé y Eías fueron servidores de los caminos e Dios en medio de la testarudez de un pueblo que en más de una ocasión se puso contra ellos; pero su sufrimiento valió la pena; su testimonio es modelo de la gloria que resplandece desde el dolor que se vive en función de los demás, al servicio de la obra salvífica de Dios en el mundo. Moisés y Elías al lado de Jesús, que está a punto de comenzar el camino decisivo, ellos mismos ahora “rodeados de esplendor”, dan testimonio de que efectivamente por ese camino se llega a la plenitud de la vida.

Más tarde, al final del evangelio, Lucas nos dirá que Todo lo que ha sucedido en el camino y en la Pascua de Jesús fue el cumplimiento de lo que “está escrito en la Ley y en los Profetas” (Lc 24,44), es decir en la Escritura. Moisés y Elías representan la “Ley y los Profetas”.

Desde la nube que cubrió a la montaña Dios dejó oir su voz. La formación de la nube que “los cubrió con su sombra” evoca la divina presencia que llenó con su gloria la tienda del encuentro; la misma gloria de Yahveh que cubrió la santa montaña y en la cual entró Moisés. La nube nos indica dos cosas: Primera: no hay necesidad de la tienda que Pedro quiere hacer, porque Dios mismo es quien la hace al cubrir con la nube la montaña. Segunda: es el Padre, en última instancia, quien conduce a la gloria y quien invita ahora a los discípulos a entrar también en ella. Recordemos que la transfiguración de Jesús es obra de Él.

El elemento central de la manifestación de Dios: « De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”» Los términos nos recuerdan la escena del bautismo de Jesús; pero notemos que ahora estas palabras no están dirigidas a Jesús sino a los discípulos indicándoles: eue Jesús es el “Hijo”, el “Elegido” -título característico del Mesías- y que  a Jesús hay que “escucharlo”.  El imperativo “¡; escúchenlo!” queda resonando en los oídos como la lección más importante del evento de la transfiguración para los discípulos espectadores.

Los discípulos al sentirse envueltos por la nube se asustan; pero es ahí donde son aleccionados sobre lo que se resisten a aceptar: la manera como Jesús realizará su voación mesiánica. Dios confirma, delante de sus discípulos, en su identidad y misión y revela a los discípulos que ése, cuya enseñanza no aceptan o comprenden, cuyos gestos les inquietan, es el Hijo, el Elegido, el Mesúas, quien tiene razón y a quien hay que escuchar.

La transfiguración desvela el sentido profundo de los acontecimientos, pero no dispensa a los discípulos de vivir la realidad en su dureza y ambigüedad. Aunque Pedro deseaba la contrario, la visión termina muy pronto y deja a todos frente a la realidad cotidiana. Es preciso que los discípulo afronten el mensaje y el camino de Jesús.

Ante la fragilidad que experimentamos en las tentaciones, cuando somos probados en nuestra fidelidad de hijos de Dios y discípulos de Jesús; ante la resistencia a tomar la cruz y seguir a Jesús, que se experimenta en las incomprensiones y en el sufrimiento que son consecuencias de amar entregando la vida y de ser testigos de la verdad y la justicia, la oración y la escucha de la Palabra nos ayudan a interpretar nuestra historia y nos confirman en las opciones que hemos hecho cuando estas corresponden a la voluntad de Dios; sin embargo, no debemos olvidar que las experiencias espirituales noo son para separarnos de la realidad, sino para ayudarnos a discernir y afrontar la historia en toda su profundidad, para ayudarnos a seeguir a Jesús y como discípulos suyos, entregar la vida siendo testigos del Reino de Dios.

 

 

 

 

 

[1] F. Oñoro, La Transfiguración de Jesús: con la mirada puesta en la meta del camino y a la escucha del Maestro. Lucas 9,28b-36. CEBIPAL; F. Ulibarri, Conocer, gustar y vivir la palabra, 87-90

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