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¿Qué tengo que hacer…?

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Lunes de la VIII semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (10, 17-27)

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó corriendo un hombre, se arrodilló ante él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?” Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no cometerás fraudes, honrarás a tu padre y a tu madre”.

Entonces él le contestó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde muy joven”.

Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo una cosa te falta: Ve y vende lo que tienes, da el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en los cielos. Después, ven y sígueme”.

Pero al oír estas palabras, el hombre se entristeció y se fue apesadumbrado, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dijo entonces a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!” Los discípulos quedaron sorprendidos ante estas palabras; pero Jesús insistió: “Hijitos, ¡qué difícil es para los que confían en las riquezas, entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios”.

Ellos se asombraron todavía más y comentaban entre sí: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” Jesús, mirándolos fijamente, les dijo: “Es imposible para los hombres, mas no para Dios. Para Dios todo es posible”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El texto del evangelio que consideramos se compone de dos partes: una vocación frustrada por el apego a la riqueza y algunas consideraciones sobre el significado de la riqueza para los discípulos.

El punto de partida entusiasma: un hombre busca el camino para la vida eterna. El hecho de que se dirija a Jesús habla en favor de la confianza que inspiraba el Maestro de Nazaret. Eran muchos los maestros que podían responder con sabiduría a esa pregunta. Aquel hombre speraba algo diferente, algo nuevo. Jesús le orienta hacia Dios y hacia algunos de los preceptos del decálogo -los diez mandamientos-, sobre todo a los relacionados con los deberes hacia el prójimo. El decálogo, expresión de la alianza del pueblo con Dios, sigue siendo, en efecto, el código de referencia esencial, que establece los mínimos que se esperan de una persona que es fiel a Dios; su cumplimiento es capaz de encaminar hacia la vida eterna.

Sin embargo, aquel hombre busca algo más. El decálogo, que ya observa puntualmente desde su juventud, no le basta. Necesita un impulso novedoso: «Ven y sígueme» es la novedad del mensaje. Es la persona de Jesús, el hecho de seguirle, lo que marca la diferencia. Jesús se pone en la línea del decálogo como expresión de la voluntad de Dios y, al mismo tiempo, como punto de partida. Jesús es ese «algo más» buscado. La observancia de una ley queda sustituida por la comunión con una persona, con Jesús, que manifiesta el rostro de Dios y es camino para llegar a Él.

Sin embargo, para seguir a Jesús es preciso abandonar el lastre y los diferentes impedimentos. Jesús había conocido a fondo a aquel hombre, gracias a la mirada amorosa que proyectó sobre él. El seguimiento exige una libertad interior que no tenemos mientras el los bienes materiales ocupen en nuestro corazón el lugar de Dios. El dinero es tirano y, en efecto, aferra al hombre que no consigue liberarse de él. El hombre del evangelio, es rico, su corazón está apegado a su riqueza y esta le impide da un paso que requiere libertad, por eso se aleja entristecido.

Llegados aquí, Jesús lanza una dura consideración sobre la riqueza, cuando se convierte, en impedimento para tener una vida plena. Jesús conoce y denuncia la fuerza seductora del dinero. Los ricos tienen dificultades para acceder a Dios cuando la riqueza lo sustituye y lo idolatran. El dinero confiere poder, y éste, es como una droga adictiva, difícil de dejar. La dificultad de su posición la expresa Jesús con una hipérbole, la conocida imagen del camello que pasa por el ojo de una aguja. «¿Quién podrá salvarse?» es la reacción de pasmo de los discípulos, acostumbrados a pensar que la riqueza era una bendición divina. Jesús responde que la salvación es don de Dios. Y éste es capaz de llevar a cabo lo imposible. Ese don no exonera del esfuerzo por liberarse y mantener el corazón libre del apego a la riqueza.

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 365-367.

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