Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: marzo 2019

Llegado el tiempo de la cosecha

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viñadores asesinosCuaresma

Viernes de la II semana

Textos

† Del evangelio según san Mateo (21, 33-43.45-46)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego la alquiló a unos viñadores y se fue de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro, y a otro más lo apedrearon.

Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo.

Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron.

Ahora díganme: Cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores?” Ellos le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”.

Entonces Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular.

Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable? Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.

Al oír estas palabras, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que Jesús las decía por ellos y quisieron aprehenderlo, pero tuvieron miedo a la multitud, pues era tenido por un profeta. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Para los que escuchaban esta parábola en tiempos de Jesús estaba claro que la viña representaba al pueblo de Israel y el dueño era Dios, que la cuidaba con increíble amor.

La parábola llega a su culminación cuando llega el tiempo de los frutos y el dueño manda a los siervos a recogerlos. La reacción de los viñadores es violenta: apenas llegan los siervos los apresan, a uno lo golpean, a otro lo matan y a otro lo lapidan. El dueño, desconcertado por esta violenta reacción, envía a otros, pero también ellos sufren la misma suerte.

Es una síntesis trágica de la recurrente historia de la oposición violenta a los «siervos» de Dios, a los hombres de las «palabra», a los justos y honestos de todo tiempo y lugar, por parte de los que quieren servirse sólo a sí mismos y acumular riquezas en su propio beneficio.

Pero el Señor –y aquí está el verdadero rayo de esperanza que salva la historia- no pierde nunca la paciencia. «Finalmente» dice Jesús, el dueño envía al hijo. Piensa para sí: «A mi hijo le respetarán». Pero la ira de los viñadores explota con más ferocidad: lo agarran, lo sacan «fuerza de la viña» y lo matan. Estas palabras describen a la perfección el rechazo a acoger a Jesús por parte no sólo de cada persona, sino del conjunto de la ciudad y de sus habitantes.

Jesús, nacido fuera de la ciudad de Belén, muere fuera de Jerusalén. Jesús, lúcida y valientemente, denuncia esta infidelidad que culmina con el rechazo y el asesinato del último y definitivo enviado de Dios. Él espera los «frutos de la viña» pero se le paga con la muerte de sus siervos primero, y al final la de su propio hijo.

Pero Dios no se resigna: de ese hijo nacen nuevos viñadores, que cuidarán la viña y darán nuevos frutos. Los nuevos viñadores se convierten en un nuevo pueblo. Su vínculo, sin embargo, no viene dado por la pertenencia a la sangre o por vínculos exteriores, aunque sean «religiosos», sino por la adhesión al amor del Padre.

El evangelista continúa diciéndonos que nadie puede reivindicar derechos de propiedad: todo es don del amor gratuito de Dios. El nuevo pueblo de Dios se ve cualificado por los «frutos» del Evangelio, es decir, de la fe que genera las obras de la justicia y la misericordia. En otras palabras, los frutos coinciden con la fidelidad al amor de Dios y a su Evangelio.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 119-120.

Lázaro, yacía a la entrada de su casa

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Pobre-Lazaro.jpgCuaresma

Jueves de la II semana

Textos

† Del evangelio según san Lucas (16, 19-31)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: “Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día.

Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico.

Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas.

Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham.

Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él.

Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí.

Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’.

Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’.

El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’.

Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó: ‘No, padre Abraham.

Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’.

Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto’ ”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

La página del Evangelio del pobre Lázaro es una de las más conocidas, en parte porque continúa describiendo una de las situaciones más comunes en la vida de las sociedades. El hombre rico que banquetea opíparamente no ha quedado relegado al pasado, ni tampoco Lázaro es una figura que haya desaparecido. Dos personas, dos situaciones: abajo Lázaro, con los ojos atentos a la mesa del rico en espera de que alguna migaja se caiga de ella y llegue hasta él; arriba el rico continúa banqueteando como si Lázaro no existiera. Ni siquiera lo ve.

Hoy existen pueblos de pobres que están a la puerta de los ricos en espera de las migajas. Ciertamente el rico de la parábola ha perdido el rostro además del nombre. Dios, en cambio, escoge estar de parte de Lázaro, lo llama por su nombre, como se hace con los amigos; descartado por los hombres es su predilecto y elegido para participar en el banquete del cielo.

Para el Señor, y por tanto para sus discípulos, la distancia entre el rico y Lázaro es un escándalo inaceptable al que no se puede encontrar justificación alguna. Ese gran abismo marca la suerte triste que le tocará al rico, de la que por desgracia se da cuenta tarde, cuando ya es imposible superarlo. Y sin embargo bastaba con un poco de atención durante su vida. Pero ahora la situación se ha invertido por completo.

En este punto el rico pide que al menos se advierta a sus hermanos, pero no sabe que para colmar ese abismo no hacen falta grandes esfuerzos, basta abrir las Escrituras. Si él lo hubiera hecho habría abierto no sólo los ojos del cuerpo sino los del corazón. Es lo que se nos pide a nosotros, especialmente en este tiempo de Cuaresma.

La Palabra de Dios toca nuestro corazón y lo empuja a la misericordia hacia tantos Lázaro que viven en nuestras ciudades. Evitemos que el abismo entre pobres y ricos continúe profundizándose y ensanchándose. Si escuchamos la Palabra de Dios y no a nosotros mismos veremos crecer la compasión hacia los más pobres, escucharemos su grito, veremos su necesidad y seremos capaces de ofrecerles mucha más que las migajas. Sabremos ofrecerles hasta un poco de amor, de amistad, de compañía. Podríamos decir, en términos evangélicos, que no solo de pan viven los pobres sino también de amor.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 118-119

El que quiera ser grande sea el servidor…

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Jesús enseña.jpg Cuaresma

Miércoles de la II semana

Textos 

† Del evangelio según san Mateo (20, 17-28)

En aquel tiempo, mientras iba de camino a Jerusalén, Jesús llamó aparte a los Doce y les dijo: “Ya vamos camino de Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, que lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen; pero al tercer día, resucitará”.

Entonces se acercó a Jesús la madre de los hijos de Zebedeo, junto con ellos, y se postró para hacerle una petición.

El le preguntó: “¿Qué deseas?” Ella respondió: “Concédeme que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, en tu Reino”.

Pero Jesús replicó: “No saben ustedes lo que piden.

¿Podrán beber el cáliz que yo he de beber?” Ellos contestaron: “Sí podemos”.

Y él les dijo: “Beberán mi cáliz; pero eso de sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; es para quien mi Padre lo tiene reservado”.

Al oír aquello, los otros diez discípulos se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús los llamó y les dijo: “Ya saben que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen.

Que no sea así entre ustedes.

El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo; así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se está acercando a Jerusalén, y por tercera vez, ahora de forma más extensa que las anteriores, confia a sus discípulos lo que le espera: el drama de la muerte, aunque añade también la resurrección.

Los discípulos, como a menudo nos sucede también a nosotros, no le escuchan , o piensan que exagera, como de costumbre. El evangelista narra que los discípulos, ante el drama que Jesús les comunica, tienen la cabeza en otra parte. Jesús está pensando con gran preocupación en lo que le ocurrirá en Jerusalén, y ellos en cambio se preocupan por el puesto que van a ocupar o que van a pedir. Jesús va hacia la cruz, y ellos piensan en «tronos de gloria».

Es cierto que la escena la inicia la madre de los hijos de Zebedeo, pero en ella estamos representados todos nosotros : la preocupación por uno mismo, por el futuro, por la propia colocación. Y en el fondo todos estamos convencidos de que eso no es algo tan equivocado. Pero el problema está en el hecho de que la concentración en uno mismo a menudo es tan profunda que nos vuelve ciegos y sordos ante el drama de quien está sufriendo realmente.

En Jesús angustiado , que pide consuelo, vemos también a todos los que hoy están condenados a la pobreza y la injusticia. El riesgo es que incluso nosotros, como esa madre y esos discípulos, estemos preocupados sólo por nosotros mismos. Jesús les dice: «No saben ustedes lo que piden». Cuando se pide sólo para uno mismo significa ser ciego, es decir, no saber qué es lo que se necesita pedir. Y Jesús, con gran paciencia, vuelve a enseñar a esos discípulos para que aprendan el camino que deben seguir, y por tanto las cosas que deben pedir.

Como un buen maestro Jesús parece incluso aceptar su ambición, pero le da la vuelta: «El que quiera ser grande entre ustedes, que sea el que los sirva, y el que quiera ser primero, que sea su esclavo». Es el camino contrario al que propone el mundo, al que nosotros buscamos instintivamente. Jesús, con su propia vida, nos muestra la alternativa respecto al estilo de vida del mundo y a los sentimientos egocéntricos que todos sentimos: «el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por la redención de todos». Se lo pide a sí mismo y a todo el que quiere seguirlo: es el camino hacia la Pascua de resurrección, que pasa sin embargo por la cruz.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 117-118.