Ecos de la Palabra

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Piden una señal

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Lunes de la VI semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (8, 11-13)

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo. Jesús suspiró profundamente y dijo: “¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal” . Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Marcos nos lleva de la mano en el seguimiento de Jesús, que ha regresado a territorio judío. Allí, paradójicamente, esta vez son los fariseos los que van a su encuentro. Pero a diferencia de los pobres y los débiles que acuden para implorar su compasión, los fariseos «se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo». No tienen buena intención, quieren obstaculizar la acción de Jesús, y desacreditarlo todo lo posible ante la gente. Su preocupación revela en realidad el miedo que tienen de perder su poder. La seguridad de estar en posesión de la verdad volvía ciegos sus ojos y endurecía sus corazones: ven los milagros que realiza Jesús, escuchan sus palabras de misericordia, son testigos del entusiasmo que suscita entre la gente, pero sus ojos no llegan a leer en profundidad lo que Jesús está haciendo. Aun teniendo ojos no ven, teniendo oídos no oyen.

Los signos que realizaba Jesús conducían al «signo» por excelencia, que era Jesús mismo. Pero eso era precisamente lo que los fariseos no veían, o no querían ver. Jesús, señala el evangelista, al escuchar su petición dio «un profundo gemido desde lo íntimo de su ser», como amargado por tanta dureza de corazón. Es precisamente la dureza del corazón la que impide leer en profundidad, espiritualmente, lo que está ocurriendo ante sus ojos. Ellos no aceptaban que un hombre tan bueno pudiera ser el Mesías salvador. Esa predicación y esos milagros que acercaban a los débiles y los pobres a Jesús, alejaban en cambio a los fariseos, que no querían ver la novedad del Evangelio. Sus ojos estaban apagados por sus prácticas y sus observancias, y no eran capaces de captar el sentido de los prodigios que Jesús estaba realizando entre la gente.

Cuando uno se encierra en sus propios horizontes, cuando no se escucha la Palabra de Dios como una novedad para la propia vida; cuando uno no se conmueve ante los pobres y los débiles, es fácil ser como aquellos fariseos que permanecían ciegos ante la luz. Esta página evangélica cuestiona una religiosidad mezquina y avara. Marcos escribe que Jesús, sorprendido por la actitud de aquellos fariseos, «se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta». Es lo que nos pide a nosotros: no perder el tiempo en discusiones estériles y pasar a la otra orilla, la de los pobres y las periferias. Están impacientes por recibir el Evangelio del amor.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, p. 96-97.

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