Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: febrero 2019

Una recompensa, una advertencia

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rostro de JesúsTiempo Ordinario

Jueves de la VII semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (9, 41-50)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.

Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar.

Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

Todos serán salados con fuego.

La sal es cosa buena; pero si pierde su sabor, ¿con qué se lo volverán a dar? Tengan sal en ustedes y tengan paz los unos con los otros”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Se abre este fragmento, cargado de advertencias más una sentencia positiva.

El texto inicia refieriendo un gesto de bondad motivado, es decir no simplemente instintivo o automático. Se trata de una acción modesta, como el ofrecimiento de un vaso de agua, pero se agiganta si pensamos que el contexto son zonas desérticas, en las que el agua es un bien precioso. Lo que cuenta sobre todo es la motivación, exquisitamente teológica: el agua se da «por el hecho de que son de Cristo». Quien así obra piensa en Jesús y ve en el otro a un hermano. Con esta condición, la acción no será olvidada y obtendrá su recompensa. Con ello no se pretende excluir el valor de la bondad natural: el bien siempre es el bien. Lo que aquí se quiere sugerir es el gran valor que lleva anexo una acción rica en motivación interior.

Sigue una serie amenazadora de dichos, catalizados en torno a la expresión «ser ocasión de escándalo», que se repite cuatro veces. El discurso se vuelve duro y sin posibilidad de apelación. Esta severidad explica la gravedad de la situación, que el lector debe percibir con toda su urgencia. El «escándalo» era, originariamente, una piedra de tropiezo que bloqueaba el normal proceder hacia la meta. Más tarde pasó a indicar un obstáculo puesto voluntariamente para impedir el camino del crecimiento y de la fe. El ámbito religioso del escándalo se comprende mediante el añadido «gente sencilla que cree en mí» o bien por el hecho de que la meta es «entrar en la vida» (la eterna, como es obvio). Son los miembros de la comunidad, llamados precisamente «pequeños», los afectados por el escándalo. ¿Quiénes son la «gente sencilla»? Son las personas, dotadas de un corazón libre, que han llevado a cabo una opción de fe. En consecuencia, la amenaza se dirige en particular a aquellos que bloquean la actividad espiritual de cuantos quieren ponerse a seguir a Cristo. La gravedad del escándalo se deja ver en la pena que le espera al culpable, una pena muy grave, pero que debe preferirse a pesar de todo: «sería mejor». La pena consiste en colgarle al cuello una piedra de molino y ser echado al mar.

A continuación, se ponen tres ejemplos -mano, pie y ojo- que son pares. Se parte de la hipótesis de un miembro o de un órgano humano que causa escándalo, después se sugiere privarse de él voluntariamente con una extirpación radical. Por último, se presenta el hecho de que es mejor gozar de la vida, la eterna, privados de ese órgano que poseerlo e ir a la perdición. Esta última se concretiza en la Gehenna, un pequeño valle situado al sur de Jerusalén, imagen popular del infierno a causa de las basuras que ardían allí continuamente. Era una especie de vertedero de basura de la ciudad, donde el fuego incineraba todos los desechos.

En este punto es necesario preguntarse por el significado de las palabras de Jesús. ¿Pide verdaderamente una mutilación cuando una parte del cuerpo es causa de escándalo? Para responder a la pregunta hemos de tener en cuenta tanto el género literario como el comportamiento de Jesús. Como en otros casos, las palabras son fuertes y despiadadas, a fin de indicar la gravedad de la situación. Estamos ante expresiones hiperbólicas, paradójicas, que han de ser comprendidas en su significado y no aceptadas en su sentido literal, porque llevarían a un contrasentido. La petición de Jesús está relacionada con la conversión, y ésta es total, es decir, alcanza todas las dimensiones de la existencia.  La mano o el pie o el ojo que pecan están dirigidos por un cerebro y por una voluntad enfermos. De nada serviría privarse de un miembro sin intervenir sobre las causas. La conversión tiene que ver con todo el hombre y no con una de sus partes. Marcos recuerda que la maldad viene del interior del hombre y no del exterior. La conducta de Jesús durante su vida pública refuerza esta interpretación. Jesús nunca le pidió a un pecador que se privara de alguna parte del cuerpo que hubiera sido ocasión de pecado. En definitiva, nos encontramos frente a unas palabras fuertes que deben ser comprendidas y acogidas con toda su severidad, sin someterse a una interpretación literal que estaría en contradicción tanto como el texto como con el comportamiento de Jesús.

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 335-337.

Si no está contra ti está contigo

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IslBGTiempo Ordinario

Miércoles de la VII semana

Textos

† Del evangelio según san Marcos (9, 38-40)

En aquel tiempo, Juan le dijo a Jesús: “Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”.

Pero Jesús le respondió: “No se lo prohibían, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí.

Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Estamos en la segunda parte del evangelio de Marcos, después de la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo. Ahora Jesús se encuentra más concentrado en la formación de los Doce, aunque no se olvida de instruir a las muchedumbres. Los discípulos, se sentían privilegados. Juan se erige en portavoz. Está preocupado porque alguien, que no pertenecía al grupo de los discípulos, realiza exorcismos «en nombre de Jesús»: es decir, con su autoridad.

La escena recuerda un caso conocido en el Antiguo Testamento, descrito en el libro de los Números ( (cf. 11,26-29). Dos hombres que habían sido convocados para ir a la tienda del encuentro y recibir el espíritu de profecía por medio de Moisés, no asistieron. A pesar de ello, el espíritu descendió también sobre ellos y empezaron a profetizar. Esto alarmó a alguno, que se apresuró a informar a Moisés. Josué le pidió expresamente a este último que impidiera esta profecía, aparentemente ilíicta. La respuesta de Moisés manifiesta su amplitud de miras: «¿Tienes celos por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!».

Del mismo modo, Juan quería prohibir a uno que ejerciera de exorcista «como no es de los nuestros, se lo prohibimos». Juan concebía el seguimiento como un privilegio antes que como un servicio, lo pensaba en términos de «exclusividad» antes que en términos de universalidad. Le faltaba la «amplitud de miras» suficiente para superar la estrechez de su experiencia. Le faltaba sobre todo una apertura misionera, una sensibilidad altruista, porque estaba empeñado en defender más que en difundir lo que era y lo que tenía.

Jesús no le reprende, sino que le corrige amablemente usando un argumento de sentido común. Realizar un exorcismo significa poseer la fuerza de Cristo  para vencer a Satanás. Quien usa esa fuerza está, necesariamente, en comunión con Cristo. Por consiguiente, no puede ser enemigo suyo. El texto concluye aludiendo un dicho sapiencial: si alguien no es enemigo tuyo, es amigo tuyo. Jesús se revela así como un maestro del buen sentido, abierto a la diversidad, que no es oposición, sino expresión de un sano pluralismo.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9., 325-326.

El primero sea el servidor de todos

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Jesús con niño en brazaos Tiempo Ordinario

Martes de la VII semana

Textos

†Del evangelio según san Marcos (9, 30-37)

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos atravesaban Galilea, pero él no quería que nadie lo supiera, porque iba enseñando a sus discípulos.

Les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte, y tres días después de muerto, resucitará”. Pero ellos no entendían aquellas palabras y tenían miedo de pedir explicaciones.

Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntó: “¿De qué discutían por el camino?” Pero ellos se quedaron callados, porque en el camino habían discutido sobre quién de ellos era el más importante.

Entonces Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo “El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús y los discípulos «atravesaban Galilea». Estas palabras del Evangelio de Marcos nos introducen en el viaje que Jesús acaba de empezar y que lo lleva desde Galilea hacia Jerusalén. El viaje que el Señor lleva a cabo junto a los discípulos es el símbolo del camino de la vida, del itinerario del crecimiento espiritual.

Por el camino, Jesús habla con los discípulos. Pero esta vez no se muestra como el maestro, sino como el amigo que abre su corazón a sus amigos más íntimos. Jesús, confía a los discípulos los pensamientos que agitan su corazón. Y les dice: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; le darán muerte». Es la segunda vez que les habla de ello. La primera vez Pedro, que había intentado disuadir a Jesús de su camino, es ásperamente reprendido. Jesús siente la necesidad de sincerarse de nuevo. Evidentemente le oprime una gran angustia. Es la misma que sentirá en el huerto de Getsemaní y que le hará sudar sangre. No obstante, una vez más, ninguno de los discípulos comprende el corazón y los pensamientos de Jesús.

Al llegar a casa, Jesús les pregunta acerca de lo que discutían por el camino. Pero «ellos callaron», dice el evangelista. El silencio es el signo de la vergüenza por lo que habían estado discutiendo. Y hacían bien en sentir vergüenza. La vergüenza es el primer paso de la conversión; en el discípulo, nace de reconocerse distante de Jesús y del Evangelio.  Cuando no sentimos vergüenza, cuando atenuamos la conciencia del mal que hacemos, nos excluimos del perdón. El verdadero drama de nuestra vida se produce cuando no hay nadie que nos pregunta, como hizo Jesús con los discípulos: «¿De qué discutían por el camino?». Sin esta palabra somos prisioneros de nosotros mismos y de nuestras míseras seguridades.

Escribe el evangelista: «Entonces se sentó, llamó a los Doce» y se puso a explicarles una vez más el Evangelio. Es una escena emblemática, un icono, para toda comunidad cristiana. Cada uno de nosotros, cada comunidad debe reunirse, y con frecuencia, alrededor del Evangelio para escuchar las enseñanzas del Señor, para dejarse corregir y para llenar el corazón y la mente de los sentimientos y de los pensamientos de Jesús. «Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Jesús no se opone a que los discípulos busquen una primacía, pero invierte el sentido de dicha primacía: el primero es el que sirve, no el que manda. Y para que entiendan bien lo que quiere decir, toma a un niño, lo abraza y lo pone en medio del grupo de los discípulos; es un centro no solo físico, sino de atención, de preocupación, de corazón. Aquel niño debe estar en el centro de las preocupaciones de las comunidades cristianas. Y explica por qué: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe». En los pequeños, en los indefensos, en los débiles, en los pobres, en los enfermos, en aquellos que la sociedad rechaza y aleja, en ellos está presente Jesús; es más, está presente el propio Padre.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 355-357.