Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: enero 2019

Calumnia

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Tiempo Ordinario

Lunes de la III semana

Textos

+ Lectura del santo Evangelio según san Marcos (3, 22-30)

En aquel tiempo, los escribas que habían venido de Jerusalén, decían acerca de Jesús: “Este hombre está poseído por Satanás, príncipe de los demonios, y por eso los echa fuera”.

Jesús llamó entonces a los escribas y les dijo en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Porque si un reino está dividido en bandos opuestos no puede subsistir.

Una familia dividida tampoco puede subsistir. De la misma manera, si Satanás se rebela contra sí mismo y se divide, no podrá subsistir, pues ha llegado su fin. Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Yo les aseguro que a los hombres se les perdonarán todos sus pecados y todas sus blasfemias. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo nunca tendrá perdón; será reo de un pecado eterno”. Jesús dijo esto, porque lo acusaban de estar poseído por un espíritu inmundo. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Este pasaje evangélico está precedido por dos versículos que expresan el juicio negativo que los familiares de Jesús tenían de él. Para sus parientes Jesús ha perdido el juicio; los escribas del descréditoa la calumnia acusándolo de estar poseído por el demonio. Esta última acusación es mucho más grave que la primera porque pone a Jesús del lado del enemigo de Dios. De hecho, actuaría inspirado por fuerzas malignas. Pero lo que no comprenden ni los parientes ni los escribas es por qué tanta gente acudía a Jesús. Y todos están contentos y llenos de esperanza cada vez que lo escuchan. Es esto lo que fastidia a los escribas, a los fariseos, y al final a sus propios parientes.

El bien crea también envidias, rompe equilibrios ilícitos o simplemente interroga, inquieta, pide una toma de postura. Y los fariseos de turno, o incluso los familiares, no soportan que Jesús, que el Evangelio, rompa los equilibrios establecidos por el propio egocentrismo, no aceptan que la vida escape de su control. Por eso tratan de todas formas de desacreditarlo ante la gente. Querrían que ya nadie acudiese a él. ¡Cuántas veces todavía hoy se busca desacreditar a la Iglesia, o a los creyentes, con mentiras y acusaciones del todo gratuitas!

Jesús, sin embargo, rebate a los escribas después de haberles puesto en evidencia con el ejemplo de la casa dividida en sí misma. E invita a no confiar en las propias fuerzas y a no estar seguros de nosotros mismos, porque se corre el riesgo de subestimar la fuerza del mal y sucumbir ante él; sólo Jesús es capaz de enfrentarlo y, por tanto, de no dejarse burlar por él. Los pobres, los enfermos, los pecadores, se habían dado cuenta de ello y por eso lo buscaban, confiando en su compasión y en su fuerza. Es una gran lección también para nosotros, que muchas veces estamos tentados por la autosuficiencia y somos incapaces de invocar la ayuda de Dios.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 71-72.

Ungido

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Tiempo Ordinario

Domingo de la III semana

 Textos

+ Del evangelio según san Lucas (1, 1-4; 4, 14-21)

Muchos han tratado de escribir la historia de las cosas que pasaron entre nosotros, tal y como nos las trasmitieron los que las vieron desde el principio y que ayudaron en la predicación. Yo también, ilustre Teófilo, después de haberme informado minuciosamente de todo, desde sus principios, pensé escribírtelo por orden, para que veas la verdad de lo que se te ha enseñado. (Después de que Jesús fue tentado por el demonio en el desierto), impulsado por el Espíritu, volvió a Galilea. Iba enseñando en las sinagogas; todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región.

Fue también a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga, como era su costumbre hacerlo los sábados, y se levantó para hacer la lectura. Se le dio el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y encontró el pasaje en que estaba escrito: El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.

Enrolló el volumen, lo devolvió al encargado y se sentó. Los ojos de todos los asistentes a la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a hablar, diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.  Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Comenzamos la lectura continua del evangelio de San Lucas. Encontramos a Jesús en la sinagoga de Nazaret, leyendo un texto de Isaías. Muchos consideran esta escena como la proclamación del discurso programático de Jesús. Contemplemos la escena.

El lugar

Jesús se encuentra en Nazaret, «el lugar donde se había criado», quienes están en la Sinagoga lo conocen, lo han visto crecer, se ha educado entre ellos, es miembro de la comunidad. La indicación del lugar tiene importancia. El testimonio de Jesús comienza entre los suyos. Esto no es fácil. El texto lo dirá más adelante. A primera vista podría pensarse que no hay mejor lugar para ser escuchado que el propio lugar de origen. La experiencia demuestra lo contrario y así sucedió con Jesús.

Se describe la práctica judía en la Sinagoga; su liturgia se componía de oraciones y lecturas. La parte central era la lectura de alguno de los libros de la Torá -la ley- y luego uno de los profetas. Después seguía un comentario edificante para la asamblea.

En la escena que contemplamos corresponde a Jesús la lectura del texto de Isaías 61,1-2 y 58,6 en el que se presenta al mensajero y el contenido del mensaje por parte de Dios. Lo primero que resalta es que el mensajero, el que lleva la buena nueva, es el Mesías, el ungido de Dios. Nadie puede hablar de Dios en nombre propio. La autoridad para hacerlo viene de la unción del Espíritu. Y precisamente a ello se refiere el texto de Isaías.

La identidad

El profeta dice «El Espíritu del Señor sobre mí». Al apropiarse Jesús este texto se presenta a si mismo como profeta, durante su ministerio y al final del mismo, los discípulos de Emaús se refirieron a él como «profeta poderoso en obras y palabras» (Lc 24,19).

La identidad de Jesús se irá profundizando y de la identidad profética se pasará a la de Hijo de Dios. El caso es que el evangelista desde el inicio de la vida pública de Jesús lo presenta como enviado, como alguien que no actúa por su cuenta sino que realiza, con la fuerza del Espíritu Santo, la misión que se le ha confiado.

La misión

Además de introducirnos en la identidad de Jesús, el texto que contemplamos este domingo nos permite una primera comprensión de la misión de Jesús. El texto de Isaías, que Jesús se apropia, lo presenta enviado «para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.» 

La misión de Jesús es presentada como una acción liberadora de todo lo que impida vivir en plenitud, de todo lo que sea carga y opresión para las personas. Dios está cerca de los que sufren para sostener su esperanza.

Con Jesús se inaugura un tiempo nuevo, la referencia al año de gracia nos remite al año jubilar, entendido como tiempo de restauración de las relaciones armoniosas de las personas con Dios, con las demás personas y con la naturaleza.

Las relaciones de dependencia, de esclavitud, de sometimiento, entre las creaturas y en cualquier ámbito de la vida, no están en los planes de Dios. Nuestra vocación es la libertad. La instauración de la soberanía de Dios implica la renuncia de toda relación injusta que perturbe o haga imposible a los demás vivir en plenitud. Por ello el anuncio es un mensaje de esperanza dirigido preferencialmente a los pobres, a los cautivos, a los ciegos, a los oprimidos. El reinado de Dios tiene como consecuencia la liberación de la humanidad, pero no una liberación política, sino una liberación universal, que alcanza todo tipo relación humana y que nace desde el interior del corazón.

La misión de Jesús se describe con los verbos anunciar, proclamar, significando con ello revivir la esperanza, invitar a todos a abrirse a la acción de Dios para que el Reino de Dios acontezca y se liberen los hombres de cualquier tipo de opresión, particularmente la opresión del pecado.

Ante la mirada de todos Jesús comenta el texto que ha leído de una manera sencilla pero perturbadora para sus oyentes: «hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Actualiza el texto que ha leído y lo interpreta apropiándoselo. Su identidad está definida y su misión esta delineada. Comienza su ministerio al servicio del Reino de Dios.

Identidad cristiana

Los discípulos de Jesús, por la efusión del Espíritu, somos ungidos y nos incorporamos a Cristo; compartimos con Él la identidad de Hijos de Dios y su vocación profética.

Esta identidad y misión la tenemos que vivir donde quiera que nos encontremos, comenzando por nuestra familia y nuestro lugar de origen. Es cierto que “nadie es profeta en su tierra” pero Jesús nos enseña a actuar con fidelidad a la conciencia que tenemos de nosotros mismos y a la misión que Dios nos confía.

Debemos acercarnos a la Biblia como creyentes, meditar su contenido que es Palabra viva de Dios que nos ayuda a profundizar nuestra vocación y a discernir los signos del tiempo que nos toca vivir. Meditar la Palabra nos hace actualizar el mensaje y apropiárnoslo, ayudándonos a ver cómo se cumple en nosotros su verdad de salvación.

Misión de discípulos

Los cristianos, ungidos por el Espíritu, somos, como Jesús, portadores de un mensaje de esperanza y liberación para la humanidad. La humanidad de nuestro tiempo vive muchas formas de esclavitud que encierran la experiencia humana en una noche oscura y la expone a muchas situaciones degradantes.

Ubicarnos en la historia como hijos de Dios y como profetas nos lleva a anunciar el Reino de Dios para que, acogido por corazones dispuestos, se humanicen nuestras relaciones y nos liberemos de cuanto nos oprime.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 64-65.

Descrédito

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Tiempo Ordinario

Sábado de la II semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 20-21)

En aquel tiempo, Jesús entró en una casa con sus discípulos y acudió tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse sus parientes, fueron a buscarlo, pues decían que se había vuelto loco. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús vuelve a la casa de Cafarnaúm. Y de inmediato se reúne una gran muchedumbre alrededor suyo, hasta el punto de impedirle incluso comer. Es siempre esa muchedumbre de necesitados por la que Jesús se conmueve y por la que no parece darse paz.

Esta escena evangélica interroga la pereza que muchas veces marca nuestra vida. ¿Cuántas veces nos dejamos llevar por nuestros ritmos personales, los que responden a nuestras exigencias, posponiendo completamente la consideración sobre si los demás necesitan ayuda? No podemos ser nosotros la medida de nuestros días y de nuestras preocupaciones; máxime cuando el Señor ha puesto personas a nuestro cuidado o junto a nosotros hay pobres y enfermos, de los que podemos hacernos responsables.

Y si nuestra vida adquiere ese ritmo también nosotros escucharemos las mismas críticas que se dirigían a Jesús de parte de sus familiares: «¡Exageras! ¡No puedes pensar sólo en los demás!», y así sucesivamente. Jesús, por su bondad, conoció todo tipo de acusaciones acusaciones; pero esto no lo hizo desistir de obedecer la voluntad del Padre.

Tenía doce años cuando, incluso a María y José, que lo buscaban preocupados, les respondió: «¿No sabían que yo debía estar en la casa de mi padre?». Sus parientes llegan incluso a decir que está «fuera de sí», que está loco, y tratan de llevárselo para devolverlo a la normalidad, a la monotonía de la indiferencia. Sin embargo, el Evangelio es como un fuego que quema y que mueve. Es la fuerza del amor que lleva siempre a «salir» de nosotros mismos, de nuestro pequeño horizonte para acoger el de Dios.

Quienes se ven confrontados por las palabras y las acciones de Jesús buscan desacreditarlo para restarle credibilidad. Es la lógica perversa que se activa cuando a una persona que da testimonio de la verdad y de la justicia se le quiere neutralizar: destruir su fama para que nadie crea en ella. A los oídos de los parientes de Jesús llegó el ruso ¡está loco!; no sabemos si lo creyeron o no, el caso es que van a buscarlo, como para constatar lo que se decía y hacerse cargo de él. Si nos ponemos en el lugar de Jesús y nos encontráramos en la situación de que no tener credibilidad ni con nuestros propios familiares por rumores que buscan desacreditarnos, seguramente experimentaríamos tristeza y pena. A pesar de ello, el Señor no desiste y continúa con su misión.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 68-69.