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Jueves de la III semana

Textos

 † Del evangelio según san Marcos (4, 21-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque si algo está escondido, es para que se descubra; y si algo se ha ocultado, es para que salga a la luz.

El que tenga oídos para oír, que oiga”. Siguió hablándoles y les dijo: “Pongan atención a lo que están oyendo.

La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes, y con creces. Al que tiene, se le dará; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los breves versículos que componen el pasaje de hoy contienen algunas sentencias que completan e iluminan el mensaje central ofrecido por la parábola de la semilla y del sembrador. Se subraya, en particular, la necesidad de convertirse en anunciadores fieles e incansables de la Palabra recibida: todo don se convierte en una tarea.

Una comparación tomada de la vida ordinaria sirve para introducir la enseñanza que Jesús quiere proporcionar a sus colaboradores más allegados. «¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama?» La pregunta es tan sencilla que hasta un niño podría contestarla sin dificultad; la dimensión testimonial del encuentro con Cristo salta a la vista.

El Señor Jesús descubre a sus discípulos el secreto del Reino de los Dios y los hace portadores de la Buena Noticia, son como lámparas; el amor misericordioso de Dios ilumina sus corazones y desde allí se irradia; no pueden permanecer escondidos, tienen que dar testimonio, iluminar a otros, guiarles hacia la Luz verdadera.

Se vuelve, apremiante, la invitación a la escucha y al testimonio. Quien  quiera conservar para sí la riqueza y la novedad del Reino terminará perdiéndolo; el Reino implica la comunión y la misión; no puede ser poseído egoístamente por nadie, quien lo pretenda la exclusividad se queda sin nada.

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9. p. 135.

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