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Odres nuevos

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Lunes de la II semana

Textos

 + Del evangelio según san Marcos (2, 18-22)

En una ocasión en que los discípulos de Juan el Bautista y los fariseos ayunaban, algunos de ellos se acercaron a Jesús y le preguntaron: “¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, y los tuyos no?” Jesús les contestó: “¿Cómo van a ayunar los invitados a una boda, mientras el novio está con ellos? Mientras está con ellos el novio, no pueden ayunar. Pero llegará el día en que el novio les será quitado y entonces sí ayunarán. Nadie le pone un parche de tela nueva a un vestido viejo, porque el remiendo encoge y rompe la tela vieja y se hace peor la rotura. Nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, se perdería el vino y se echarían a perder los odres. A vino nuevo, odres nuevos”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista habla de los discípulos del Bautista y de los fariseos, se consideraban justos y por ello se sentían autorizados para dirigirse a Jesús y pedirle explicaciones de por qué sus discípulos no practicaban el ayuno que, aun no siendo obligatorio, elevaba el espíritu. En realidad, su crítica se dirigía más al maestro que a los discípulos.

Jesús responde, a través de comparaciones, que no son las prácticas exteriores las que purifican el corazón y limpian la vida de los hombres. Es puro quien acoge al Mesías como los amigos acogen al esposo el día de su boda; obviamente, Jesús quería dar a entender que él era el esposo que estaba llegando y por ello sus amigos que le esperan no pueden ayunar; sería un gesto impropio de los amigos hacia el novio, que espera ser acogido de manera festiva y no con ayunos y penitencia.

Jesús advierte que en cualquier caso también llegarán tiempos difíciles para los amigos del novio, sobre todo cuando el novio les sea arrebatado; preanuncia así, aunque de manera velada, su pasión y su muerte. Entonces será cuando vendrán los momentos del ayuno, o mejor dicho, del sufrimiento.

Efectivamente, así ha sucedido desde el inicio hasta nuestros días, con la larga serie de discípulos que han sido perseguidos por su fe y han resistido hasta la efusión de la sangre. Con dos imágenes Jesús aclara que el espíritu del discipulado no se corresponde con la rigidez formal de las prácticas religiosas o ascéticas que no cambian el corazón. El vestido viejo y los odres viejos son una religiosidad exterior que no cambia ni el corazón ni los comportamientos. Es el Evangelio lo que hace nuevos, no las prácticas exteriores. ¡Cuántos errores se cometen confiando la vida a la exterioridad! El Evangelio es el vino nuevo que hace nuevos los corazones que lo reciben. El corazón de quien está lleno de sí mismo y de sus obras es como un odre viejo incapaz de acoger la novedad del Reino. Y la tela nueva del que habla Jesús es el manto tejido con los hilos del amor que no tiene nada que ver con la pieza vieja y desgastada del propio egocentrismo.

Los discípulos han comprendido que la salvación no está en gloriarse de las propias obras, aunque sean buenas como el ayuno, sino en amar a Jesús por encima de cualquier cosa, como la esposa ama a su esposo.

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 63-64.

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