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Miércoles de la I Semana

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+ Del evangelio según san Marcos (1, 29-39)

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama, con fiebre, y enseguida le avisaron a Jesús. El se le acercó, y tomándola de la mano, la levantó. En ese momento se le quitó la fiebre y se puso a servirles.

Al atardecer, cuando el sol se ponía, le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero no dejó que los demonios hablaran, porque sabían quién era él.

De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, donde se puso a orar. Simón y sus compañeros lo fueron a buscar, y al encontrarlo, le dijeron: “Todos te andan buscando”. El les dijo: “Vamos a los pueblos cercanos para predicar también allá el Evangelio, pues para eso he venido”. Y recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando a los demonios. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El Evangelio describe la intensa actividad de Jesús en Cafarnaúm en el transcurso de dos días consecutivos. Jesús no está solo, no es un predicador solitario: eligió comunicar el Evangelio del reino junto a sus discípulos. Con ellos forma ya una singular familia, basada no en los lazos de sangre sino en la adhesión a él y en el amor fraterno. En las escenas que describe este texto, vemos a Jesús en la intimidad de la vida familiar de los discípulos; en medio de la multitud y a solas con Dios.

Jesús visita la casa de Pedro en Cafarnaúm. En seguida le hicieron saber que la anciana suegra de Pedro estaba enferma, con fiebre. Jesús se le acerca, la toma de la mano y la levanta de su postración, curándola. La curación de la anciana suegra de Pedro es una lección que hay que aprender con atención. Nos hace pensar en los ancianos y en los enfermos de nuestra familia y de nuestras comunidades que lo que más sufren es el abandono y la soledad, particularmente cuando, postrados, nadie se les acerca, los toca y quedan excluidos de la vida doméstica. El discípulo ha de llevar a Jesús a su propia familia; no es fácil, pero basta que en la intimidad de la vida familiar, se le haga saber la necesidad imperante, Él solicito se acercará, tocará y levantará.

El evangelista describe además una escena conmovedora; fuera de la intimidad de la vida familiar de los discípulos Jesús se encuentra en medio de una multitud: «le llevaron a todos los enfermos y poseídos del demonio, y todo el pueblo se apiñó junto a la puerta». Es la descripción de una humanidad herida que busca con afán el remedio a sus sufrimientos; en medio de ellos, Jesús «curó a muchos», escribe Marcos; no dice que curó a todos, sino a muchos, subrayando la tarea que queda a los discípulos de todos los tiempos. El discípulo no vive encerrado en casa; en la vida ordinaria encuentra el dolor de la humanidad, no puede permanecer indiferente; del evangelio aprende a acercar a Jesús a quienes sufren y a atender sus necesidades.

La intimidad con Dios. Pasadas la tarde y la noche, de madrugada, Jesús se levanta y va a un lugar apartado para orar. Jesús comienza la jornada con la oración en un lugar apartado, íntimo, lejos de la multitud y de la confusión. Es en el silencio donde encuentra a su Padre que está en los cielos. Para Jesús la oración no es sólo el inicio temporal de la jornada, sino su fundamento. Así es para los discípulos. Cuando estos dirigen la mente y su corazón a Dios en la oración, comienza el tiempo nuevo anunciado por el Evangelio. Estar delante del Señor en oración, como hijos que lo esperan todo de Él, significa comenzar una nueva forma de vivir: no hacer la propia voluntad sino la del Padre: y el Padre quiere que todos los hombres se salven; por esto, a los discípulos que querían que permaneciera en la región, Jesús les responde que es necesario ensanchar el corazón y superar el límite de cualquier frontera. Jesús no se queda bloqueado en los lugares habituales, El va a donde hay necesidad. Y en cada lugar por donde pasa crea un clima nuevo, de fiesta, sobre todo entre los pobres; incluso los leprosos acuden a él y son curados. Es el milagro de un nuevo mundo que comienza.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 57-58.

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