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Martes de la I Semana

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+ Del evangelio según san Marcos (1, 21-28)

En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: “¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios”. Jesús le ordenó: “¡Cállate y sal de él!” El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: “¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Con su pequeña comunidad de discípulos, Jesús entra en Cafarnaúm, la ciudad más grande de la Galilea de entonces, y la elige como residencia. No se retira lejos, no se fuga de la vida ordinaria de la gente de su tiempo, para conducir una vida tranquila con un pequeño grupo de amigos. Jesús no vino al mundo a garantizar en primer lugar su existencia y satisfacción personal rodeado de un pequeño grupo de seguidores; vino con el designio de salvar a todos de la soledad, del pecado y de la muerte.

Con esta finalidad se establece precisamente dentro de la ciudad más importante del norte del país, Cafarnaúm. Con aquel pequeño grupo de seguidores, Jesús quiere transformar la vida de las personas, individual y colectiva, y desde aquella ciudad proyectar el dinamismo transformador del evangelio a todas las ciudades y países.

Es propio de la comunidad cristiana, por muy pequeña que sea, no vivir replegada sobre sí misma, sino tener la mirada, el corazón y la preocupación en el bien de todos, como «comunidad humana» que el Evangelio debe fermentar de amor. La comunidad cristiana no tiene un proyecto suyo que imponer; sin embargo, tiene la misión de introducir en la vida de los habitantes de la ciudad la fuerza del Evangelio y de afirmar que sólo Jesús es el Señor, no el dinero ni el poder y mucho menos la injusticia y la corrupción.

El evangelista señala que Jesús «al llegar» se dirigió a la sinagoga y se puso a enseñar. El primer «servicio» que la Iglesia desarrolla en la ciudad es, precisamente, comunicar el Evangelio; el Evangelio es una palabra exigente, que pide el cambio del corazón, que transforma profundamente a quien lo acoge, que provoca un cambio real. Por esto todos los que le escuchan se quedaban asombrados. Jesús, a diferencia de los escribas, no pronuncia sólo palabras, Él cambia la vida de la gente empezando por los más pobres y hace ver de qué tipo es su autoridad liberando a un hombre poseído por un espíritu inmundo.

El Evangelio tiene la autoridad de Jesús; es Palabra que no oprime, que se valida con la vida y que libera a quienes hoy están poseídos por numerosos espíritus malignos que les hacen daño, en su cuerpo o en su espíritu; encerrándoles en su ego, inhibiendo la confianza, llenando el corazón de resentimiento y de soberbia y alejándoles de Dios.

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 56-57.

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