Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Archivos Mensuales: enero 2019

Dar testimonio

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Tiempo Ordinario

Jueves de la III semana

Textos

 † Del evangelio según san Marcos (4, 21-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? Porque si algo está escondido, es para que se descubra; y si algo se ha ocultado, es para que salga a la luz.

El que tenga oídos para oír, que oiga”. Siguió hablándoles y les dijo: “Pongan atención a lo que están oyendo.

La misma medida que utilicen para tratar a los demás, esa misma se usará para tratarlos a ustedes, y con creces. Al que tiene, se le dará; pero al que tiene poco, aun eso poco se le quitará”. Palabra del Señor.

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Los breves versículos que componen el pasaje de hoy contienen algunas sentencias que completan e iluminan el mensaje central ofrecido por la parábola de la semilla y del sembrador. Se subraya, en particular, la necesidad de convertirse en anunciadores fieles e incansables de la Palabra recibida: todo don se convierte en una tarea.

Una comparación tomada de la vida ordinaria sirve para introducir la enseñanza que Jesús quiere proporcionar a sus colaboradores más allegados. «¿Acaso se enciende una vela para meterla debajo de una olla o debajo de la cama?» La pregunta es tan sencilla que hasta un niño podría contestarla sin dificultad; la dimensión testimonial del encuentro con Cristo salta a la vista.

El Señor Jesús descubre a sus discípulos el secreto del Reino de los Dios y los hace portadores de la Buena Noticia, son como lámparas; el amor misericordioso de Dios ilumina sus corazones y desde allí se irradia; no pueden permanecer escondidos, tienen que dar testimonio, iluminar a otros, guiarles hacia la Luz verdadera.

Se vuelve, apremiante, la invitación a la escucha y al testimonio. Quien  quiera conservar para sí la riqueza y la novedad del Reino terminará perdiéndolo; el Reino implica la comunión y la misión; no puede ser poseído egoístamente por nadie, quien lo pretenda la exclusividad se queda sin nada.

 

 

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. 9. p. 135.

Sembrar

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sembrador Tiempo Ordinario

Miércoles de la III semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (4, 1-20)

En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al lago, y se reunió una muchedumbre tan grande, que Jesús tuvo que subir en una barca; ahí se sentó, mientras la gente estaba en tierra, junto a la orilla. Les estuvo enseñando muchas cosas con parábolas y les decía: “Escuchen. Salió el sembrador a sembrar.

Cuando iba sembrando, unos granos cayeron en la vereda; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros cayeron en terreno pedregoso, donde apenas había tierra; como la tierra no era profunda, las plantas brotaron enseguida; pero cuando salió el sol, se quemaron, y por falta de raíz, se secaron. Otros granos cayeron entre espinas; las espinas crecieron, ahogaron las plantas y no las dejaron madurar. Finalmente, los otros granos cayeron en tierra buena; las plantas fueron brotando y creciendo y produjeron el treinta, el sesenta o el ciento por uno”.

Y añadió Jesús: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Cuando se quedaron solos, sus acompañantes y los Doce le preguntaron qué quería decir la parábola. Entonces Jesús les dijo: “A ustedes se les ha confiado el secreto del Reino de Dios; en cambio, a los que están fuera, todo les queda oscuro; así, por más que miren, no verán; por más que oigan, no entenderán; a menos que se arrepientan y sean perdonados”.

Y les dijo a continuación: “Si no entienden esta parábola, ¿cómo van a comprender todas las demás? ‘El sembrador’ siembra la palabra.

‘Los granos de la vereda’ son aquellos en quienes se siembra la palabra, pero cuando la acaban de escuchar, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos.

‘Los que reciben la semilla en terreno pedregoso’, son los que, al escuchar la palabra, de momento la reciben con alegría; pero no tienen raíces, son inconstantes, y en cuanto surge un problema o una contrariedad por causa de la palabra, se dan por vencidos.

‘Los que reciben la semilla entre espinas’ son los que escuchan la palabra; pero por las preocupaciones de esta vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás, que los invade, ahogan la palabra y la hacen estéril.

Por fin, ‘los que reciben la semilla en tierra buena’ son aquellos que escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha: unos, de treinta; otros, de sesenta; y otros, de ciento por uno”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

Jesús se ha alejado de Cafarnaún y está a orillas del lago, donde ya no hay más espacio para acoger a las personas que vienen a escucharlo. Mucha gente se reúne alrededor de él y Jesús «otra vez se puso a enseñar». Era natural que después de los rumores y calumnias que se habían esparcido sobre la identidad de Jesús los discípulos se vieran confundidos y desafiados en su intención de seguir a Jesús.

La respuesta la tendrán en la enseñanza de Jesús acerca de qué y cómo proceden las cosas en el Reino de Dios. En el capítulo cuarto Marcos recoge varias parábolas. Es una forma típica con la que Jesús hablaba a las multitudes. Se trataba de un lenguaje concreto, ligado a la vida ordinaria. Todos podían comprenderlo, pero era indispensable estar atentos, es decir, escuchar con interés para captar en profundidad sus imágenes.

La primera parábola que Jesús narra se encuentra entre las más conocidas e importantes del Evangelio. Hay una razón para ello que Jesús hace explícita desde el principio: «Escuchen». La escucha es decisiva cuando se está delante de Jesús; el anuncio del Reino es para todos, aunque no todos lo acojan de la misma manera; el mensajero persevera en su tarea porque al igual que el sembrador su esperanza esta puesta en la semilla que cae en tierra buena y da mucho fruto.

La famosa parábola del sembrador, Jesús la considera tan importante que dice a sus discípulos que si no la comprenden no podrán comprender las demás. En efecto, a diferencia de otras veces, Jesús explica la parábola. Jesús habla de la siembra de la Palabra de Dios en el corazón de los hombres. Lo que impresiona sobre todo en esta narración es la perseverancia del sembrador que esparce la semilla en todos lados y en gran cantidad, a sabiendas de que caerá en diversos tipos de terreno, algunos duros y poco acogedores.

Los diferentes campos pueden representar diferentes categorías de personas o los diferentes momentos y las diferentes formas con que escuchamos el Evangelio. El evangelizador debe superar la tentación totalitaria y renunciar a la pretensión de que todos acepten por igual la novedad del evangelio y conformen su vida a él; la sabiduría del sembrador le enseña a anunciar la Palabra a todos, sabiendo de antemano que algunos la acogerán y otros la rechazarán.

Así como el sembrador no se desanima por la semilla que no da fruto y sigue sembrando, el evangelizador no debe desanimarse por los que rechazan el Reino y se oponen a la Palabra, y sigue evangelizando; la esperanza esta puesta en la eficacia de la Palabra, que como la semilla, cuando cae un terreno propicio, da fruto en distintas proporciones.

Si pensamos en los diferente momentos y formas en que escuchamos el evangelio, pensemos en cómo a veces nuestro corazón es como el camino, duro e impenetrable, la Palabra de Dios es predicada sin cesar pero nosotros no dejamos que atraviese nuestro corazón, y para nosotros todo sigue como siempre; otras veces nuestro corazón está como sobrepasado por las preocupaciones por nosotros mismos y, aunque escuchemos el Evangelio, nuestras preocupaciones lo ahogan como los abrojos ahogan la tierra; otras veces estamos más atentos, dispuestos a acoger la Palabra de Dios, entonces vienen los frutos de amor, de bien, de misericordia y solidaridad.

Hay que escuchar el Evangelio con el corazón abierto, disponible, atento. De esa manera es semejante a un terreno arado y preparado para acoger la semilla. Y la semilla es siempre algo pequeño, como el Evangelio, y necesita disponibilidad. Jesús sigue sembrándolo hoy. Y con generosidad. Dichosos nosotros si lo acogemos y lo hacemos crecer. Los frutos son preciosos para nosotros y para el mundo.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 73-74.

La familia de Jesús

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madre y hermanos Tiempo Ordinario

Martes de la III semana

Textos

+ Del evangelio según san Marcos (3, 31-35)

En aquel tiempo, llegaron a donde estaba Jesús, su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: “Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan”.

El les respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Palabra del Señor.

 

Fondo Musical: P. Martin Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El evangelista Marcos sigue mostrándonos a Jesús rodeado de una gran multitud. Mientras está hablando llegan sus parientes con María. El evangelista no dice el motivo de su visita, pero no es difícil imaginar que quizá estaban preocupados por las exageraciones que Jesús mostraba o también porque habían sabido que los fariseos lo estaban vigilando, hasta el punto de mandar a algunos desde Jerusalén. Querían hablar con él. Cansados quizá por el viaje -venían de Nazaret- no esperaron a que Jesús terminara de hablar y mandaron a alguien a anunciarle su llegada. La aglomeración era mucha Y ellos se quedaron «fuera». Este no es un mero detalle espacial. Aquellos familiares estaban «fuera», es decir, no estaban entre los que escuchaban a Jesús.

Ya podemos deducir de esta notación que no son los lazos de sangre ni los vínculos de una costumbre ritual los que llevan a ser verdaderos familiares de Jesús. Sólo los que están dentro de la casa, los que escuchan la Palabra de Dios, integran la nueva familia que Jesús ha venido a formar. A quien le dice que fuera de la casa estaban su madre y sus hermanos Jesús indica quién forma parte de su nueva familia, de la Iglesia: los que escuchan el Evangelio.

De esta escucha nace la comunidad cristiana y, por tanto, esta se edifica sobre la Palabra de Dios. El Evangelio es la roca que sostiene toda comunidad y la Iglesia entera. Y tal comunidad -hay que notarlo- no es una asociación cualquiera. Tiene los rasgos de «familia». La Iglesia debe vivir como una familia, es decir, con esos lazos que por eso se llaman «familiares»: filiación y fraternidad. Los miembros deben vivir con Dios relación de hijos, llamándole “abbá”  como Jesús nos invita a hacerlo y relaciones fraternidad  con Jesús mismo y con los demás hermanos y hermanas. No somos familia de Dios porque observemos algunos ritos o practiquemos alguna que otra obra buena. Las relaciones de los discípulos de Jesús  tienen los rasgos de las relaciones de familiaridad: gratuidad, servicio, fraternidad, acompañamiento, paciencia, solidaridad, etc.  Ser discípulos requiere la escucha atenta y disponible de las palabras de Jesús y la implicación de nuestra vida con él.

Para formar parte del grupo de los cristianos, para ser discípulos, no basta con sentir la relación con Jesús como aquellos «parientes» la sentían. Cada día debemos «entrar» en la comunidad y escuchar el Evangelio como se nos predica. ¡No se es discípulo de una vez por todas! Cada día necesitamos estar junto a Jesús y escuchar su palabra. Si vivimos así, Jesús dirigirá sus ojos llenos de amor también sobre nosotros y le escucharemos decir: «Estos son mi madre y mis hermanos». Es la bienaventuranza de ser sus discípulos, no por nuestros méritos especiales sino sólo porque escuchamos su Palabra y tratamos de ponerla en práctica.

 

 

 

[1] V. Paglia – Comunidad de Sant’Egidio, La palabra de Dios cada día, 2018, 72-73.