Ecos de la Palabra

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Jesús adolescente

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sagrada famliaLa Sagrada Familia

 Texto

 + Del evangelio según san Lucas (2, 41-52)

Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén para las festividades de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, fueron a la fiesta, según la costumbre. Pasados aquellos días, se volvieron, pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. Creyendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino; entonces lo buscaron, y al no encontrarlo, regresaron a Jerusalén en su busca.

Al tercer día lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas. Al verlo, sus padres se quedaron atónitos y su madre le dijo: “Hijo mío, ¿por qué te has portado así con nosotros? Tu padre y yo te hemos estado buscando, llenos de angustia”. El les respondió: “¿Por qué me andaban buscando? ¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” Ellos no entendieron la respuesta que les dio. Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad. Su madre conservaba en su corazón todas aquellas cosas. Jesús iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje

 El Domingo en la Octava de Navidad celebramos a la Sagrada Familia. La intensidad de la celebración navideña sigue, ahora contemplamos otro aspecto del misterio de la Encarnación: El Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza humana en todo, menos en el pecado, y nació en el seno de una familia.

La escena evangélica para la contemplación de la Familia de Nazaret este año es la que en la devoción popular enunciamos como “el niño Jesús perdido en el Templo de Jerusalén” y de la que quizá hemos hecho muchas consideraciones tomando en cuenta el dolor de María y de José ante su hijo extraviado o la sabiduría con la que el adolescente Jesús dialogaba con los sabios y entendidos en las cosas de Dios, como si ya desde niño lo supiera todo..

Los judíos piadosos, y José y María lo eran, cumplían con las prescripciones de la Ley y esta les pedía estar en el templo de Jerusalén tres veces al año: para las fiestas de la Pascua, de las Semanas y de las tiendas.

Algunos han querido ver en la presencia de Jesús, a los 12 años, en el templo de Jerusalén su participación en el rito judío del Bar-Mitzvá, que marcaba el paso de la infancia a la vida adulta, haciendo del joven judío un sujeto de derechos y deberes dentro de la sociedad.

El Papa Benedicto, en su reciente libro sobre la infancia de Jesús ve en este hecho una muestra fehaciente de la religiosidad de la familia de Jesús. Al respecto dice: «Para los niños, la obligación entraba en vigor a partir de los trece años cumplidos. Pero también se aplicaba al mismo tiempo la prescripción de que debían ir acostumbrándose paso a paso a los mandamientos. Para esto podría servir la peregrinación a los doce años…»[1]

Detengámonos en algunos elementos del relato evangélico.

El camino.

La familia de Nazaret es peregrina. Su destino es Jerusalén, el templo, el lugar donde Dios habita. La prescripción judía de ir al templo implica una manera de entender la vida: ser un pueblo en camino; y tener una meta en la vida: Dios. En el encuentro con Dios en su Templo el pueblo de Israel renueva su identidad y su unidad. «La Sagrada Familia se inserta en esta gran comunidad en el camino hacia el templo y hacia Dios»[2]

¿Fueron descuidados José y María? ¿Se desentendieron de Jesús? ¿Cómo es posible que se hayan puesto en camino sin darse en cuenta que su hijo no iba con ellos? Preguntas como esta se podrían hacer si se desconocen las costumbres judías de la época. Por el contrario, en el hecho encontramos una indicación que nos deja conocer que «en la Sagrada Familia la libertad  la obediencia estaban muy bien armonizadas una con otra. Se dejaba decidir libremente al niño de doce años el que fuera con los de sus edad y sus amigos y estuviera en su compañía durante el camino. Por la noche, sin embargo, le esperaban sus padres»[3]

El hecho que Jesús se haya quedado en Jerusalén es otro asunto; tiene que ver con la misión del Hijo.

Jesús en el Templo

Jesús «se quedó en Jerusalén», como quien permanece en un lugar porque tiene allí una cita y toma así la primera decisión de su vida. Lucas lo describe «sentado en medio de los maestros», les escuchaba y les preguntaba, sorprendiéndoles por su inteligencia y por sus respuestas.

La respuesta de Jesús a sus padres, que con razonable preocupación le piden una explicación a su conducta, es reveladora. El hijo tiene que estar en la casa de su padre. «¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre.» Jesús es consciente de quién es su Padre. En este sentido, corrige a María que le dice «tu padre y yo». Jesús es consciente de su deber, «debo ocuparme», indicando que conoce cuál es la voluntad de Dios, su Padre, a la que debe someterse.

Contemplamos pues a un jovencito de doce años, no sólo consciente de su identidad, sino con una conciencia bien formada, capaz de distinguir el querer de Dios y una voluntad desarrollada para querer cumplir en todo lo que Dios quiere.

Mucho se podría discutir desde la psicología evolutiva. Lo cierto es que a los doce años se llega a la madurez de una etapa de la vida en la que se ha desarrollado la capacidad para ejercer la libertad, se ha formado de la conciencia y se ha fortalecido la voluntad. Es un serio desafío para los padres de familia y para los responsables de la formación de los adolescentes acompañarles para que en esta etapa de la vida lleguen por si mismos a tener: claridad en su identidad, una experiencia gozosa de Dios y la oportunidad de tomar decisiones libres y responsables.

Los padres de Jesús

No podemos pasar por alto la angustia de José y de María. Lucas nos la hace sentir al decirnos que al encontrarlo en el templo, María le preguntó «¿por qué nos has hecho esto, tu padre y yo te hemos estado buscando llenos de angustia»; como en contraste, el evangelista narra la sorprendente respuesta de un jovencito autónomo, consciente de lo que hace: «y, ¿por qué me buscaban?» El comportamiento de Jesús tiene una razón de ser. José y María tienen que descubrirlo. En su comportamiento el busca hacer el querer de Dios. Es sorprendente. Para Jesús está todo claro y para sus padres no.

Y aquí la gran lección de María que «meditaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón» No es sólo paciencia, es contemplación. María encontraba lo que Dios le decía en cada palabra y en cada acontecimiento de la vida de Jesús. Tarea no fácil, pero que seguramente nos ayuda a comprender cómo es que pudo estar junto a su Hijo «de pie junto a la Cruz»

María se nos presenta como maestra de espiritualidad. Nos enseña a vivir un camino de crecimiento espiritual confrontando los acontecimiento de nuestra vida con la Palabra, aguardando pacientemente en los momentos de ignorancia o confusión y confiando en la promesa de Dios, permitiéndole conducir nuestra historia de acuerdo a su pedagogía amorosa.

El epílogo de Lucas es muy interesante. Nos dice que Jesús «volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad» y concluye señalando que «...iba creciendo en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres». La autoridad de los padres no es un obstáculo para la autonomía. José y María la ejercieron de manera que Jesús pudo llegar a este momento con total conciencia de si mismo y de su relación con su Padre Dios, por eso regresa con ellos y continúa creciendo en el conocimiento de Dios y de su voluntad.

Jesús crecía en sabiduría. Saberlo nos ayuda a no tener un pretexto para tomar distancia de su historia y ver la nuestra como algo totalmente distinto, como cuando argumentamos diciendo: “es que Él era Dios….” Nuevamente nos ayuda el Papa Benedicto XVI: Jesús «En cuanto hombre, no vive en una abstracta omnisciencia –saberlo todo-, sino que está arraigado en una historia concreta, en un lugar y en un tiempo, en las diferentes fases de la vida humana y de eso recibe la forma concreta de su saber. Así se muestra aquí de manera muy clara que él ha pensado y aprendido de un modo humano»[4]

Tenemos este domingo la oportunidad de que la luz de la Palabra ilumine la vida de nuestras familias y orientarlas para que a semejanza de la familia de Nazaret sean espacios en los que cada persona pueda crecer, en su libertad, en su conciencia, en capacidad de tomar decisiones, pero sobre todo, en su relación con Dios y en el conocimiento de su voluntad.

 

[1] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, La infancia de Jesús, pág. 126

[2] Ibíd. p. 127

[3] Ibídem.

[4] Ibíd. p. 132

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