Ecos de la Palabra

Textos bíblicos, comentarios y reflexiones pastorales

Discípulo amado

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San Pedro y San Juan

27 de diciembre

Textos

De la primera carta del apóstol san Juan (1, 1-4)

Queridos hermanos: Les anunciamos lo que ya existía desde el principio, lo que hemos oído y hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y hemos tocado con nuestras propias manos. Nos referimos a aquel que es la Palabra de la vida.

Esta vida se ha hecho visible y nosotros la hemos visto y somos testigos de ella. Les anunciamos esta vida, que es eterna, y estaba con el Padre y se nos ha manifestado a nosotros. Les anunciamos, pues, lo que hemos visto y oído, para que ustedes estén unidos con nosotros, y juntos estemos unidos con el Padre y su Hijo, Jesucristo. Les escribimos esto para que se alegren y su alegría sea completa. Palabra de Dios. 

+ Del evangelio según san Juan (20, 2-8 )

El primer día después del sábado, María Magdalena vino corriendo a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró. En eso, llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro.

Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes
Fondo Musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

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Mensaje[1]

El breve prólogo de la carta de Juan, que expone los diversos criterios para entrar en comunión con Dios, nos presenta un itinerario de fe sobre los compromisos de la vida cristiana que emanan de la caridad y sobre las precauciones contra el pecado.

El evangelista fundamenta la fe cristiana sobre el argumento de su testimonio ocular que es la «palabra de la vida» y sobre algunos episodios esenciales descritos de modo sintético y concreto. Juan, sin embargo, aquí pone el acento no tanto sobre la «Palabra», como en el prólogo de su evangelio sino sobre la «vida» que Jesús posee y dona.

Todo tiene comienzo en la experiencia del apóstol vivida en contacto directo con Jesús, que Juan presenta con hechos históricos documentables: «Nosotros hemos oído… visto… tocado… contemplado la palabra de la vida». Esta experiencia llega a ser más tarde en el Apóstol testimonio y ejemplo coherente; este testimonio se hace anuncio valiente a los otros para que participen del mismo don; además, el anuncio genera la comunión entre los hermanos de la comunidad, comunión que, en realidad, es auténtica participación en la vida trinitaria con el Padre y el Hijo Jesús. Por último, esta comunión hace brotar el fruto de la alegría que colma el corazón. Pero un elemento importante, subrayado por Juan, es el reiterativo «nosotros», que nos pone ante la tradición de la escuela de Juan: tradición que desarrolla el testimonio del discípulo amado, basado en la «vida divina» hecha visible en Jesús y que el testigo nos ha hecho conocer.

En estos pocos versículos se nos narran los hechos ocurridos la mañana de Pascua, que tienen como protagonista primera a María Magdalena y después a Pedro y Juan. La noche espiritual en la que los discípulos están hundidos cederá el puesto a la experiencia de la fe, que toma el relevo junto a la tumba vacía, signo de la presencia del Resucitado. Ante la noticia de que la piedra ha sido retirada del sepulcro y de que el cuerpo de Jesús no estaba allí, Pedro y el discípulo amado corren al sepulcro. Su carrera revela su amor y veneración y hace pensar en el ansia de la Iglesia que busca signos visibles del Señor, especialmente cuando se encuentra en dificultades por su ausencia y no logra verlo. Los responsables de la Iglesia de los orígenes viven la experiencia de la búsqueda de los signos visibles del Señor. Juan llega antes que Pedro al sepulcro por su intuición de discípulo amado, pero Pedro entra primero por su función eclesial. Observados el orden y la paz que reinaban en él, el discípulo amado se abre a la visión de la fe, creyendo en los signos visibles del Señor: «Vio y creyó». No es aún la fe perfecta en la resurrección. Para esto será necesario que el espíritu del discípulo se abra a la inteligencia de la Escritura, que vea al Señor en persona y que reciba de él el don del Espíritu Santo.

El discipulado cristiano tiene su fundamento en la experiencia que en primera persona el creyente tiene de Jesucristo que le sale al encuentro y se le descubre como vida y como luz, incluso en las situaciones más difíciles. Del anuncio, que recibimos de otros, hay que pasar a la experiencia personal que es irremplazable; ésta, no es sólo intelectual o emocional, es una experiencia totalizante que toca todas las dimensiones de la existencia. San Juan apóstol y evangelista da testimonio de ello; identificado con el discípulo amado del evangelio nos da testimonio de la dimensión afectiva de la fe; lo recordamos precisamente en el tiempo de Navidad, pues nos ayuda a entender que a la contemplación del Nacimiento del Señor corresponde el itinerario de fe basado en una relación personal total con el Señor.

 

[1] G. Zevini – P.G. Cabra, Lectio divina para cada día del año. Vol. 2, 78-80

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