Ecos de la Palabra

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Vigilantes y en oración…

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I Domingo de Adviento – Ciclo C

primer domingo de adviento

El texto 

Del evangelio según san Lucas (21, 25-28. 34-36)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera por las cosas que vendrán sobre el mundo, pues hasta las estrellas se bambolearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y majestad.

Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación. Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente y aquel día los sorprenda desprevenidos; porque caerá de repente como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra.

Velen, pues, y hagan oración continuamente, para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre. Palabra del Señor

Voz: Marco Antonio Fernández Reyes

Fondo musical: P. Martín Alejandro Arceo Álvarez

El contexto litúrgico

Con el adviento iniciamos un nuevo año litúrgico, que este año corresponde al ciclo C, el evangelista san Lucas será nuestro pedagogo, llevándonos de la mano al encuentro con Jesús.

El adviento nos coloca ante la fidelidad de Dios que siempre cumple su promesa de salvación. decir siempre nos hace volver la mirada al pasado, para contemplar la historia de la salvación que tiene su culmen en el nacimiento de Jesucristo; nos ubica en el presente, pues el Señor sigue viniendo en el hoy de nuestra vida y nos hace mirar con esperanza el futuro, reafirmando nuestra fe en que el Señor vendrá de nuevo, para llevar a plenitud toda la creación.

El mensaje

El texto del evangelio de este primer domingo nos pone frente al evento culminante de la historia: la parusía o manifestación gloriosa del Señor. No se trata de una descripción del fin del mundo; la intención del evangelista no es aterrorizar, sino alimentar la esperanza de los discípulos que, en medio de las dificultades, nunca deben olvidar que el Señor vendrá de nuevo y que está promesa se cumplirá pues las palabras del Señor no dejarán de cumplirse.

El evangelista anuncia el cumplimiento de la promesa y habla de los signos que precederán a la segunda venida. Estos signos, conocidos como escatológicos, se presentan con el lenguaje que los profetas utilizaron cuando anunciaron los grandes juicios de Dios sobre Israel y la humanidad.

Los trastornos cósmicos que menciona el evangelio enseñan que cuando Dios deja de sostener el mundo la creación entera se ve amenazada y corre el peligro de derrumbarse. Cuando el mundo se desestabiliza sufre la humanidad y se angustia pues comienza a ver incierto su futuro.

El abrirse de los cielos da paso a la aparición del Hijo del Hombre, que viene a juzgar al mundo. Es el cumplimiento de la promesa, un anuncio de esperanza, pues quien juzga es Aquél que por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre. Por ello, la invitación «Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobren ánimo y levanten la cabeza porque se acerca su liberación». Cuando el Señor vuelva, llegará la redención final de la opresión y de la aflicción del pueblo de Dios. Será la hora de la justicia que esperan con alegría quien han sufrido en la historia.

La venida del Señor es motivo de esperanza y no de miedo; la historia de nuestro mundo, en el que las fuerzas del mal campean y en el que no siempre es perceptible la justicia de Dios, se completará con la venida de Jesucristo el Señor que llevará a culmen su obra de justicia y hará que reine la fraternidad.

Estar preparados

La esperanza cristiana no puede vivirse sólo como expectación, supone actitudes concretas que los discípulos debemos asumir ante la venida de Jesús: ponernos en movimiento, salir a su encuentro; dado que no sabemos cuando vendrá, entonces, para evitar sorpresas, es necesario estar preparados y a ello nos instruye el evangelio.

En primer lugar «estar atentos». Es un llamado al discernimiento de los acontecimientos de la vida; hay que estar listos para reconocer los signos y por tanto pendientes de la modorra espiritual que puede entorpecer el discernimiento a la que Lucas describe como tener el «corazón embotado».

El corazón puede embotarse por el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones; al libertinaje se llega por la pérdida de valores y la falta de criterios de comportamiento; la embriaguez, causada por el abuso del alcohol u otras sustancias, lleva a la fuga de la realidad; las preocupaciones del mundo las podríamos identificar con el estrés al que nos sometemos por el exceso de trabajo y nuestras obsesiones consumistas.

Cuando el corazón se embota se pierde la tensión espiritual, el corazón se distrae y no reconoce al Señor que viene a nuestro encuentro. La advertencia es clara; si queremos reconocer al Señor cuando vuelva debemos estar familiarizados con Él, y para ello es necesario dedicar tiempo a las «cosas espirituales» y no vivir obsesionados con las cosas terrenas.

Vigilantes y en oración

Después del llamado a «estar atentos» Lucas exhorta a la vigilancia y para ello indica el camino de la oración.  La «oración constante» es sinónimo de «vigilancia del corazón». La oración nos pone en presencia de Dios, nos concentra en lo esencial; confronta nuestra vida con la voluntad de Dios y nos hace experimentar  la comunión de amor que da sentido a lo que hacemos y endereza nuestros pasos en la dirección de la plenitud.

La oración constante fortalece y ayuda mantenerse en la vocación de amar; quien ora aprende a ubicarse en los conflictos, a mantenerse en su identidad y en su vocación de comunión; ser constante en la oración ayuda también a permanecer disponibles en el servicio y aguardar sin miedo el último día.

El fin de los tiempos no se prepara pues haciendo cábalas sobre cuándo y cómo será el fin del mundo. Al creyente eso no le interesa, porque ya sabe que al final le espera el juicio y la justicia de Dios sobre la historia y esto le llena de esperanza.

El discípulo de Jesús espera confiado el regreso de su Señor y lo hace encontrándose con Él en los signos en los que Él ha perpetuado su presencia –Palabra, Eucaristía y Pobres-, orando con constancia, llevando una vida recta y permaneciendo siempre disponible en el servicio para que en el mundo reinen la fraternidad y la justicia.

 

 

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